¿y también habrán cantos en los tiempos oscuros?

sí, se cantará acerca de los tiempos oscuros

Brecht

Recuerdo una noche durante la guerra de Vietnam. Había regresado a casa, tarde, luego de una fiesta, y encendí el televisor en un canal donde pasaban un resumen de los combates de ese día. Me había desvestido y estaba dando sorbos a una cerveza cuando mostraron un helicóptero ametrallando a unas personas que corrían — supuestamente eran del Vietcong—. Uno podía ver cómo saltaban los cuerpos y se retorcían al ser alcanzados por los disparos. De pronto me di cuenta de que esas imágenes habían sido grabadas unas cuantas horas antes, que las estaba viendo en mi recámara, que estaba cansado y somnoliento, que las cobijas se habían caído y habían dejado al descubierto la desnudez de mi esposa.

Recuerdo haberme quedado de pie durante un largo, larguísimo rato, sin saber qué hacer conmigo, sintiendo la extrañeza, la monstruosidad de mi situación.

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Si no fuese por la invención de la fotografía y del cine, quizá seguiríamos pensando la historia desde la perspectiva de la pintura del siglo XIX y de los carteles revolucionarios soviéticos. Allí uno ve a las masas idealizadas y a sus heroicos e idealizados líderes conduciéndolas  con el pecho desnudo y las banderas desplegadas, a través del sangriento campo de la batalla. El joven agonizante en brazos de su resuelto camarada tiene la mirada semivelada del visionario. Sabemos que ha atisbado el futuro de la humanidad, y que le parece bueno. Desafortunadamente para todos los involucrados la gente empezó a tomar fotografías. Recuerdo por ejemplo, una fotografía en blanco y negro de una niña muy pequeña corriendo hacia la cámara en una calle en la que se ven edificios derrumbandose entre las llamas del bombardeo. El humo y las llamas están a punto de devorarla. Lleva puesto un vestido de fiesta, tal vez un vestido para una fiesta de cumpleaños. Y no sabemos con exactitud dónde ni cuándo fue tomada esa fotografía.

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Comienza a preocupar el que tal vez historia no sea la palabra que mejor convenga al caso, que más bien me refiera a la presión de la realidad en el poeta contemporáneo, a la manera en que las tragedias cotidianas del mundo nos son traídas cada mañana y cada noche. Los crudos hechos de la historia se nos brindan con tal detalle y tan poco tiempo después de que han sucedido que nos convierten en voyeurs, en mirones de la cámara de la muerte. Por un lado, tenemos la multiplicación de imágenes de sufrimiento y atrocidades y, por el otro la irrealidad que acarrean a nuestras vidas con la sospecha concomitante de que el sufrimiento carece de sentido. Que de hecho en ese mismo momento ya lo estamos olvidando, que mañana llegará con sufrimientos nuevecitos. En todo caso, ni la historia ni la ideología, ni la psicología con todas sus explicaciones, hacen más fácil soportar el horror de esas imágenes.

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Somos los huérfanos de las ideologías. Todos los que han hecho la historia en este siglo en nuestro nombre, creían que la matanza de inocentes era válida por el bien del futuro. Nuestro salvajismo se distingue de los siglos anteriores en que matamos casi exclusivamente para probar alguna teoría de la historia. La idea es que debemos ser despiadados por el bien de la felicidad futura. El problema es que siempre alguien se interpone en el camino, alguien que rehúsa aceptar lo inevitable. Los más altos ideales han justificado la construcción de los patíbulos y colonias penales para confinar a esa gente. Vivimos bajo la sombra de tales mataderos intelectuales. El poeta que olvida eso vive un paraíso de tontos.

Lo que experimentamos es la irracionalidad de la historia. Ya no el Dios de la guerra, el musculoso Marte y sus semejantes, sino la máquina, sus ruedas que muelen inexorablemente. “La historia existe porque tiene que mantenerse como acción”, dice un historiador. Olimpia, la heroína del Marqués de Sade, sentencia proféticamente: “Nerón, el incendiario, es mi modelo: también a mi me gustaría asomar al balcón, con una lira en la mano, y ver, mientras canto, cómo mi tierra nativa se convierte en una pira para mis compatriotas”. Ése es el sentir que se advierte en el aire de esta época. Sin esa experiencia ningún poema realmente importante puede tener sentido, o existir siquiera. Paz dice: “El lenguaje que nutre el poema no es, después de todo, sino historia, el nombre de esto o de aquello, referencia y significado… Sin historia —sin hombres, que son el origen, la sustancia y la meta de la historia— el poema no podría nacer ni encarnar, y sin el poema tampoco habría historia, porque no habría origen ni comienzo”

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Al igual que cualquier otra persona, el poeta es parte de la historia, pero debe ser una parte consciente. Eso es lo ideal. Eso es lo que escuchamos en Brecht, en Ingebord Bachmann, en Milosz, en el poema “Drum Taps” de Whitman, Una de las líneas más escalofriantes de la poesía del siglo XX es de Salvatore Quasimodo. Habla del “negro aullido de la madre que ha ido a buscar a su hijo, crucificado en un poste de telégrafos…” Me parece que se trata de una imagen exacta. Me gusta más que un poema como “la furia del bombardeo aéreo” de Richard Eberhart. El mismo horror habita ambos poemas pero no la furia de la imaginación que nos trae esa pobre madre. Asimismo  el asunto del silencio y la indiferencia de Dios ante nuestro sufrimiento, abordado en el poema de Erberhart, carece de la inmediatez y desolación de esta típica crucifixión del siglo XX. Como dice Witkiewic, el dramaturgo polaco: “Qué son las ideas, después de todo, ante el horror de lo inmediato”.

Si la historia, como nos llega a través de los historiadores, retiene, analiza y relaciona acontecimientos significativos, los poetas, en contraste, insisten en los hechos sin importancia de la historia. En vez de la “distancia del historiador quiero experimentar la vulnerabilidad de aquellos que intervienen en sucesos trágicos. En otras palabras, mejor que a Homero, tomo a Safo por modelo. El tiempo de ella, que es el momento —por siempre irreversible—, contra el tiempo de él: el tiempo sagrado, el tiempo del mito. Comenzando con el insomnio de Safo, existe toda una tradición del poema que dice “existo” frente a todas las abstracciones del cosmos y la historia, un poema lleno de un apasionado deseo de exactitud por el aquí y el ahora con su milagrosa presencia. No hablo de confesión. La mejor poesía de ese tipo es notable por la ausencia de ego. Las “historias” mas confiables son contadas por pronombres en primera persona que permanecen subordinados, incluso anónimos. La historia enseña humildad. Mis malestares físicos y espirituales no son nada en comparación con los de aquellos que esta noche sufren prisión y tortura en distintas partes del mundo.

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En realidad, mi tema es la poesía en tiempos de locura. Allá afuera hay gente que tiene los medios para asesinarnos a mi y a todos los que amo sin previa advertencia. Todos estamos en la fila de ejecución. Cada día, cuando leo los periódicos y miro la televisión me angustia la posibilidad de que no llegue nuestro indulto, que nuestra situación sea terriblemente incierta, ambigua y poco envidiables. No digo “seria”, porque también hay algo de risible en nuestro predicamento. Se debe a lo listos que somos, a lo listos que son todos esos niños genio que tanto admiramos. Quiero que la poesía refleje toda esta variedad de contradicciones. Por lo tanto me asombra ver que en la mayor parte de la poesía contemporánea la historia no existe. Uno puede leer literalmente cientos de páginas de poesía contemporánea sin encontrar un solo aspecto significativo de nuestra vida en este siglo. Los poetas escriben acerca de la naturaleza y acerca de ellos mismos de la manera más solipsista, pero no escriben acerca de sus verdugos.

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Después de que todo ha sido dicho y hecho, me quedo sin comprender nada acerca del mundo. Tengo solamente presentimientos, temibles, de que el futuro traerá más crímenes y ninguna utopía. Solo veo, escucho y siento. Pensando no llego a ninguna parte. Soy como la iguana de William Stafford “En el sitio de pruebas de la bomba nuclear”:

Al mediodía, en el desierto, una sofocada iguana

aguardaba la llegada de la historia, tensas las patas.

Mirando hacia una curva de la carretera,

como si algo pudiese ocurrir.

Miraba más allá de lo que la gente alcanza a ver:

una escena importante representada en piedra

para pequeños entes

en el pliegue final de las consecuencias.

Había tan solo un continente, casi vacío,

bajo un cielo absolutamente indiferente.

Dispuestas al cambio, las patas aguardaban.

Las garras aferradas al suelo del desierto.

Tal vez el destino de la persona que no ve lo suficientemente lejos, o que tiene miedo de mirar más allá, sea sobrevaluar lo que tiene más cerca. En otras palabras, pertenezco cabalmente a mi época y a las contradicciones de esta época. Para el griego Protágoras, la verdad era el desecamiento de lo que está presente. Por ahora, el poeta solo puede hacer eso. Uno debe, a pesar de todo, dar testimonio fiel de nuestro predicamento, de manera que pueda escribirse una verdadera historia de nuestro tiempo.

El flautista en el pozo, Charles Simic, ediciones cal y arena: 2011


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