Felipe Moncada (Chiloé, 1973) ha sostenido, a lo largo de su quehacer escritural, una decidida conversación con la tierra y, a partir de allí, con el humano “a la alianza de ella”. Sus inquisiciones sobre el habitar apuntan, entre otras cosas, hacia la estrecha relación entre comunidad y territorio, las posibilidades de organización frente al sistema imperante y cuál es el tránsito de la poesía en este contexto. A propósito de la reciente publicación de su libro de ensayos Territorios Invisibles (2016), en Ediciones Inubicalistas, hemos conversado con él.

48

1.- Dices en la introducción de los Territorios que tu punto de vista podría considerarse propio de un lector extemporáneo, “como si una opción de origen determinara el anacronismo de su pensamiento”, ¿qué implica para ti una lectura extemporánea? ¿Qué relación estableces entre tiempo y origen?

En el ámbito de los estudios académicos, se le da una gran importancia en estar “al día” en lecturas, como si el pensamiento fuera algo que está constantemente renovándose, y si bien es así en cierta medida, creo que se le da una importancia exagerada y un carácter de competencia al hecho de manejar referentes intelectuales, sobre todo si pasa por la capacidad económica de adquirirlos, o el hecho social de que quien los adquiere no es alguien que tiene que luchar por sobrevivir, sino que proviene de un cierto confort, al menos en la mayoría de los casos. Cuando llegué a Santiago tenía 16 años, venía del sur (mi origen), recién salido de un liceo público, y lo que podía acceder a leer estaba en la Biblioteca Nacional, la Belarmino, en los libros usados de San Diego y Barrio Franklin, y todo eso era “anacrónico”, las librerías eran cosa de otro planeta. Me pasó más de alguna vez que los guardias de alguna librería me corrieron por creer que era “mechero”. Eso me hizo pensar en los mecanismos de selección del discurso según el origen social. Es decir, de ese mundo de libros usados en los alrededores de La Vega, o Recoleta, ¿no podía salir un pensamiento válido?, o de manera más extrema: del sur, de aquellos pueblos que eran la cáscara de estaciones de trenes abandonados, ¿no transcurría entonces la vida?, y claro, la vida y el pensamiento ocurren en todas partes donde hay curiosidad y corre sangre por los seres humanos, con sus pasiones. Desechar un pensamiento por anacrónico es también desechar la manera de vida que lo hace posible, que no cabe en el modelo económico que se desea imponer. Entonces mi opción fue ocupar lo que tenía a mano, las lecturas cercanas, no despreciarlo. En Chile el pensamiento parece ser “algo que siempre viene de fuera”. Esa mirada, con los años y las lecturas de muchos poetas contemporáneos, la mayoría de ellos de provincias, desembocó en este libro de los territorios.

2.- El concepto de territorio utilizado en el libro es tanto geográfico como sensible; sus fronteras dependen del poeta, de su “realidad intuida” en poesía. Siendo así, ¿cómo se expresa el territorio en la poesía que lo trasunta? ¿Es la poesía una suerte de mapa del territorio o más bien un territorio otro?

Pienso que el lenguaje poético tiene una especie de ADN que es posible descifrar. Un sujeto que escribe desde la Patagonia, no lo hace solo porque nos hable de corderos y vientos terribles, sino que encarna todo un imaginario familiar, costumbres, traumas sociales que se expresan en temáticas, pero también en giros lingüísticos que dan cuenta de una manera de comprender las cosas y de llevar la cotidianeidad en circunstancias diversas.
Y claro, la poesía también es un territorio del lenguaje, por sí misma, su síntesis, intensidad, carga simbólica, alarde expresivo, etc, la demarcan en una zona de la expresión donde habitan contradicciones profundas, y también momentos de luminosidad que son como pequeñas explosiones de conciencia. Entonces, llevado esto un poco a la idea de la “poesía situada” de Linh, con respecto a un contexto político, se puede llevar también a leer el territorio implícito en una escritura y eso te lleva a conocer tradiciones y rupturas locales, y sobretodo, maneras en que una comunidad enfrenta, recibe, absorbe o se resiste a las intenciones del mundo.

3.- Lo invisible está trabajado como aquello que es marginado de los mecanismos de validación del mercado, ¿qué diferencias encuentras entre los autores que escriben desde esta condición, respecto de aquellos inmersos en la ansiedad de ser visibles?

Dicho en términos de la medicina, la escritura posee una función terapéutica cuando aborda conflictos internos del ser humano, libera zona oscuras, como en el proyecto de la Poesía Negra, de Gómez Correa, que era una variante criolla del surrealismo. La escritura vista como el correr un velo de tu realidad es algo que permite sobrevivir, comunicarse con un alguien imaginario cuando se está en la soledad, proyectar el pensamiento hacia otros, y a través de eso, ayuda a mantener la cordura inclusive. Es una herramienta realmente poderosa para acompañar un dolor o expresar una emoción. Otra cosa es instalar una maquinaria de guerra en torno a la validación de una determinada escritura, lo que no digo que esté mal, pero sin duda en ese propósito se dejan de lado ciertas funciones originales de la escritura. La poesía considerada como una disciplina de alta intensidad, como puede ser el ajedrez, o las matemáticas, engendra obras que necesitan de su aprobación para cerrar el ciclo, y ahí nace la ansiedad por tener la razón, por encarnar “la mirada correcta” del mundo, anulando la libertad en la poesía, que es quizás lo que la ha mantenido despierta por miles de años. Esa ansia de visibilidad mediante la poesía no creo que sea nuevo, pero dentro del contexto actual, de la tiranía del espectáculo y las nuevas tecnologías, ha tomado una importancia inusual que no creo que le corresponda al género.

4.- La provincia parece aludir siempre, de manera implícita, al centro, en tanto este la constituye como tal. En este sentido, ¿qué otro tipo de relaciones se pueden establecer entre los territorios, más allá de las nociones de centro y periferia? ¿Es necesario constituir a la provincia como centro?

Esa tensión es una dualidad que actúa por oposición, una dialéctica, eso de centro versus provincia, y creo que es más interesante salirse de ese modelo -que solo crea una lucha por la preponderancia- para que el cuerpo de ideas respire por otra parte. En el libro eso se expresa de la siguiente manera: “Una de las ideas centrales de estos ensayos, es la noción de que cualquier punto puede ser el centro, y que no se lea esto como una oposición o postura lastimera frente al centralismo, sino la certeza, de que en un mapa homogéneo de experiencias, tradiciones y aventuras del lenguaje, cualquier punto de la trama puede considerarse el origen del tejido.” Es decir, si ampliamos la escala y vemos el fenómeno de la producción literaria a nivel mundial, Santiago es una provincia de otros centros, y esa relación no se acaba nunca. Cuando se critica a un pensamiento de “provinciano”, se le achaca la condición de estar desfasado en temas de actualidad, o de permanecer atado a tradiciones inamovibles, mientras que el ataque al centro considera que ahí se realizan las operaciones políticas de instalación de la cultura, según el modelo económico que predomina. Esa eternidad de prejuicios desaparece si se pone atención al “aquí y ahora” como dicen los budistas, de lo que se escribe, fuera de esas categorías. La poesía ocurre en todas partes, la realidad ocurre en todas partes, pero estamos con la cuenta pendiente en temas de reconocimiento y difusión, porque la cultura a gran escala actúa según el modelo económico y político del país.

5.- “En cada experimento de comunidad o de habitar espacios hay una intención de futuro”, dices en el ensayo “Poetas de los lares en el Siglo XXI”. También afirmas que la poesía lárica es pugna y rechazo, ¿puede la literatura de provincias hablar de una posición más allá de lo invisible y de la carencia? ¿Es una opción de lucha?

Vivir de manera distinta a la que se vive en las ciudades, o incorporar algunos de esos modos a la ciudad, plantea no ser parte de la homogeneización, que me parece el sueño cultural del Capital. Y tampoco se trata de instalar un único otro modelo alternativo, como lo fue en la gran disputa comunismo-capitalismo, sino más bien aceptar las diferencias de estéticas y sensibilidades, y relacionarse en un plano donde las jerarquías no las impone una institución, un premio, un crítico único, una camarilla, sino la misma permanencia y circulación de los poemas. La idea central de lo que Teillier llamó la poesía lárica, es el hecho de “regresar a la tierra”, a la alianza de ella, en un sentido de volver a hacerse consciente de las estaciones, del entorno, de los ciclos vitales que esta sociedad ha sintetizado en explotación de los recursos y su conversión a dinero. Y hay muchas formas para este regreso, no se trata de quemar inciensos para la Pachamama como podría caricaturizar un citadino, ni hacer una etnopoesía pura, ni hablar eternamente de gansos y graneros, hay una infinidad de registros que tantean otras posibilidades de vínculo con el exterior, desde la ecología extrema a los discursos okupas, pasando por una señora que mantiene su jardín en una calle llena de tráfico o el caminante que se pierde buscando silencio en los bosques. Creo finalmente, que este regreso es una especie de retroceder en el positivismo, para buscar entre los escombros algo que valga la pena para recomenzar el camino, y en ello la poesía tiene mucho que decir.

Entrevista: Rafael Cuevas Bravo


Relacionados