de A place in space (1995)

El lenguaje ha sido popularmente definido, en Occidente, como aquello con lo que los seres humanos ordenan “el caos del mundo”. De acuerdo con esta visión, la inteligencia humana florece a través de la supuestamente singular facultad del lenguaje, y verso. Se piensa que cuando más objetiva y racional sea la lengua, mayor será la precisión en este ejercicio de conferir orden al mundo. Hay quien considera el lenguaje como unas matemáticas fallidas, y se ha coqueteado con la idea de que estas pueden incluso suplantarlo.Esta idea todavía tiñe el pensamiento más común de muchos racionalistas y quizás de algunos matemáticos y científicos.

       Pero el mundo —ordenando con arreglo a una norma propia e inextricable (de hecho,una suerte de caos)— es tan vasto y complejo, tanto a micro como a macroescalas, que se mantiene constantemente impredecible.Véase el clima, por citar un viejo ejemplo. Y fijémonos en la mente en la mente que se hace estas reflexiones: a pesar de años de identidad, continuamos siendo impredecibles incluso para nosotros mismos. A menudo no sabríamos adivinar cual va a ser nuestro próximo pensamiento. Pero esto no quiere decir que vivamos en desesperanza confusión; significa solo que habitamos un dominio en el que muchos principios continúan siendo misteriosos o inaccesibles.

Sin embargo, podemos afirmar que el mundo natural (que incluye las lenguas humanas) es correcto, proporcionado, coherente y sistemático con arreglo a procedimientos propios. Cada una de las aproximadamente cuatro mil lenguas del mundo modela la realidad a su modo, con estructuras y sintaxis que no fueron inventadas por nadie. Las lenguas no son creaciones intelectuales de arcaicos maestros de escuela, sino un sistema natural “salvaje” cuya complejidad elude los esfuerzos descriptivos de la mente racional.

     “Salvaje” alude a un proceso de auto-organización que genera sistemas y organismos, todos los cuales están supeditados—a la vez que constituyen sus componentes—a sistemas mayores que también son salvajes, tales como un ecosistema principal o el ciclo del agua en la biosfera. Se podría decir que esta cualidad salvaje es la naturaleza esencial de la naturaleza. Su manifestación en la conciencia puede entenderse como una percepción despierta, plena de imaginación, pero también fuente de una inteligencia alerta, necesaria para la supervivencia. Los trabajos de la mente humana en su versión más fértil reflejan ese carácter salvaje auto-organizado. Por tanto, el lenguaje no impone orden en un universo caótico, sino que refleja su carácter salvaje.

  Al hacerlo, avanza en dos direcciones: nos permite acceder a una pequeña ventana sobre el mundo con existencia independiente, pero también modela–por medio de su propio vocabulario y estructuras—cómo vemos ese mundo. Se podría argumentar que la lengua restringe, limita y estrecha nuestra visión de la realidad, y posiblemente nos desorienta: “el menú no es la comida”. Pero mejor que menospreciar el lenguaje desde una postura espiritual, hablando vagamente de “verdades inefables”, debemos volcarnos de nuevo en la lengua. La forma de ver con el lenguaje, de ser libres con él y de identificarlo como un vehículo de introspección que trasciende  la identidad es conocer mente y lengua de manera exhaustiva y jugar con sus posibilidades sin apegos concretos.  Al hacer esto, el lenguaje brinda sorpresas y perspectivas asombrosas que pueden remontarnos de nuevo a una experiencia directa y desmediatizada.

El “lenguaje natural”, con sus gramáticas y vocabularios autogenerados, estructurados a lo largo de una confusa historia social, se expresa en lo vernáculo. En el uso diario hay gran cantidad de figuras retoricas sorprendentes, reveladoras y específicas, que tradicionalmente aparecen en adivinanzas, dichos, cuentas y similares, en nuestros días, en chistes, giros, el habla vertiginosa y fluida de las jergas, y una permanente experimentación con expresiones lúdicas. Los niños en el recreo hacen rimas y disfrutan jugando con el lenguaje. Quizá ciertas personas nacen con un talento natural para la lengua, como hay otras que nacen con una predisposición hacia la música o las matemáticas. Y algunos genios innatos van más allá de ser cantantes callejeros, narradores o mitógrafos para convertirse en los entregados poetas y escritores de una sociedad multicultural.

Absolutamente mezclado y heterogéneo, el mundo está en constante mudanza. Nada es verdaramente nuevo. La creatividad, en sí, consiste en observar con renovada frescura lo que ya estaba ahí para leer sus implicaciones y presagios (el libro de Stephen Owen Traditional Chinesse Poetry and Poetics: Omen of the World apunta en esa dirección). Hay poemas, novelas y cuadros que avanzan a través de la historia, redefiniendo perennemente nuestro lugar en el cosmos, que fue alumbrado por esas miradas. Pero la creatividad no es el acto individual o semi divino de “hacer algo”. Más bien nace de estar profundamente inmerso en ello, para después entrever conexiones ignoradas, resonancias, fuerzas, sombras, el envés de la trama. Lo que aparece es “nuevo”. Sin embargo, esta manera de pensar en la lengua está a años luz de lo que habitualmente se entiende por educación.

La pauta para “el uso correcto de la lengua” se basaba hasta hace poco en el habla de gente con poder y posición, cuyo lenguaje era el de las grandes capitales, y ese modelo estaba ligado al reconocimiento de los beneficios sociales y económicos que generaba su uso. Otro criterio corresponde a un modelo de escritura formal de esforzada claridad y organización, justamente reconocida como una herramienta indispensable en el bagaje de una persona que espera triunfar en el mundo moderno. Este modelo de escritura es esencialmente aburrido, pero tiene la eficacia de un tractor que avanza recto y seguro por un surco y regresa por otro. Como un tractor, se espera que rinda provecho: ensayos y disertaciones eruditas, peticiones de subvenciones, argumento y réplicas en disputas legales, informes, estudios globales, planes estratégicos.

Sin embargo, una escritura verdaderamente notable llega a aquellos que han aprendido, dominado y superado los usos y pautas de una correcta escritura convencional, para retomar de nuevo el disfrute y la diversión desahogada de la lengua natural. La buena escritura común es como una huerta que produce exactamente lo que quieres, gracias al esfuerzo de cultivar y limpiar las malas hierbas. Lo que recoges es lo que plantas como una hilera de judías. Pero una escritura realmente  buena está tanto dentro como fuera del vallado de la huerta. Puede que haya judías, pero también adormideras, arvejas, espinos, y algunos jilgueros y avispas por en medio. Es más diversa, más interesante, y más impredecible, y se compromete con una forma de inteligencia mucho más vasta y profunda. Su conexión con el carácter salvaje del lenguaje y la imaginación la refuerza.

Esto es lo que Thoreau quería decir con el termino grámatica parda, tal como escribió en el ensayo “caminar” sobre “esta inmensa, salvaje, aulladora madre, la naturaleza, presente por doquier con tanta belleza y tanto afecto hacia sus hijos como el leopardo; y sin embargo que pronto hemos abandonado su pecho para entregarnos a la suciedad {…} Los españoles tienen un buen término para expresar esta sabiduría salvaje y oscura: gramática parda, una forma de sentido común que proviene del mismo leopardo al que he hecho referencias”. La gramática no solo de la lengua, sino también de la cultura y la civilización, viene de esa inmensa madre nuestra, la naturaleza. “Salvaje, aulladora” es otra manera de describir a un bailarín grácil o a una buena escritora (un amigo lingüista comentó una vez: “la lengua es como una madre naturaleza de la sensación: su orden es tan poderoso que tiene espacio para ser salvaje en un 99%”).

Podemos y debemos enseñar a nuestros jóvenes a dominar los criterios de la escritura convencional que se espera conozcan, preparándoles para las exigencias de la sobreinformación y las economías transnacionales. Van a necesitar de estas aptitudes no solo para manejarse en nuestro mundo post- industrial y pre – colapsado, sino también para criticarlo y transformarlo. Puede que estos jóvenes aprendices, con su cándido y llamativo talento para la escritura, sufran el efecto destructivo de esta disciplina que les hará poner en duda su propio oído e inventiva. Necesitan ser convencido de que sus visiones personales sobrevivirán. Pueden respirar hondo, zambullirse en las reglas y los formalismos en boga, aprender el juego y aún retornar a casa, a la lengua del corazón y del barrio. Debemos recordar constantemente a la gente que el lenguaje y sus poderes son mucho más vastos que el territorio juzgado como el del “uso correcto” en cualquier lugar y época, y que siempre han existido genios de la lengua que crearon sin una educación formal. Homero era un recitador de historias no un escritor.

        La visión más común que se tiene del lenguaje es:

  1. El lenguaje es únicamente humano y primordialmente cultural.
  2. El lenguaje estructura y desarrolla la inteligencia.
  3. El mundo es caótico, pero el lenguaje lo organiza y civiliza.
  4. Cuanto más cultivada sea una lengua – educada, precisa y clara- mayor será su capacidad para domesticar el indómito mundo natural y sensorial
  5. La buena escritura es lenguaje “civilizado”

Pero se le puede dar vuelta a esto para decir:

  1. El lenguaje es principalmente biológico; se convierte en semi cultural a medida que se se aprende y practica.
  2. La inteligencia se estructura y desarrolla por medio de todo tipo de interacciones con el mundo, incluyendo la comunicación humana, tanto lingüística como no lingüística; por tanto el lenguaje desempeña un pape importante – pero no único- en la perfección del pensamiento.
  3. El mundo (y la mente) está ordenado en función de sus propios códigos y el orden linguistico refleja y condensa ese orden.
  4. Cuanto más se permita al mundo revelarse e instruirnos ( sin la interferencia del ego o las opiniones), mejor reconoceremos nuestro lugar en el interrelacionado mundo de la naturaleza.
  5. La buena escritura es lenguaje “salvaje”.

Dogen, el filósofo budista zen del siglo XII, lo expresó del siguiente modo: “imponer tu propia experiencia al mundo fenomenológico es una ilusión. Cuando el mundo fenomenológico se muestra y experimenta a sí mismo es iluminación”. Ver un chochín en un arbusto, llamarlo “chochín” y continuar caminando es – creyéndote importante- no haber visto nada. Ver un ave, pararte, observar, sentir, olvidarte de ti mismo por un momento permanecer entre la penumbra del arbusto, quizás entonces sentir “ chochín”, eso es haberse fundido en un instante mayor con el mundo.

Del mismo modo, en la practica de la escritura lúdica el ojo de la mente vaga contemplando paisajes y escenas, reviviendo sucesos, escuchando y soñando al mismo tiempo. La mente puede estar reviviendo un momento pasado en este mismo instante, con lo cual es difícil decir si está en el pasado o en algún otro presente. Mentalmente nos movemos como en un gran territorio, y volvemos de él con unos cuantos huesos, frutos o semillas que conservamos como lenguaje. Escribimos al dictado de ritmos distantes, aunque profundamente escuchados, saliendo de una fructífera oscuridad, de un momento sin juicio u objeto. El lenguaje es una parte de nuestro cuerpo y está entretejido con el ver, sentir, tocar y soñar de toda la mente, tanto como localizado en un “centro del lenguaje”. Lleno de los sentidos como en:

¡Sabrina hermosa

escucha ahí donde te sientas

bajo la ola fresca y transparente!

¡Deja los bellos lirios, suelta las azucenas

Con que tejes guirnaldas y cadenas

Para adornar tu frente y tus cabellos!

Escúchanos en nombre del honor

Diosa que presides el lago de plata

¡oyennos grata, dannos favor!

                                                Milton Comus

Fría claridad, diosa fluida, olas y flores plateadas. Se debe confiar en los escasamente visibles trazos del mundo. No necesitamos organizar el mal llamado caos. La disciplina y la libertad no son opuestas. Nos hacemos libres con la práctica que nos permite dominar la necesidad, y nos hacemos disciplinados por nuestra libre elección de asumir esa destreza. Vamos más allá de “dominar” una situación al convertirnos en amigos de la “necesidad”, y así no ser – como hubiera dicho Camus- ni víctima ni verdugo. Solo una persona jugando en el territorio del mundo.

Ensayo publicado en La mente Salvaje, Ardora ediciones: Madrid, 2016.


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