Introducción

 

Francamente, estaba bastante sorprendido cuando el Sr. Spicer me pidió que escribiera una introducción para este volumen. Mi reacción frente al manuscrito que me envió (y frente a la serie de cartas que son ahora parte de él) fue y es fundamentalmente de indiferencia. Me parece la pérdida de un talento considerable en algo que no vale la pena llevarse a cabo. En cualquier caso he sido apartado de todo contacto con la poesía por los últimos veinte años. Puede que la generación más joven de poetas vea con placer el desempeño del Sr. Spicer en lo que a mí me parece una tarea difícil e infructuosa.

Se debe dejar claro desde el principio que estos poemas no son traducciones. Incluso en la más literal de ellas el Sr. Spicer parece obtener placer al agregar o sustituir una o dos palabras que cambian completamente el tono y, a menudo, el significado del poema tal como yo lo escribí. Con mayor frecuencia, toma uno de mis poemas y le agrega a una de sus mitades una mitad propia, dándole más bien la apariencia de un centauro esquivo. (La modestia me prohíbe especular sobre cuál extremo del animal es mío.) Finalmente hay una igual cantidad de poemas que yo no escribí (uno supone que deben ser suyos) ejecutados como una caprichosa imitación de mi primer estilo. El lector no recibe indicación alguna sobre cuál poema corresponde a cuál categoría, y yo he complicado aún más el problema (con alevosía debo admitir) enviándole al Sr. Spicer muchos poemas escritos después de mi muerte, los cuales él también ha traducido e incluido aquí. Incluso el más fiel erudito de mi obra tendrá problemas en decidir qué es y qué no es García Lorca, como de hecho los tendría si tuviese que buscar mi tumba. La analogía es grosera, pero me temo que es una grosería merecida.

Las cartas son otro problema. Cuando el Sr. Spicer empezó a enviármelas, hace unos meses, reconocí inmediatamente una “carta programática”— aquella que un poeta le escribe a otro no en un esfuerzo para comunicarse con él, sino del mismo modo en que un joven le susurra sus secretos a un espantapájaros, sabiendo que su novia escucha a la distancia. La novia en este caso puede ser una Musa, pero el espantapájaros a pesar de ello se siente ofendido por las confidencias, naturalmente. El lector, sin estar invitado a esta singular cita, puede divertirse con lo que alcance a escuchar.

Los muertos son notoriamente difíciles de satisfacer. La mezcla del Sr. Spicer puede que plazca a su audiencia contemporánea o puede que, y esto es más probable, lo lleve a escribir mejor su propia poesía. Pero mientras examino esta curiosa amalgama, me acuerdo con fuerza de una caricatura publicada en una revista estadounidense mientras estaba de visita en tú país, en Nueva York. La caricatura mostraba una lápida en la cual estaban escritas las siguientes palabras: “AQUÍ YACE UN OFICIAL Y UN CABALLERO.” La leyenda abajo decía: “Me pregunto, ¿cómo terminaron enterrados en la misma tumba?”

 

                                                                                                                 Federico García Lorca
Afueras de Granada, Octubre de 1957

                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

 

Balada de la niñita que inventó el universo

                                                                          Una traducción para George Stanley

Flor de jazmín y toro degollado.

Una vereda infinita. Mapa. Sala. Arpa. Alba.

La niña finge un toro de jazmines

y el toro es un sangriento crepúsculo que brama.

 

Si el cielo pudiera ser niño pequeñito

Los jazmines podrían tomarse la mitad de la noche

Y el toro su propio circo azul

Con su corazón a los pies de una pequeña columna.

 

Pero el cielo es un elefante

Y los jazmines son agua sin sangre

Y la niña es un ramo de flores nocturnas

Perdidas en una vereda ancha y oscura.

 

Entre el jazmín y el toro

O los garfios de las dormidas personas de mármol o

En el jazmín, nubes y un elefante—

El esqueleto de una niñita gira.

 

Debussy

                       Una traducción para la Universidad de Redland 

Mi sombra va silenciosa

Sobre el agua de la zanja.

 

Por mi sombra están las ranas

Privadas de  las estrellas.

 

La sombra demanda de mi cuerpo

Imágenes inmóviles.

 

Mi sombra roza el agua como un enorme

Mosquito violeta.

 

Cien grillos intentan extraer oro

De la luz entre los juncos.

 

Nace una luz en mi corazón

Sobre la zanja, reflejado.

 

Rana

            Una traducción para Graham Mackintosh

Como todas las novelas que he leído

Mi mente se dirige a un clímax

Y un clímax es un chapoteo en el tranque

   i             i              i

Boong.   Boong.   Boong.

Y tu corazón está lleno de agua

Y tu nariz respira con dificultad.

Recuerda

Qué negros eran esos pinos que el incendio quemó.

Todo ese bosque negro. Y el ruido

(Chapoteo)

De una sola aguja verde.

 

Querido Lorca,

 

Me gustaría hacer poemas a partir de objetos reales. Que el limón sea un limón que el lector pueda cortar, exprimir o saborear, un limón real del mismo modo en que un periódico en un collage es un periódico real. Me gustaría que la luna en mis poemas fuese una luna real, una que pueda ser de pronto cubierta por una nube que nada tenga que ver con el poema, una luna completamente independiente de imágenes. La imaginación representa lo real. A mí me gustaría señalar lo real, revelarlo, y hacer así un poema que no tenga más sonido que el de un dedo al señalar.

Ambos hemos intentado ser independientes de las imágenes (tú desde un principio, y yo solo cuando crecí lo suficiente como para cansarme del intento de conectar las cosas entre sí), hacer las cosas visibles en vez de hacer representaciones de ellas (phantasia non imaginari). Qué fácil resulta en las meditaciones eróticas o en la sincera imaginación de un sueño inventar a un hermoso muchacho. Qué difícil tomar a un muchacho en bata azul, al cual he mirado tan casualmente como si mirase un árbol, y hacerlo visible en un poema del mismo modo en que un árbol es visible, no como una imagen o una representación sino como algo vivo, atrapado para siempre en la estructura de las palabras. Lunas vivas, limones vivos, muchachos vivos en batas azules. El poema es un collage de lo real.

Pero las cosas se descomponen, argumenta la razón. Las cosas reales se convierten en desperdicio. El pedazo de limón que plasmaste en la tela empieza a enmohecerse, el periódico da cuenta de sucesos increíblemente antiguos en jergas ya olvidadas, el muchacho se convierte en abuelo. Sí, pero el desperdicio de lo real todavía logra entrar en el mundo contingente haciendo visibles, a su vez, a sus objetos: el limón convoca al limón, el periódico al periódico, el muchacho al muchacho. En tanto las cosas se descomponen sus equivalentes emergen siendo.

Las cosas no se conectan; se corresponden. Es eso lo que hace posible que un poeta traduzca objetos reales y los haga surgir a través del lenguaje con tanta facilidad como los puede hacer surgir a través del tiempo. Ese árbol que viste en España yo jamás podría haberlo visto en California, ese limón tiene un olor  y un sabor diferentes. Pero es esta la explicación—cualquier lugar y tiempo tienen un objeto real que se corresponde con tú objeto real—: ese limón puede convertirse en este limón, o incluso puede convertirse en este pedazo de alga, o el específico color gris de este océano. Uno no necesita imaginar el limón, necesita descubrirlo. Incluso estas cartas. Ellas se corresponden con algo (no sé qué) que tú has escrito (quizás de una forma tan poco evidente como la correspondencia entre ese limón y este pedazo de alga) y, a su vez, algún futuro poeta escribirá algo que corresponderá con ellas. Así es como los hombres muertos nos escribimos.

 

                                                                                                          Con amor,

                                                                                                                                     Jack

 

Narciso

     Una traducción para Richard Rummond

 

Niño,

Cómo aún caes a los ríos

 

En el fondo hay una rosa

Y en la rosa hay otro río.

 

Mira ese pájaro. Mira

Ese pájaro amarillo.

 

Se me han caído los ojos

Dentro del agua

 

Dios mío,

¡Cómo se resbalan! ¡Muchacho!

 

Y en la rosa estoy yo mismo.

 

Cuando estaba perdido en el agua yo
Comprendí pero no te explicaré.

 

Viernes 13

                                                     Una traducción para Will Holther

En la base de la garganta una pequeña máquina

Que nos permite decir cualquier cosa.

Bajo ella hay alfombras

De color rojo, azul y verde.

Yo digo que la carne no es pasto.

Es una casa vacía

En la cual no hay nada

Excepto una pequeña máquina

Y grandes, oscuras alfombras.

 

Radar

 

    Una postdata para Marianne Moore

Nadie sabe exactamente

Exactamente cómo las nubes lucen en el cielo

O la forma de las montañas debajo de ellas

O la dirección en la que nadan los peces.

Nadie sabe exactamente.

El ojo está celoso de todo lo que se mueve

Y el corazón

Está muy lejos enterrado en la arena

Para notarlo.

 

Emprenden un viaje

Esas criaturas del azul profundo

Atravesándonos como si fuesen luz solar

Mira

Esas aletas, esos ojos cerrados

Admirando cada la última gota del océano.

 

Gateé angustiado hacia la cama aquella noche

No fui capaz de tocar sus dedos. Mira el chapoteo

Del agua

El ruidoso movimiento de la nube

La presión de las montañas jorobadas

En el profundo abismo de la arena.


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