probando

(fragmentos)

Tensiones del Pensar. Materiales para un diálogo entre filosofía y poesía en Chile. Así se titula el libro que publicará próximamente Editorial Cenaltes. Una exploración de las relaciones posibles entre dos ámbitos que comúnmente se entienden separados. Incluye ensayos de Natalí Aranda, Sergio Parra Paine, Martín Ríos, Nicole Henríquez, Manuel Ahumada, Celsio Arceu y Cecilia Cortés sobre Ximena Rivera, Juan Luis Martínez, Jorge Teillier, Elvira Hernández, Gonzalo Millán y Pablo Neruda, entre otros. Lo que sigue es una selección de pasajes del prólogo, escrito por Jorge Polanco. Donde se habla de cómo esas dos costas aparentemente distantes, la filosofía y la poesía, pueden comprenderse como parte de un mismo paisaje.

*

En Chile, la experiencia literaria no es ‘meramente’ literaria. Manifiesta una forma de pensar que Enrique Lihn denominó ‘situada’, es decir, el enfrentamiento con las condiciones de emergencia de los enunciados. De ahí que hemos elegido estos términos para el título: Tensión y Pensar. En varios sentidos, la liza en que la escritura se configura comienza a partir del conflicto y la urgencia, como evidencia Marchant en la cita que sirve de leitmotiv y horizonte a este libro. La necesidad de pensamiento marca gran parte de la ruta de la poesía chilena: un pensar que se ubica en un espacio geográfico y en un tiempo histórico preciso, obligando tanto al escritor como al lector a plantearse preguntas fundamentales. Los textos aquí reunidos buscan asir las dificultades propias de los escritos poéticos abordados, como un esfuerzo de pensar genuino y peligroso, donde la poesía –ocupando la imagen de Michel Leiris de la literatura como tauromaquia− parece un toro embravecido, mientras los intérpretes solo ven pasar su sombra. En esta tensión se articula un pensar que intenta correr el riesgo, que apuesta por una ruta de lectura y una mirada que vaya más allá de las seguridades ganadas de antemano. Tensión que ante la dificultad y el desconocimiento, ha implicado habitualmente un deslinde excluyente entre poesía y filosofía en Chile, incluso más allá de la escena originaria de la expulsión de los poetas de la polis, transformada a menudo en un lugar común, aunque sus presupuestos sigan funcionando. En vez de eliminar la tensión, los textos la muestran en sus diversas particularidades. Sin embargo, es necesario no equivocarse en la descripción del origen de este conflicto.

*
Una imagen puede servir para explicar mejor este difícil vínculo: es la conocida alusión de Paul Celan del poema como botella de náufrago lanzada al mar, es decir, a la tierra de corazón del lector, sin seguridad alguna y en el temporal de la historia. El poema visto así es un testimonio frágil, que no reviste garantía de ser recogido. Para ser recibido, el poema requiere de una atención que acoja su precaria condición. De ahí que a menudo surja el malentendido entre poesía y filosofía, que arrastra otra desavenencia previa. Esta imagen de Celan puede oponerse al ejercicio filosófico; vale decir, a una comprensión de la filosofía como un quehacer discursivo y, por lo tanto, asentado en una concepción del lenguaje como medio para llegar a una verdad fuera del lenguaje. En cambio, la poesía implicaría un carácter gratuito, cuyo valor radicaría en el aprecio asignado al lenguaje en sí mismo, ya sea incluso considerado como mero juego o representación antojadiza. La imagen de la botella de náufrago daría pie a una interpretación que confronta modos opuestos de concebir el lenguaje. Sin embargo, al profundizar en la metáfora que delinea la poética de Celan, nos encontramos con una sorpresa. Su alusión, referenciada usualmente como el carácter de la escritura poética actual, proviene de la cita de un filósofo.

*

Los poetas han viajado por ese océano indiviso de la falta de nombres, por la imposibilidad de aferrarse a un sujeto y un predicado, pero a pesar de la inhóspita experiencia, alcanzan la escritura. Su lengua es una tabla de náufrago frente a la disolución. Viaje, experiencia y escritura conjugan en ese impulso que recorre las palabras. Pero aquello no acontece solo en poesía. “La lengua más antigua –declara Quignard a propósito de Sócrates−, antes de ser enfrentamiento de discurso, es visitación de la voz”. Antes de la dialéctica, antes del juicio, está ese murmullo que incluso despedaza al sujeto, arrojándolo al riesgo de la muerte. “Dudo, luego existo”, parafrasea Martín Cerda a Descartes, pues la literatura permite despensar lo pensado. Volver a reformularse las ideas ya establecidas, y enfrentarse a la soledad de una escritura que desfonda las certezas. Para ello es preciso modificar la identificación entre pensamiento y filosofía. Vale decir, aceptar que el pensar es más amplio que la filosofía, y que incluso en la actualidad puede transformarse en una profesión más que en un compromiso de pensamiento. En cierto modo, es llevar a práctica lo que Nietzsche denominó como “la virtud de la modestia”.

*

El vuelco a la poesía chilena no consiste en reiterar el lugar común de su carácter ‘excelso’ o ‘insólito’, sino retomar el camino opuesto: pensarla en su dificultad. No basta con enunciar el rasgo excepcional de la poesía chilena −a estas alturas la repetición de este estereotipo termina fosilizándola−; se trata de delinear un pensar que al proponerse bucear en su escritura decanta en un desafío para las herramientas conceptuales de la filosofía, obligando al intérprete a situar su pensamiento. Poetas abordados aquí como Ximena Rivera, Juan Luis Martínez, Jorge Teillier, Elvira Hernández, Gonzalo Millán, Pablo Neruda, entre otros que podrían seguir explorándose, implican un reto a las coordenadas filosóficas. Exigen al lector la necesidad de referirse a Chile y, de esta manera, politizar implícitamente su escritura, al desplazar el horizonte de la visión hacia este lugar de la geografía. Si la mirada de dios ha sido reemplazada por google maps, como una muestra efectiva de su muerte, el enfoque a este territorio estriba en una asunción de la perspectiva que permita a la filosofía trabajar también en una escala distinta. En otros términos, la lectura de la poesía chilena abre rutas a la filosofía, sobre todo a los estudiantes jóvenes para que puedan articular su voz y su escritura, y no solo insistir en una exhaustividad filológica y hermenéutica que procure destacarse entre los comentarios de los comentarios. El poema suscita un desenfoque que permite modular una respiración.

*

A diferencia de la habitual investigación canónica de los estudios literarios, la filosofía tiene la posibilidad de preguntar por los fundamentos de la ‘obra literaria’, por las formas poéticas que imbrican una política de las formas y, sobre todo, por las nociones acerca del lenguaje que atraviesan la experiencia de toda escritura poética. La poesía, que es también un pensamiento en obra o, si se prefiere, un pensar con la materialidad de los signos, yace a la espera de una reflexión que responda a su quehacer. No tanto a la manera de Heidegger que distinguía entre un pensar meditativo, calculador y conmemorativo (este último referido al poético y artístico en general) que pueden corresponder mutuamente al ser, sino más bien bajo la tensión con que la poesía chilena apunta a la historicidad específica de los enunciados (en algunos casos sumando la incorporación de la geografía). Pensar la poesía conlleva una agudización de la mirada a los supuestos y los efectos filosóficos que traen consigo la lengua. En cuanto método, el reconocerse y más aún desprotegerse ante la escritura poética, estimula a pensar en los desajustes de las herramientas conceptuales con que la enseñanza teórica ha buscado capitalizar un saber. Estos hiatos, como contra ejercicio, permiten sopesar, aquilatar, pesar -de donde viene pensar- los supuestos de la re-flexión, es decir, volver los pasos atrás, retornar a aquello que ya se tiene como instaurado, entendiendo la reflexión no solo como un ejercicio de representación o una subjetividad confrontada a un objeto de estudio. El problema estudiado no es neutro, concita una apuesta y un riesgo, una fidelidad al desafío del pensamiento teórico; vale decir, barruntan aquello que Platón llamó el bello peligro de la filosofía.


Relacionados