“Orfeo de Conceiçao” es una obra de teatro escrita por Vinicius de Moraes en 1954 y musicalizada por Antonio Carlos Jobim. La obra adapta el mito de Orfeo a las favelas de Río de Janeiro durante el Carnaval. Estrenada el 25 de septiembre de 1956, en Río de Janeiro, llegó a ser uno de los acontecimientos de más repercusión en la vida cultural de la ciudad. El éxito de su adaptación al cine, Orfeo Negro (1959), de coproducción brasileña, italiana y francesa, permitió que la cultura brasileña enriqueciera el imaginario mundial.

A continuación presentamos un fragmento sobre el encuentro que gestó la obra original.


Si todas las grandes ideas que surgen en torno a una botella de whisky llegaran vivas hasta la última gota, la Casa Villarino, en la esquina de las avenidas Calógeras y Presidente Wilson, en el entonces seguro, potable y civilizado Centro de Río, debería ser declarada patrimonio nacional. Allí, en la década de 1950, una intrépida jauría de bohemios planeó los mejores programas de radio, los poemas definitivos, las obras teatrales que harían babear a la posteridad, los más conmovedores sambas-canciones, la deposición de algunos presidentes y, con o sin motivo justificado, la demolición de las reputaciones más impecables. Lo cierto es que tales cosas sólo sucedían en la imaginación de los parroquianos; pero no porque carecieran de talento para llevarlas a cabo, sino porque preferían seguir bebiendo en vez de poner en práctica sus planes. Parece increíble que Orfeu da Conceição [Orfeo de la Concepción], el inicio de la colaboración entre Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, naciese en el Villarino.

Las redacciones de los periódicos, las editoriales, las compañías de discos, el Ministerio de Educación, el de Asuntos Exteriores y Radio Nacional, que eran los principales empleadores de aquellos bohemios, quedaban todos relativamente cerca del Villarino. Esto les facilitaba fichar a diario y cumplir el agónico horario de cinco y media de la tarde a nueve de la noche, antes de comenzar de verdad sus trabajos, obviamente, en la madrugada de Copacabana. […] Los habituales eran el poeta y cronista Paulo Mendes Campos, los periodistas Antônio Maria, Sergio Porto, Lúcio Rangel e Irineu Garcia, los compositores Ary Barroso, Haroldo Barbosa, Fernando Lobo, Paulo Soledade y Dorival Caymmi, y las cantantes Dolores Duran y Aracy de Almeida: todos aparentemente empeñados en una conspiración por convertir las Highlands en un arenal. Pero, para que no se pudiera negar que el ambiente del Villarino era sobrio, había también clientes esporádicos que hasta bebían poco según el patrón vigente, como el poeta Carlos Drummond de Andrade, el músico Heitor Villa-Lobos y los diplomáticos Mário Dias Costa y —¡sorpresa!— Vinicius de Moraes.

Solía decirse, con exageración evidente, que de las mesas del Villarino se podía salir con el montaje de un musical brasileño prácticamente ultimado, incluyendo libreto, canciones, decorados, carteles y, por supuesto, las críticas —a favor y en contra—, antes del estreno. Fue más o menos lo que se dice que ocurrió, en 1956, con Orfeu da Conceição.

Reza la historia oficial que, al final de una tarde de aquel mes de mayo, el poeta y diplomático Vinicius de Moraes —recién llegado de París, donde había pasado tres años sometido a sus dulces obligaciones de vicecónsul brasileño— buscaba un colaborador para que compusiera la música de la tragedia griega transformada por él en una tragedia negra, ambientada en el carnaval carioca. Algo del estilo de Una cabaña en el cielo, un musical de Broadway que Hollywood había llevado al cine. El libreto, en versos, lo había traído Vinicius casi acabado de París. Faltaban las canciones, a las que él les pondría las letras. Pero el compositor que quería Vinicius no podía ser cualquiera. Tenía que ser alguien moderno. Su primera opción había sido el pianista y compositor Vadico, llamado en realidad Oswaldo Gogliano, autor junto a Noel Rosa de «Feitiço da Vila», «Feitio de oração» y «Conversa de botequim», así como de otros sambas anteriores a 1934. Podría parecer extraño —aunque a nadie se lo pareció— que, si buscaba a alguien moderno, Vinicius le propusiese matrimonio musical a un hombre de cuarenta y seis años como Vadico, cuyos últimos éxitos eran de hacía veinte. Pero Vinicius no veía en ello impedimento alguno: las armonías de Vadico, entonces arreglista en Radio Mayrink Veiga, eran todavía tan modernas que le provocaban sudores fríos a Sílvio Caldas, alérgico a las novedades en el samba. Pero Vadico, inesperadamente, habría rechazado la oferta de Vinicius, por «no considerarse a la altura». (Extraña excusa, si se tiene en cuenta su larga experiencia como arreglista en Hollywood durante la década de 1940 y como director de la orquesta que había acompañado a la bailarina Katherine Dunham en una gira por Europa en 1949). Pero el caso es que Vadico dijo que no, y Vinicius necesitaba un colaborador para Orfeu. Entonces, siempre según la versión oficial —repetidamente divulgada por Aloysio de Oliveira, que no se encontraba allí—, el poeta habría ido a buscar a ese colaborador en el Villarino. Y allí, pidiéndoles consejo a unos y a otros, Vinicius habría escuchado de boca de Lúcio Rangel el nombre de Antonio Carlos Jobim. Quien, casualmente, se encontraba dos mesas más allá, «tomando una cervecita» y pendiente de que alguien fuera a la Zona Sur en coche para irse con él. Rangel los habría presentado, y Tom, mostrando su interés, se habría atrevido a preguntar:

—Pero ¿habrá algún dinerillo para eso? Pregunta, por cierto, más que procedente, ya que su trabajo diurno, ahora en la Odeon —andaba día y noche portando un maletín con el instrumental necesario para hacerle arreglos instantáneos a quien fuese—, aún no lo librara del todo de las madrugadas. Pero Lúcio Rangel, sin entenderlo así, habría reaccionado indignado:

—Pero ¡cómo hablas de dinero ante una proposición así! ¡Tom, éste es el poeta Vinicius de Moraes! (Por lo visto, ante una proposición de Vinicius uno debería trabajar gratis). Pero en fin, Tom se habría encogido de hombros, azoradísimo; y con la aceptación de Vinicius habría quedado inaugurada la fabulosa colaboración entre ambos.

Bossa Nova. La historia y las historias, 2008, editorial Turner.


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