Su cabeza era un cajón repleto con los restos de las intenciones y los fragmentos de lo que todavía estaba por llegar. Las composiciones largas estaban llenas de desechos de las anteriores y cada vez que avanzaba más hacia una pieza única que contendría todo lo que había escrito antes. Luego estaba la fantasía sexual de su autobiografía, no tanto un libro como un enorme cajón donde almacenaba cientos de páginas con anotaciones para seleccionar, editar y ordenar más adelante, un montón de compost de prosa. Cada par de semanas descargaba otra palada de capítulos y los dejaba fermentar hasta quedar reducidos a proporciones manejables. Escucharlo era como leer un libro impreso en manteca derretida, los puntos se resbalaban hacia la mitad de una frase, las palabras patinaban unas con otras. Por eso el libro estaba embarrullándose: no conseguía que las palabras se quedaran quietas en la página.

Creía que con la música podía decirse todo, pero todavía quería decir más. Retaba al público desde el escenario, escribía carta tras carta –a revistas de jazz, el Ministerio de Trabajo estadounidense, a Malcom X, al FBI y a Charles de Gaulle- y mandaba notas amenazadoras a los críticos: “Nadie puede cantar mi blues, solo yo, igual que nadie podría gritar por ti si decido partirte la boca. Así que no te me acerques en la vida”. Exigió en televisión que una comisión del Senado investigara porqué tantos músicos negros habían terminado en la indigencia. Aseguraba que unos gángsters lo perseguían y advertía a otros de que los matarían otros gángsters amigos suyos. Decía lo que se le cantaba porque en su opinión no tenía nada que callar. La gente preguntaba –en voz baja- quién carajo se creía que era. La respuesta era sencilla: se creía Charles Mingus. El uniquísimo Charles Mingus.

Luchaba en todos los frentes que podía para liberarse de las garras de la sociedad estatal de participaciones llamada Estados Unidos. Quería ser dueño de los medios de producción, de su producción. Armó su propia discográfica y organizó una alternativa rebelde al festival oficial de Newport (recorrió la ciudad en auto con un megáfono tratando de captar asistentes como si les pidiera el voto para Mingus). Quería un club propio; un local donde pudiera tocar música de baile; una ecuela de m´´usica, artes y gimnasia. Nunca quedaba satisfecho. Convencido de que le estaban robando hasta la camisa, decidió vender sus discos solo por correo… y casi lo procesan por robar a los demás: los clientes mandaban los cheques, esperaban unos discos que nunca llegaban y luego escribían preguntando qué pasaba, sumándose al caos de las Empresas Charles Mingus. No estaba hecho para ser un emprededor: era la clase de hombre que cuando atendía el teléfono volcaba la taza de café de la mesa dentro de un cajón abierto, con lo que se aseguraba no solo de destruir los documentos que contuviera el cajón, sino de que lo primero que escuchara el que llamaba no fuera una voz amable diciendo “hola, ¿en qué ´puedo ayudarlo?”, sino a Mingus chillando: “¡Mierda! Hablar por teléfono le abría el apetito, de modo que negociaba con la boca llena de comida, llevando regularmente una mano al paquete de papas fritas y embutiéndose algunas más entre las fauces repletas, cubriendo el auricular de migas y haciendo que la conversación, como una radio mal sintonizada, a menudo se perdiera entre interferencias masticadas. De todas maneras, lo esencial de lo que estaba diciendo quedaba perfectamente claro: para Mingus negociar equivalía a bramar: “Blanco de mierda, será mejor que andes concuidado porque la vas a pasar mal” antes de aplastar el teléfono al colgar. A los pocos segundos volvía a descolgar, y como oía un quejido moribundo en lugar del tono de línea que quería, estampaba el teléfono contra una pared, gruñendo con satisfacción pasajera.

Destrozaba las cosas tan rápido como las acumulaba. Por todo Nueva York quedaban restos de cosas que había roto y cuyo valor se multiplicaba por estar medio en ruinas. Una noche en el Vanguard exigió que Max Gordon le pagara en el acto. No había dinero, así que Mingus tuvo que conformarse con amenazarlo con una navaja y romper unas cuantas botellas contra el suelo como un políciía de la época de la prohibición ante un cargamento de licor ilegal. Mientras buscaba algo más que romper, atravesó una lámpara con el puño. La llamaron la lámpara Mingus y la dejaron tal cual, como curiosidad para los turistas. Era el rey Midas de la destrucción: todo lo que destrozaba se convertía en leyenda.

Fragmento de Pero hermoso. Un libro sobre jazz de Geoff Dyer


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