¿Por qué es importante el estilo de la prosa en una novela? ¿Cómo trabajaste para encontrar la adecuada para este libro?

No sé si es tan importante el estilo en sí como el cuidado. Creo que lo primero es más o menos una consecuencia de lo segundo. Pienso en cuidado y quiero decir atención: allí donde están los elementos de los que los autores se preocupan con más o menos fuerza. Es en estos puntos que se condensa cierta idea del lenguaje que es propia de tal o cual ejercicio escritural.

Al menos yo trabajo en torno a obsesiones, que pueden ser de la más diversa índole. A veces una imagen o un paisaje o una persona. Un nombre o una forma de relacionarse. Puede ser el amor o el odio o la muerte o la enfermedad o la riqueza o el poder. Puede ser un simple objeto o una acción que quisiera ver pasar. De una u otra forma estas obsesiones exigen mi atención cuando las estoy trabajando; vuelvo sobre ellas, las pienso, las rumeo, las reescribo o las tacho o las discuto. Las someto a cierta evaluación, con cuidado. Supongo que de ese cuidado uno puede derivar cierto “estilo”.

Entonces esta idea del estilo de la prosa tiene que ver, creo, con una propuesta. Lo que propongo yo como importante para una historia o un texto. A dónde quiero que el lector me acompañe en esto de la atención. Si el estilo, mediante el cuidado, termina por tener alguna importancia, creo que es en tanto un vehículo declarativo. Qué cosas puedo comunicar con el tratamiento del lenguaje, que, insisto, al final tiene que ver con las obsesiones personales, al menos en mi caso.

No creo, de cualquiera manera, que el estilo sea algo azaroso, porque eso significaría que el cuidado es cualquier cosa, algo que se desparrama o se regala o se tira a la chuña. Uno podría dejar que el ejercicio en sí le devele áreas de importancia que uno ignoraba, pero entonces hay que volver y trabajar con cuidado. En esto también hay mucho de decisión, de opciones que deben tomarse. Uno elige en qué cosas tener cuidado y con eso va definiendo esta idea de estilo indirectamente.

En este libro en particular, Suárez, hay varias cosas a las que me importaba prestarles cuidado. La primera era poder tener un narrador en el que no se pueda confiar, Jimenez, que está además sumido en la envidia. Y lo que pasa con Jimenez es que nos ofrece una visión sumamente parcelada de la realidad, no es una voz absoluta, no sabe mucho más de las cosas que ve, que tampoco son demasiadas. El pueblo se está yendo a la mierda y a él, de alguna forma, solo le importa Suárez. Por otro lado, el intermedio de Jonás, que tiene otro narrador. Ahí lo que me preocupaban eran ciertas imágenes que reforzaban un ánimo de existencia particular que tiene ese personaje – las dunas, las torres de alta tensión, las herramientas rituales. El cuidado ahí estuvo puesto en torno al ritmo, a la puntuación. Creo que si se logró – ojalá – un tono particular en esa parte tiene que ver con ese ánimo de existencia de Jonás. Ahí hubo un cuidado, que supongo que le da un “estilo” diferente al que tienen las otras dos partes.

El imaginario del libro pareciera un mundo en negativo. Elementos descritos sin matices que nos den una coherencia entre ellos, como un limbo o un depositario de aquello que no está arriba ni abajo en la rueda de la fortuna.¿ por qué buscar esas construcciones, que posibilidades te entrega?

Tiene que ver con una intención de dislocación de tiempo y lugar. Me parece que existe una idea continua – una narrativa – en torno a la construcción identitaria de, por ejemplo, un país. Pensamos que Chile tiene tales o cuales características, que nuestro tiempo tiene tales o cuales características, y a veces sin darnos cuenta nos cerramos a la posibilidad de una concepción más amplia de esos espacios y esos tiempos. Es algo que necesitamos, de todas maneras, como un mecanismo de defensa, porque son tantos los espacios en blanco que no podemos llenar en nuestra concepción – que muchas veces pertenecen al margen de un centralismo estético, político, social, etc. – que rápidamente caeríamos en la zona incómoda de la no pertenencia. Es muy fácil creer que uno pertenece a algo y encontrar tranquilidad en eso, un cierto reposo. Pero lo cierto es que esas ideas de pertenencia son bastante frágiles, y removerlas un poco producen mucha incomodidad, lo que me acomoda.

Uno de los fenómenos que me parecen más interesantes en torno a esto es cómo algunos lectores insisten en anclar las narraciones de lugares imprecisos a lugares totalmente precisos. Pasó también con Nancy, de Bruno Lloret, donde, a pesar de no mencionarse pueblos en particular del norte de Chile, hubo gente que ancló el relato inmediatamente a esas ciudades o localidades. En Suárez no está Chile ni referencias a la linealidad de nuestro tiempo contemporáneo, y de alguna forma esa falta de anclaje directo le da la sensación a las personas de que el mundo se acabó. Y entonces, si quitarle esa seguridad del espacio a las personas, si situarlos en un lugar impreciso o incómodo significa acabar con algunos mundos, me parece que es algo saludable. Claro que no son operaciones infalibles ni inmediatas, sino tanteos o coqueterías que llevo a cabo para cuestionar ciertas ideas.

Por otra parte, me parece que esta idea del “progreso” de Chile, que es parte de esta narrativa nacional de qué es y qué no es este país, tiene algo terriblemente totalitario. Es muy fácil formar parte de eso, y se refleja en cosas tan sencillas como pensar que puede existir un solo huso horario para todo el territorio. O ahora que los fachos del congreso se disfrazaron de terratenientes “huasos”, pensar que “esa” es una cultura huasa, que es unívoca, que es igual para todo el país, lo que es una mentira pinochetista.

Entonces, al final, jugar con esta idea de los elementos que se instalan en un limbo me sirve para llamar la atención sobre estos problemas. Quisiera que los lectores se encontraran en algún momento preguntándose por qué manejan ideas tan poco dinámicas sobre sus lugares o tiempos de pertenencia.

Gary Snyder, el mismo de tu epígrafe, tiene un ensayo titulado Energía es delicia eterna. ahí se aborda la diferencia entre la energía y la electricidad, donde la segunda es una expresión poco sustentable de la primera. ¿Crees que hoy mantenemos un culto a la electricidad? ¿De que manera esta diferenciación de Snyder puede ser un principio de escritura?

Creo que hay un culto a la electricidad indirecto. De alguna manera hemos hecho que las herramientas digitales y virtuales se transformen en prótesis de la experiencia. Algunas veces esas prótesis son físicas, también, como en el caso del palo selfie, o el uso de la “realidad aumentada”, y creo que en esa relación que se establece con la virtualidad hay algo de culto. No voy a caer en la tontera de hablar en contra de los avances de lo digital, lo virtual, de las redes sociales, del Pokemon Go o lo que sea. Sería una hipocresía, porque las uso también, y hasta no hace mucho era entregado a los videojuegos. Pero aquí sí entra en juego la diferenciación que hace Gary Snyder en ese ensayo: energía tiene que ver más con conservación que con crecimiento, con calidad más que con cantidad.

La relación misma que se ha establecido con esta hipervirtualidad está marcada por el crecimiento desmedido, por la idea de que siempre puede haber más, más grande, más virtual. Eso me parece peligroso, tan peligroso como el pensamiento de los economistas que creen que una economía puede crecer infinitamente. Eso también lo aborda Snyder en el ensayo. ¿Dónde poner el tope? Esa pregunta viene de la mano de conceptos como “crecimiento perpetuo”; me surge también cuando pienso en el culto a la electricidad, que no es inagotable. Pensar en el tope creo que es también un asunto de adopción de conciencia. Hoy en día vamos por ahí usando cosas que no tenemos idea de cómo funcionan. Decimos que somos escépticos, lógicos y científicos, pero lo cierto es que la cantidad de población que efectivamente podría explicarnos cómo funciona el celular, el internet, la misma electricidad no solo es poca, sino que está desfinanciada y alejada – contra su voluntad, no me cabe duda – de los programas escolares. Desde los mismo colegios se han ido perdiendo herramientas para entender la realidad y la experiencia en pos de pruebas de memoria y rendición “académica”.

El asunto es que si a la ecuación entra esta idea totalmente poco “científica” de cómo nos relacionamos con la electricidad, y consideramos hasta qué punto hemos permitido que sea parte de nuestras vidas, entonces es fácil pensar que estamos ante la idea de un culto, indirecto o callado, tácito. Y creo que las verdaderas consecuencias de esto van mucho más allá de likes, seguidores, fotografías o pokemones. Me parece que tiene que ver con la data, con cómo el flujo de información está siendo utilizado para modelar nuestra experiencia del mundo. Lentamente se nos hace saber que nosotros, ignorantes, no sabemos qué es lo mejor para nosotros, pero que Google si podría saberlo, que podría saber cuál es la mejor forma de llegar a un lugar, que podría saber qué cosas te interesan a ti y cuales no para no mostrártelas. Esa es una forma de modular la existencia misma que creo que está ligada íntimamente a la electricidad. Pero de nuevo, no creo que la clave esté en ir por la vida negándola, sino en encontrar el punto de tope sobre cuánto dejamos que se meta en nuestra vida.

Relacionar esto a la escritura es complejo. Hay que considerar que en el ensayo Snyder antepone la conservación (la energía), contra el crecimiento descontrolado y el uso sin medida (la electricidad, que forma un hábito que acabará por agotar las reservas naturales). A partir de eso supongo que uno podría pensar en los materiales de la escritura, de un mundo imaginativo que notaba Calvino que se formaba durante la juventud, de cierta sensibilidad que podría agotarse. Creo que uno podría apuntar a no sobre explotar eso, de tratar con cuidado estos materiales. Pero entonces salen términos como “escritura sustentable” o lo que sea, que me parecen repulsivos. En verdad, creo que extrapolar una cosa a la otra podría no ser tan operativo.

Me gusta la escena cuando el cuerpo se desarma en los hombros de Suarez. ¿que hay en lo grotesco, la descomposición y la chatarra en que la escritura deba poner atención?

Desconfío ya de la idea binaria de bello/grotesco, y por tanto, también de cierto romanticismo que es muy fácil adoptar cuando uno se enfrenta a estos materiales. Hay muchos discursos que se posicionan desde este punto como una forma de anteponerse a lo bello, a lo limpio, a lo aséptico, y el problema es que esos mismos discursos tienden a inmovilizar estos elementos. Los fijan en un tipo de mitología menor, cayendo en estetizar en exceso las imágenes que nos puedan ofrecer. Pienso sí que son experiencias humanas, que enfrentarlas de esa forma, cuando aparecen, es una manera de sacarlas del binarismo. Son parte nuestra. Todos producimos basura, nos descomponemos, nos relacionamos con o produciendo lo grotesco. Necesitamos reapropiarnos de estas ideas que también forman parte del cuerpo, así como también lo bello o lo limpio. Hay que bajarlas a tierra, ensuciarlas, valga el juego, de nuevo. De ahí que en verdad crea que la escritura debe poner atención en la experiencia humana, sea esta un cuerpo que se desarma sobre otro o cualquier otra relación más “limpia” que se tenga con los cadáveres.

Jonás se reproduce a través del oficio, me pareció el personaje más afectivo. ¿El oficio, es una forma de culto religioso , de práctica política?

Se discute mucho entre escritores y creadores en general sobre el oficio. Muchas veces se le postula como cierta virtud o rectitud moral, cierta entrega y disciplina monásticas que nos alejan del truculento mundo del dinero (del que nadie, de todas maneras, puede ni quiere alejarse demasiado). Pero creo que el oficio es mucho más sencillo, maleable, y que le pertenece a muchos más que solo a los “rectos” creadores de este tardocapitalismo. Pienso en el oficio en estricta relación con el hacer. Tener oficio, al final, es tener ganas de hacer y poner esas ganas en práctica. Y a partir de ese punto uno puede plantear muchas cosas, cada quien tiene su propia idea del oficio – que en algún punto se encuentra con las otras en esto del hacer.

Ciertamente hay gente que lo enfrenta como un culto religioso, como un apostolado al que hay que entregarse en cuerpo y alma, según el cual vamos a ver y guiar nuestra vida. Y creo que es válido, valiente. Pero también esta idea esconde una trampa: la de trasladar la responsabilidad que tenemos con nuestro trabajo – los textos, en este caso – a la idea que tenemos sobre cómo debemos guiar nuestra vida en pos del bien último del trabajo. Es decir, hay veces que entender el oficio desde este punto hace que el estilo de vida mismo sea más importante que el hacer, que los sacrificios por ese hacer interesen más que el hacer mismo. Y ahí se va el oficio a la mierda, porque se convierte del hacer en el prepararse para hacer, lo que puede dilatar infinitamente el momento de sentarse a trabajar.

Por otro lado claro que creo que es una práctica política. Pero no se puede caer en la falsa idea de que toda práctica política es revolucionaria, rupturista. Hay quien pueda poner en práctica la idea del oficio en pos y a favor del sistema económico que tenemos. ¿De qué otra forma habrían llegado a acumular esas riquezas? ¿Cómo nos cagaron tanto? ¿Alguien podría decir que los dueños de la AFP no tienen oficio? ¿Acaso el mal no tiene oficio?

Entonces sí, es una práctica política, pero que requiere que siempre estemos atentos, porque de por sí no es garantía de nada. Hay que enfrentarla con compromiso, pero eso no tiene que ver tanto con la idea del oficio, como con los valores que a cada uno lo guían. Y de eso se habla poco, porque se asume de antemano que los creadores son buenas personas, generosas, solidarias, cuando por lo general es un mundo muy mezquino. De ahí que sean otras las discusiones que me interesen. ¿Cómo combatimos esto? ¿Cómo hacemos que esa mezquindad sea extirpada de nuestros círculos? Claramente no basta con el oficio. Se requiere oficio y algo más: atención, cuidado, responsabilidad. Especialmente amor y esperanza. Si hay oficio y no hay amor por lo que se hace entonces estamos cagados. Si hay oficio y el oficio no produce esperanza entonces ¿de qué vale el hacer? ¿Para alimentar el ego? Si el oficio es una cosa cotidiana, del día a día, entonces también tiene que relacionarse con los pequeños gestos que nos permitan anteponer el amor ante el odio y las desconfianzas, que nos lleven a reforzar la esperanza como una forma de relacionarnos con el porvenir.


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