Emporio Noziglia fue un proyecto desarrollado por Ediciones Altazor en enero de 2009 y publicado en enero de 2010. El diseño y las ilustraciones originales (de las que publicamos una selección) fueron realizadas por Cristóbal Correa. La edición fue de 200 ejemplares, 20 numerados y firmados por el autor.

La calle de Valparaíso de Viña del Mar no es la misma de antes. Ni la sombra de aquella de la década de los cuarenta y cincuenta. La llegada de los mall y supermercados –cuento alrededor de diez de estos en la actualidad- alteraron la actividad comercial especializada y el espacio urbano y cultural del balneario de entonces. Un dato: la cuidad de Roma cuenta sólo con dos supermercados y éstos se hallan en las afueras de la capital para evitar copiarnos la poca visión. No ahondaré mucho más pues todo viñamarino de tiempo de la democracia original conoce bien los cambios ocurridos en los ámbitos vial, arquitectónico y residencial de la cuidad. El libro o diario de vida del habitante es la cuidad misma. Es el documento que registra su paso e historia. Por lo mismo parece impropia o autoritaria una legislación que de pronto permite alterar, mediante expansión, el paisaje físico y espiritual del medio.

La calle Valparaíso de mi niñez se caracterizaba por mostrar un comercio afable, natural y surtido. Tiendas de prestigio, atendidas por sus propios dueños, como “Flaño Hnos.”, “Sastreria Inglesa”, “Modas Lucien”, “Librería Universo”, etc. E, igualmente, negocios de abarrotes y productos escogidos: “El gastronómico”, “Almacén Montecarlo” y muchos otros. A la altura del cruce con calle villanelo lucía sus vitrinas con artículos importados la “Casa Magnasco”. Una cuadra más hacia el mar, en esquina, el hermoso negocio “Schiattino” exhibía cristales y porcelanas y, lo más atractivo para nosotros, los chocolates especiales con su nombre marca y que sólo era posible adquirirlos allí.

Para qué citar el mejor salón de té que ha tenido la cuidad, “La Virreina”, con elegantes vitrinas y sus pastelería francesa. Aún así, mi local preferido era “El Emporio Noziglia”, esquina con calle Quinta. Sus ventanas a la calle Valparaíso mostraban gran surtido de vituallas y menestras; en cambio, la ventana hacia la calle Quinta –tramo de menor tráfico- estaba destinada a la exhibición de juguetes. Cientos de ellos, de fabricación europea cubrían el espacio ventanal. Era raro el día en que no me detenía a contemplar esa maravillosa exposición. En especial me atraía una enorme lancha metálica, de carrera, impulsada a cuerda y de llamativos colores. Recuerdo aún su valor inicial: cincuenta pesos. No era fácil comprarla. Y ahí permanecía el juguete, año tras año, seduciéndome. Yo economizaba, peso a peso, pero cada vez que me acercaba a su precio éste aparecía reajustado una vez más. Así, un año tras otro mi única satisfacción fue constatar que mi lancha permanecía sin vender. Al fin, para una pascua recibí un buen regalo anticipado de dinero y lo pensé dos veces. Apurado llegué hasta el negocio “Noziglia” y la compré. Como dicen los vendedores para congraciarse: “Era para usted”. El dependiente la puso en u caja colorida con títulos en alemán y partí con ella bajo el brazo. Llegado a casa llené la tina del baño, le di cuerda y la vi partir rápida girando y volviendo a partir según inclinara su timón. Un viaje, otro más y, terminada la cuerda, la lancha se detuvo. Me pareció insuficiente la demostración. La retiré del agua, la saqué con cuidado, la puse en su caja y la guardé en lo alto del ropero de mi pieza. De pronto había desaparecido mi entusiasmo. Ya no me entretenía. El espejo del ropero reflejó mi imagen y vi un joven mayor de edad. Los años habían pasado sin darme cuenta y el juego terminaba de golpe. El niño de la lancha, al parecer, sigue absorto frente a la ventana del “Emporio Noziglia”


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