18

 

—Bárbara —dijo Mingus un domingo de agosto por la tarde, antes de que su segundo hijo, Eugene, hubiera empezado a caminar—, busca a alguien que se quede con el pequeño y viste a Charles. Tengo una sesión en Billy Berg’s esta tarde y os voy a llevar a los dos.

—Bah, cielo, es demasiado pequeño para que le guste algo así.

—No es verdad y quiero pedirle a él su opinión. Tengo que llamar a Buddy Collette…  Hola, ¿Buddy? ¿Puedes actuar hoy en Billy Berg’s? Es tu oportunidad de enseñarme lo que me contabas sobre la boquilla pequeña y la lengüeta blanda Merle Johnson, porque Charlie Parker va a estar allí con su viejo yo desafinado, como tú dices… Síii, le escuché con las cuerdas. Me sonaba como si estuvieran desafinadas y Bird fuera arrastrando las notas, tocando jazz sin prestar atención a esos hijoputas pagados de más… ¡y no había un solo intérprete negro de violín en la sesión! Venga, quiero ver cómo lo interrumpes e inicias tu solo, cómo lo cortas, para que los músicos empiecen a hablar de ti, porque sé que si tocas como cuando eras un crío, con pelotas, Buddy, eso es lo que va a pasar. Hasta luego, Buddy.

—¡Papá, papá!

—Eh, chico. Mamá y tú os venís conmigo a escuchar un poco de música. Hoy quiero que me des tu opinión. Te acuerdas, de todos los discos que estuve poniéndote, ¿no? ¿Te acuerdas de Buddy?

—Sí, papá.

—¿Te gusta Duke Ellington?

—Sí, papá. ¡Duke! ¡Duke!

—No necesitas saber más. Cuando hoy me veas en el escenario tocando con Buddy y Bird… ese es Charlie Parker, el que lleva un instrumento como el de Buddy… tú te levantas y te pones al lado del que te guste tanto como Duke Ellington.

—Bien, papá.

—¿Lista, Bárbara?

—Ya voy.

—Ahora, damas y caballeros, la última actuación de esta tarde. Stan  Levy, batería,  del  grupo de Dizzy Gillespie. Dodo Marmarosa, piano. Lucky Thompson,  saxo tenor.

—¿Quién es, Buddy?

—Un tipo de Basie.

—Buddy Collette, saxo alto. Charles Parker, también un caballero del grupo de Dizzy. Y Charles Mingus al bajo. Y saluden todos, por favor, a Miles Davis; Miles acaba de llegar de Nueva York. Venga, todos… ¡Miles Davis!… ¡Denle una auténtica bienvenida californiana!

—Bueno, Bird. Algo que conozcan todos.

—¿«Billy’s Bounce»?

—No la conozco, Bird.

—Es solo el blues en fa, Buddy, venga… cuatro compases para ti solo, Dodo… Sopla, Miles.

—Ya he soplado, hijoputa. Ahí lo tienes, mamón. Sopla, Lucky.

—Miles, ¿por qué tiene tantos humos?… Suena como un Don Byas por debajo del tono.

—¿Qué ha sido eso, bajista paleto? ¡Para y sígueme un rato!

—Mantén el compás, Lucky, antes de que empiece a responderte el solo.

—¿Qué? ¡Fíjate en ese tío! ¿Con un bajo? Venga, quiero oírlo.

—Apártate y no acapares el micrófono, cabezota, así no te sentirás tan cortado. Te voy a imitar. Dodo, Stan, volved al lema. Despacio.

—¡Yujuuu! ¡Este hijoputa sabe tocar! ¿Y cómo era esa coletilla que añadiste a mi solo?

Kiddle lid.

—¿Cómo hostias sacas ese sonido como si estuvieras riéndote o hablando?

—Bird, ¿has oído a este paleto?

—Síii, Lucky, ¿lo has oído tú? Del mismo modo que nosotros hacíamos da ooh da, bajando en progresión cromática de tu do a do sostenido a si a do natural, de si bemol a si natural, etcétera. Simplemente le añadió un cuarto de tono glissando, y le puso el alma.

—La otra noche escuché a un tío tocando el bajo como solía hacerlo Adolphus Allbrook. Se supone que no se puede, pero lo hacen.

—Bird, ¿me tomas el pelo? Es la segunda vez que oigo hablar de Adolphus Allbrook. Jimmy Blanton me contó que se hacía una púa de madera con una mano, seguía tocando con la otra, terminaba su púa y tocaba la guitarra con ella de verdad.

—Todo un genio, Mingus.

—Seguro que me gustaría conocerlo.

—Síii, un tío grande. También es científico: es especialista en física. Enseña judo 0a la policía. Consiguió dominar el arpa en dos años.

—¿Cuándo vais a parar de hablar y poneros a tocar, hijoputas, en vez de dejar a Dodo y a Stan haciéndose pajas por ahí solos?

—Miles, eres tan vulgar.

—Quiero oír soplar a Bird y no tanta conversación gilipollas.

—Pues vamos. Uno, dos, uno, dos, tres, cuatro.

—Síii, Bird. ¡Toca, pequeño! ¡Dale, hombre!

—¡Bravo!

—Damas y caballeros, ¿van ustedes a callarse y escuchar a este hijoputa?

—¡Miles! Cuidado, hombre. No puedes decir eso.

—Mierda, tío, tapo el micrófono en lo de «hijoputa». ¿Os acordáis de cuando Monk llamó por el micrófono siete veces hijoputa al dueño del club en Detroit porque no tenía un piano en condiciones?

—Pero lo tuvo a la noche siguiente. Si lo hubiera llamado «señor»,  habría seguido con el mismo trasto viejo.

—¿Quién es este Buddy Collette, Mingus?

—Mi mejor amigo. Antes tocaba de verdad, pero los blancos lo acojonaron y palideció por dentro. Le gusta sonar blanco. Pero es capaz de leer cagaditas de mosca esparcidas en un matamoscas.

—Eso no es jazz.

—Pues díselo a él, Lucky.

—Voy a hacerlo. Primero le voy a dar un poco de lo suyo.

—No lo intentes, Lucky, te vas a desangrar. Todos los del estudio lo intentaron. Toca la flauta, el clarinete, todo… como los blancos dicen que hay que tocar y con algo más de cuerpo.

—Un tío que se llama Paul Desmond, en Frisco, toca así. ¿Lo has oído?

—¿Quién es ese niño agarrado a los pantalones de Bird?

—Ese es mi hijo.

—¡Duke Ellington, papá! ¡Duke Ellington, papá!

—¿Qué está diciendo?

—Me está diciendo que le mola Bird. Mira a Bird, se sonríe de oreja a oreja. Es una persona extraordinaria.

—¡Sigue, Dodo! ¡Tío, ese desteñido sí que toca bien! Y ese batería, también. ¿Cómo se llama?

—Stan Levy. Es judío. Ya sabes que esos chicos judíos tienen muy buena onda…y fuera.

—Fuera. Acaba.

—¡Bravo!¡Síii!

—¿Qué tal «April in Paris», Bird?

—Claro, claro.

—¡Ming, escucha!

—¡Dioos! Suena como millones de almas encerradas en ese instrumento cochambroso que tiene. Celofán, gomas y chicle, y dicen que canta. ¡Jo! ¡Canta, Bird! El no hace más que sujetarlo y escuchar cómo canta.

—Mira, tiene a tu niño en trance. No puede ni moverse.

—¡Chisss, Lucky! Ya lo he escuchado. Es el tío que he estallo escuchando en sueños.

—Vamos a dar unas caladas fuera, Mingus.

—Me pregunto si Buddy seguirá creyendo que las boquillas Merle Johnson dan un sonido más potente. Algún profesor le ha ido diciendo que los negros no sacan sonidos potentes con las boquillas abiertas.

—¡Jo, jo, Mingus! Que cuesta esfuerzo, querrán decir. Trabajo. No les gusta sudar. Los blancos no se quedan a gusto hasta que le han quitado todo el elemento humano. Como Bird… después de haber llegado hasta aquí le ofrecen instrumentos de mecanismo blando. Él dice: «¿Para  qué? Ya es demasiado tarde». Le gusta trabajar. Toca una vieja Conn, con una boquilla abierta del treinta. Recuerdo que un chico le dijo a Bird que había oído que los negros usaban boquillas trucadas para hacer las cosas más fáciles. Bird abrió su estuche y dijo: «Venga, prueba esta Berg Larsen, hijo». El chico la puso en su trompeta y sopló. ¡Ja! Solo salió aire. Se le puso la cara encarnada y morada. No sacó un solo sonido. Bird dijo: «Tráela, vamos a ver qué le pasa. Oh, la lengüeta es demasiado blanda». Sacó una moneda de cincuenta centavos y sujetó la lengüeta contra ella y quemó el borde con un mechero… la quemó casi hasta la base. Después la probó. «Suena estupendamente —dijo Bird—. Un poco blanda aún, pero servirá.» Si ese chico hubiera probado a tocar con una lengüeta  tan  dura  se  habría  desmayado o  muerto  antes  de  conseguir que  sonara.  ¿Sabes quién era? Un chico llamado Lee Konitz. Pregúntale cuando te lo encuentres si alguna vez vas a Nueva York… Bien, ¿quieres tocar con mi banda, Mingus?

—No. ¿Quieres tocar con mi trío, Lucky?

—¡Jo, jo! Mingus, si nadie ha oído hablar de ti.

—Estoy contento, hombre. Por eso me hago tres billetes a la semana en casa, en la alegre y soleada California.

—¿Tres? ¿Con quién estás?

—Nosotros. «Pick, Plank and Plunk.» Yo, Lucius Lañe y Harry Hopewell.

—¿Lañe?

—Guitarra. El mejor.

—¿Ah, sí? ¿Has oído hablar de Barney Kessel?

—Sí, y Kessel de Lañe. Lucky, ¿por qué Miles y tú no ensayáis con nosotros? Quizá podríamos asociarnos. Tenemos un repertorio difícil. Muchos trompetistas no pueden con él. Cari George dice que le da problemas. Dice que hay demasiado movimiento.

—¿Has oído a Diz?

—Solo en discos con Bird. Suena como si le enrollara Bartók. Pero al carajo esas gilipolleces,  Lucky. Ven a tocar algo de nuestra sencilla y anónima música negra de la Costa Oeste. Ensayamos mañana en el local de Britt Woodman. Ahora está con Boyd Rayburn. Algunos de los músicos decían que ningún negro iba a poder tocar las partes de trombón y, mira por dónde, yo soy el tío que le ha conseguido a Britt una audición.

—Pero Boyd es un tipo serio de verdad.

—Síii, pero yo no puedo aguantar que me miren por encima del hombro. Y Harry Babson estaba detrás, echándome el aliento encima, así que jodí la música de Boyd. Pero le dije a Boyd que ya que necesitaba un trombón le diera a Britt una oportunidad y no juzgara a todos los negros a partir de mí.

—¿Quieres que entremos a escuchar a Ray Brown?

—Si ese es el chico que está con Diz, lo escuché la otra noche en la radio… toca a Pettiford bastante bien, pero no sé lo que podría hacer por su cuenta con toda esa técnica. Sé cuándo un músico utiliza todavía trucos manidos con el bajo. Bill Hadnot, uno de los mayores bajistas del mundo, y puede que nunca llegue a oírsele, me llamó para confirmar si yo estaba tocando con Bird y Diz. Encendí la radio y ¡bam!: allí estaba yo, al menos del modo  en  que  tocaba  hacia el treinta  y nueve. Al final resultó ser Ray. Pero Ray sigue demasiado de cerca las ideas de Oscar. Él piensa para el bajo, y no debería hacerlo. Hay que pensar en notas, sonidos que oyes, lo mismo que un instrumento de viento. Si hay un tío que sabe tararear buenas ideas me quedo con eso. ¿Has escuchado alguna vez un sonido de alto como el de Bird?

—Ni siquiera a Buster Smith.

—Bueno, espera y verás si el sonido de Bird no se convierte más o menos en el modelo  para el alto, en todo el mundo, para cualquiera que lo oiga… Lucky, mejor me voy. Tengo que llevar a mi mujer y a mi hijo a casa y luego ir al Venice para el bolo.

—Vale, Mingus. Ya hablaremos de formar un grupo un día de estos. Hasta pronto.

—Bárbara, ¿estás lista?

—Sí, si consigues que Charles deje de meter la cara en el alto de Bird.

—¡Eh, chico! Vamos.

—¡Bird, papá! Duke Ellington. ¡Bird! ¡Bird!

—Síii, ya lo sé, hijo. Bird es realmente otra cosa.
Mingus, Charles. Menos que un perro. Memorias. Mondadori, 2000.


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