Propongo discutir sobre un grupo cuya única salvación radica en la lucha de toda la humanidad por la libertad y la integridad individual; quienes han sufrido, en la sociedad moderna, persecución, exclusión; y cuyos intelectuales, sus miembros más organizados, han estado dispuestos a desertar de esa lucha primordial, para suplicar, de ser necesaria cualquier tipo de prostitución, privilegios para sí mismos, aunque sean efímeros; quienes han estado dispuestos no a luchar por el auto-reconocimiento, sino a vender su producto, a convertir sus sentimientos más profundos en curiosidades y sentimentalismos comercializables.

Aunque en conversaciones privadas, en cada mesa, en cada consejo editorial, uno sabe que gran parte del arte moderno ha sido perpetuado por lo que se considera un culto homosexual; aunque críticos hostiles han abierto fuego en un ataque a veces tan colérico como el ataque de los senadores Sureños contra los “negros”. A pesar de ello los críticos que eventualmente podrían ver lo homosexual con un ojo más humano parecen coincidir en que es mejor que no se diga nada. Presionados hasta cierto punto, podrían, como en el caso de un homosexual tan innegable como Hart Crane, afirmar que fue grande a pesar de su “perversión”* (tal como mi madre solía decir lo mucho mejor poeta que Poe hubiese sido de no haberse drogado) o bien, donde sea posible, podrían intentar negar el rol de lo homosexual en el arte moderno, defendiendo la buena reputación del arte moderna contra cualquier reputación maligna de la homosexualidad.

(* Los críticos de Crane, por ejemplo, consideran que su homosexualidad es la causa de su incapacidad de adaptarse a la sociedad. Otra escuela cree que esta incapacidad para adaptarse a la sociedad causa homosexualidad. Lo que parece bastante obvio es que el esfuerzo de Crane por comunicar su sentir interior, su deber como poeta, lo llevó a un conflicto con la opinión pública. Bien pudo haber ajustado sus deseos homosexuales a los parámetros de la sociedad, como muchos han hecho al “vivir una mentira” y evadir cualquier referencia explícita en su trabajo.)

Pero uno no puede, en vista de la aproximación tomada por los homosexuales hacia su propio problema, situar cualquier tipo de denuncia crítica sobre el cuerpo liberal de críticos por haber evadido el problema. Porque hay Negros que se han unido abiertamente a la lucha por la libertad humana, dejando en claro que su lucha contra el racismo es parte de la lucha por todos; porque hay Judíos que no han buscado privilegio o reconocimiento especial para sí mismos como Judíos, sino que han luchado por los derechos humanos, pero en la escena homosexual de la América moderna ningún homosexual ha estado dispuesto a hacer suya la búsqueda de un frente por la libertad humana. Casi coincidente con la primera declaración por los derechos homosexuales fue el crecimiento de un culto de la superioridad homosexual por sobre los valores heterosexuales; la creación de un lenguaje secreto, el camp, un tono y un vocabulario que están cargados de desprecio hacia los no iniciados.

Afuera del gueto la palabra “goy” desaparece, titubea y disminuye en el vocabulario Judío en tanto se hace parte de una comunidad más grande. Pero en las que uno podría considerar los más radicales, los más iluminados círculos “queer”, la palabra “jam” permanece, designando a todos quienes no son conocedores de las maneras homosexuales, repleta de una inquebrantable hostilidad y miedo, aunando una increíble fuerza de exclusión y ceguera. Es difícil (por toda la simpatía que puedo reunir) decir que este culto no juega más que un rol malvado en la sociedad.

Pero los nombres no pueden ser nombrados. Hay críticas cuya cínica, alevosa broma sobre su audiencia no es otra que esta secreta referencial especial; hay poetas cuya nostálgica imagen de mérito, sensibilidad y mágica cualidad no es otra que este “sexto sentido” intermediario; Hay nuevo líderes de culto cuya especial divinidad cuya sobrenatural y visionaria

Para hacer esto han tenido que cubrir con misterio, opacar el trabajo de todos aquellos que han visto la homosexualidad como una de las muchas formas  que el amor humano puede tomar  y quienes  han tenido en su mente como prioridad mientras escribían (Melville, Prousr, or Carne had) la humanidad y su liberación. Para esos grandes pioneros artistas su humanidad era la fuente, la única fuente, de su trabajo. Así en En busca del tiempo perdido, Charlus no es visto como la desintegración especial de un homosexual sino como la desintegración de un ser humano, y las fuerzas que lo llevan a esa desintegración, la fuerza del orgullo, la auto humillación en el amor, celos, no son fuerzas especiales sino que comunes a todos los hombres y mujeres.  De este modo en Melville, aunque en Billy Budd está claro que el conflicto es homosexual, las fuerzas que generan el conflicto, la culpa en la pasión, la hostilidad emergiendo de fuentes inconscientes, y el reconocimiento repentino de esas fuerzas cuando se trata de Vere en esa historia — esas son fuerzas universales, que emergen en otros contextos, que en la obra de Melville han emergido en otros contextos.

Es, sin embargo, el cuerpo de Crane el que ha sido más destrozado por esos demonios modernos y, una vez destrozado, engreídamente atrapado en la luz mística de su especial literatura de cementerio. El cuerpo vivo de Crane está ahí, inviolado en la obra; pero en la pantalla de la poesía moderna, en muchos críticos especialistas e interesados dedicados, es una momia pintada de un profundo verde mar. Uno podría pasar de puntillas, como los visitantes de la tumba de Lenin pasan de puntillas, y, una vez afuera, encontrarse en un mundo en su nombre que celebra la derrota de todo a lo que él fue devoto. Solo basta señalar en todo el imaginario homosexual de Crane, en el anhelo y la visión del amor, la ausencia de la sensibilidad de lo privada que permea tanta de la escritura moderna. Donde los Zionistas de la homosexualidad han reclamado su propia Palestina — afirmando en sus miserias su nacionalidad; el sufrimiento de Crane, su rebelión y su amor son para él las fuentes de su poesía, no porque lo haga distinto de sus semejantes, sino porque vio en eso su vínculo con la humanidad; vio en eso su parte en la experiencia humana universal.

¿Qué puede hacer uno frente a esto, tanto críticos y artistas, no homosexuales, que están, sin embargo, preocupados principalmente por disipar todas las inhumanidades, todas las fuerzas de la convención y del derecho que impone la tiranía sobre la naturaleza del hombre, y esos críticos y artistas que, como homosexuales, deben enfrentar en sus propias vidas la hostilidad de la sociedad en la que son “queer” y la hostilidad de la elite homosexual en la que son meramente humanos?

Para el primer grupo el punto de partida es claro, deben reconocer a los homosexuales como iguales, y, como iguales , permitirles ni más ni menos de lo que se les permite a cualquier ser humano. No hay derechos especiales. Para el segundo grupo el punto de partida es más difícil, el problema es más traicionero.

Frente a la hostilidad de la sociedad en la cual me arriesgo incluso al hacer un reconocimiento de ella explícito  en esta declaración, frente  al “crimen” de mis propios sentimientos, en el pasado yo publiqué esos sentimientos de forma privada y no defendí públicamente  su reconocimiento pero traté de venderlos disfrazados, por ejemplo, como conflictos emergiendo de fuentes místicas. Coloreé y pervertí emociones y aprendizajes simples y directos arrastrándolos a un reino misterioso, a una relación misteriosa con la sociedad. Enfrentado por la inhumanidad de la sociedad no busqué la solución en la humanidad pero me volví hacia una segunda sociedad marginal tan inhumana como la primera. Me uní a aquellos que, aunque permitían mi naturaleza sexual, permitieron muy poco de  la direccion moral, sensata y creativa que todos los seres vivos debieran reflejar. Ellos ofrecieron una familia, escandalosa  como era, una comunidad en la que uno no era condenado por su homosexualidad, pero era necesario deshacerte  de la humanidad propia, por la cual uno sería sospechoso, “out of key”. En los salones  y en las pequeñas revistas yo celebré el culto con sentido de santuario casi como un judío medieval lo debe haber encontrado en el ghetto; mi voz ajustándose, lo que habla de la rendición frente al esnobismo y a la remoción de una especie común. Mi poesía exponiendo los objetos como  divinos y tiránicos como la iglesia católica ha hecho con los huesos de santos y el pan y el vino tiránicos.

Luego de una tarde en uno de esos salones donde  la atmósfera era de sugestión y celebración, volví de nuevo a experimentar la réplica, el desolado sentimiento de incorrección , recordando en mi propia voz y gestos la práctica de la indiferencia. Solo, no solo yo, pero, sentí que, quienes como yo se habían mostrado tan burlescos, sintiéndose tan superiores, conocieron, aún conocían, esas emociones atribuladas, el profundo e integral anhelo que nosotros como humanos sentimos, manteniéndonos lejos de acciones arcaicas por el poderoso sentido de la humanidad que es su fuente, anhelos que nos llevan al amor, para imaginar una vida creativa. “Hacia algo lejano”,” como escribió Hart Crane, “ ahora más lejano que nunca.”

Entre esos que deberían entender esas emociones que la sociedad condena, uno descubrió que el lenguaje de grupo no permitió ningún sentimiento en absoluto que no sea burlarse de uno mismo, esta “gaiety” ( es significativo que la palabra de los homosexuales para los de su tipo es “gay”), una ola surgiendo adelante, explotando en risa y luego retrocediendo, dejando una estela de desilusión, una incredulidad que se extiendo al propio ser, a la vida misma. ¿A qué entonces, desechando este camino, uno puede volverse?

Creo que se puede afirmar como punto de partida que una sola devoción  puede ser sostenida por un ser humano que busca una  vida y expresión creativas, y esa es una devoción a la libertad humana, a la liberación de amor humano, conflictos humanos, aspiraciones humanas. Para hacer eso uno debe renunciar a todos los grupos especiales (naciones, iglesias, género, razas) que reclamarían lealtad. Para mantener esta devoción toda palabra escrita, toda palabra hablada, toda acción, todo objetivo debe ser examinado y considerado. Los viejos temores, las viejas especialidades estarán ahí, burlándose y tentando; las viejas asociaciones paternalistas estarán ahí, ofreciendo una rendición de la propia felicidad humana frente a la propia y especial naturaleza y valor. Siempre se debe reconocer que los otros, esos que han rendido su humanidad, no son menos que uno mismo. Se debe recordad siempre que la propia honestidad, la propia batalla contra la inhumanidad de su propio grupo (sea contra el patriotismo, contra el fanatismo, contra — en este caso especial— el culto homosexual) es una batalla que no puede ser ganada en la escena inmediata. Las fuerzas de la inhumanidad son sobrecogedoras, pero solo la oposición continua puede hacer otro orden posible, dará una fuerza adicional para todos aquellos que desean libertad e igualdad para romper por fin los grilletes que parecen tan inquebrantables.


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