* Fragmentos de Escombros iluminados. Una lectura de Veneno de escorpión azul de Gonzalo Millán“, ensayo en preparación

Con un pie en la huesa, con una mano en el fuego

Ni como Enrique Lihn o Héctor Viel Temperley. Ni como Jaime Gil de Biedma o Severo Sarduy. Ni como Harold Brodkey o Henning Mankell, braceando entre arenas movedizas. Lo de Gonzalo Millán en Veneno de escorpión azul, sencillamente, es otra cosa. “Diario de un hombre lobo que quedó cojo después de caer en una trampa”, verdadera “caja negra que sobrevive / al desastre”, los cuadernos que meticulosa y grafómanamente comenzó a llenar tras saberse presa de un grave cáncer pulmonar (y que luego serían transcritos y montados por María Inés Zaldívar), acaso no sean sino el feroz registro de su transformación, subversión y derrumbe ante lo ineluctable. Fechada del 20 de mayo al 2 de octubre de 2006, doce días antes de su muerte, “cuando ya no le quedaban energías para continuarla” (según leemos en la breve nota sobre la edición), la escritura de Millán avanza vertiginosa, “con un pie en la huesa, con una mano en el fuego”, y se abisma por fuerza en la disolución: palabras en el umbral de la muerte y señas de un cuerpo enfermo; epitafios, poesía y testamento; aforismos, derivas e ironía; esperanza, dolor y desconcierto; listas de libros, comidas, películas y partidos de fútbol; imágenes nimias, iluminaciones, voladas, borradores y residuos; grafía –trunca, imposible– del fin, Veneno rehúye toda clasificación literaria y nos revela el oficio incesante de la escritura desde su más cruda y cotidiana materialidad. Un aspecto que de entrada llama la atención es su esencial diferencia respecto a la factura de la obra de Millán. En efecto, no encontramos aquí la elaboración formal, la economía y precisión de las imágenes o aquella diestra poética del montaje (pensemos, por ejemplo, en la recia arquitectura de La ciudad) que caracterizó a su poesía; al contrario, en sus más de 300 páginas asistimos al exceso, a la desmesurada emergencia de la vida deshaciéndose en astillas, “escolleras negras” que con el paso de los días se apilan sin rumbo unas sobre otras y se hunden en el océano hasta desaparecer.

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Es difícil escribir sobre Veneno. Desde hace un tiempo lo leo con insistencia y he revisado casi todo lo que escasamente se ha dicho sobre él. Mi impresión es que sus lectores tienden a considerarlo como el fruto de una empecinada lucha contra la enfermedad y la muerte –en una lógica de la víctima que resiste–, cuestión quizá enfatizada por la alusión al remedio cubano en el título del libro. Más aún, si nos valemos de lo dicho en entrevistas, que el arte y la escritura sirvan como conjura o terapia es una idea que parece haber rondado siempre en la cabeza Millán. De manera que podríamos leer el libro en esa dirección: “Escribir Veneno de escorpión azul es hacer algo antes de morir, luchar por tu vida”, apunta en alguna ocasión; y todavía: “Quiero ser materia disponible para el milagro”. Y sin embargo. Al remirar –referencialidad aparte– el sentido de ese título en el marco del conjunto de su obra, donde la toxina y la figura del escorpión/alacrán/ouroboros mantienen una relación estrecha y de antigua data con la escritura en tanto pharmakon (remedio que sana y veneno que aniquila a la vez), el “diario de vida y muerte” también puede ser leído a contramano: no ya como resistencia, sino que decidido viaje hacia el propio agotamiento, bitácora deconstructiva donde la subjetividad y todos sus esquemas representativos se van desmembrando lentamente, en una ardua quema que desperdiga esquirlas de lenguaje sobre las páginas. “Dejaré detrás de mí una humareda”, advierte Millán. Y es que el asomo, la entrega a la otredad absoluta de la muerte desarma los fundamentos del individuo. Los vemos caer cual cáscaras mientras la escritura no se detiene: “Me entrego a la lengua como una briosa nutria. / Me rindo ante el delfín que cabalgo”, “La escritura como un caminar que sólo deja, acumula huellas que se borran”, apunta. Y esto podría comprenderse en reveladora colindancia con el pensamiento de Maurice Blanchot, particularmente en lo que toca a la incesante y siempre irresuelta tensión entre escritura y muerte: al ser ésta una tarea, algo que cabe a cada cual elaborar al modo de una inmersión en aquello que nos pone en vilo, asomo a la más incondicional ajenidad cuyo lugar sería precisamente la escritura, en tanto apertura y disponibilidad a la irrupción de lo inimaginable e imposible, es quizá aquí donde cabe hallar una clave respecto al sentido profundo de los cuadernos millanianos. En Veneno son múltiples los momentos que hablan de la muerte entendida como un trabajo inexcusable (“El fin pide tu colaboración / y complicidad”) y en los que además parece irrumpir un estremecedor otro lado, donde el sentido trastabilla: “El hoyo que se ahonda me amamanta”, “Caída sin asidero de ascensores que se abren al vacío”.

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Ahora bien, es justamente entonces cuando adviene en el texto algo así como una inédita figuración del mundo, como si éste apareciera y se infiltrara por las fisuras de un yo en camino a ser deshabitado, desbaratado. “Los acontecimientos”, escribe Millán en ese vórtice, “se precipitan y se reordenan a toda velocidad; avanzan sin pausa, incesantes, vertiginosos”. O bien: “Me parece que veo al mundo tal como es, con una nitidez extraordinaria, colmado y vacío de sentido al mismo tiempo, absurdo y cuerdo”. Despojándose de lo dado, de la jerarquía y la comodidad de los conceptos, exigido por la muerte y desbordando toda economía de sentido, algunas “cosas” parecen refulgir insólitamente en la marea de lo escrito, como destellos únicos, irrepetibles. El contacto, el contagio en el plano de lo extenso e inmanente, sin término e inicio, en riesgo y apertura, cala la escritura, ya casi más allá del dispositivo individual, apenas modulada por algo así como un “yo poroso y agonizante”, como notaba Blanchot sobre algunos pasajes de Beckett. Así, arrimándose a la vieja nomenclatura taoísta de la realidad entendida como las diez mil cosas que brotan, Millán confiesa: “Todas y cada una de las diez mil cosas que me rodean parlan con una mudez locuaz. Se muestran. Llaman la atención”. El insólito fulgor del mundo, cuya “belleza disponible […] parece excesiva para el que no sabe qué hacer con ella” hiende las páginas, y de momentos todo se torna un puro aparecer sin fondo. Millán inscribe entonces apenas “Dos queltehues que vuelan” o la simple materialidad de una “Mosca de alas tornasoladas”, en su singular evanescencia. La escritura, en esa frágil zona fronteriza, no es sino la ruma de “Escombros iluminados” de algo que se escapa, dejándola atrás.


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