En diciembre de 1970, Rodolfo Walsh viajó a Chile como corresponsal de la revista Panorama para escribir una serie de notas en las que registra los primeros días del recién asumido presidente Salvador Allende, y sus esfuerzos por nacionalizar el cobre. En marzo de 1971, viajó una vez más y escribió Chile: la carrera contra el reloj electoral, en el que analiza la creciente amenaza al gobierno de Allende, y avanzaba como el fuego el sabotaje económico, pavimentando el camino para el brutal golpe de Estado de Pinochet.


CHILE: LA CARRERA CONTRA EL RELOJ ELECTORAL

El ritmo incansable de un bombo presidía el avance de las columnas que marcharon por la Alameda, pero el retrato del Che Guevara se multiplicaba en los cartelones. Más tarde las consignas se volverían agresivas (“Momio, escucha / ándate a la ch…”); por ahora se limitaban a exaltar la unidad de la izquierda, que por medio del Partido Socialista realizaba su primer acto de masas desde que conquistó el gobierno, esa parte del poder. Mientras Salvador Allende hablaba –sin corbata–, dos manchas oscuras empezaron a derramarse inadvertidas por la cúpula del estadio Chile. No habían terminado los aplausos cuando una de esas manchas se resolvió en llama anaranjada que lamía perezosamente el cielo raso. La muchedumbre advirtió el peligro y permaneció quieta, en orden, mientras los organizadores coreaban por los altavoces una marcha partidaria, que creció. Una nube de polvo, una cascada de escombros, un panel entero se precipitaron sobre el escenario desde quince metros de altura. Entre ellos, agitando vertiginosamente los brazos, iba un hombre joven, integrante de las Brigadas Elmo Catalán del PS, que había subido para apagar el fuego.

El choque de su cuerpo contra el piso sonó como un morterazo: milagrosamente no se mató. “Ocho mil personas”, tronó entonces el senador Altamirano, presidente del PS, “acaban de presenciar este sabotaje de la reacción”. Al día siguiente funcionarios de investigaciones confirmaron esa intuición: el incendio no era accidental.

El episodio que presenció el enviado de Panorama el domingo 14 ilustra el grado de pasión que domina la escena política chilena. En las últimas semanas han caído fragorosamente los puentes que ligaban al gobierno y la oposición. A la oposición no le parece bien nada de lo que hace la Unidad Popular y a la UP no le gusta nada de lo que dice la oposición. Tal como pronosticó Panorama en diciembre, es la democracia cristiana y no la vieja derecha conservadora la que encabeza la ofensiva contra el gobierno, en una carrera contra reloj cuyo deadline son las elecciones municipales del 4 de abril. El Partido Nacional, alessandrista, no discute ya ese liderazgo.

El periodismo chileno, célebre por su mordacidad, convierte esa discordia en un cotidiano show. Una abrumadora libertad de prensa permite motejar de enano al adversario que no mida más de 1 metro 60 o reprochar al aliado indeciso “los piojos que el trato carnal prohibido con el marxismo les ha endilgado”, como dice la revista Sepa refiriéndose a la “izquierda” DC. Esa agresión baja a los letreros de los muros, donde “Hija de Ladrón” no es ya el título aproximado de una novela famosa, sino el mote que se inflige a Carmen Frei, hija del ex presidente y candidata a regidora por Santiago.

Trepa a la TV, al congreso, donde ministros y senadores se saludan de “hipócritas”, de “miserables” o de “mentirosos”. Un escándalo con CÍA incluida, donde navega un clan de misteriosos yugoeslavos, agrega un toque 007 a una sensibilidad ya magullada por el asesinato del general Schneider.

Todo este alarde se diluye probablemente sobre una masa silenciosa que cree en lo que ve. Las calles de Santiago siguen pobladas en el fresco verano chileno por un animado gentío. La diversión de los ricos burbujea intacta en las playas del Pacífico y las pistas de esquí de la cordillera, y para los que no pueden salir de vacaciones las boltes y los teatros postulan tal o cual “preciosura”, cuyas “presitas están bastante bien distribuidas a lo largo de su cuerpecito”, según documenta canónicamente el diario demócratacristiano La Prensa, mientras Puro Chile, comunista, se extasía ante tal “monumento de hembra”. “En abril, alzas mil”, pronostica un semanario, pero el aumento del 35 por ciento de los salarios apenas ha sido rozado en los dos primeros meses de 1971 por un dos por ciento de alza en el costo de la vida, la tasa más baja en muchos años. Los negocios exhiben vidrieras llenas con precios congelados, medio litro diario de leche sigue llegando a los niños menores de 15 años, y quinientos mil pares de zapatos serán distribuidos en las poblaciones más humildes.

MIRAD LOS INDIOS DEL CAMPO

La conquista del desierto emprendida en 1881 por el ejército chileno fue más benigna que la que un año antes completó en la Argentina el general Roca. Debido a eso, sobreviven principalmente en las provincias del sur más de medio millón de indios mapuches. Con sus tierras, los conquistadores blancos hicieron una “reforma agraria” menos contemplativa que la que teorizó la democracia cristiana y está llevando a cabo Salvador Allende. A cada mapuche se le permitió conservar seis hectáreas y media. Aun esos minúsculos predios fueron reducidos por compra, corrimiento de cercas (alambrados) u ocupación forzosa.

Cuando en 1961 se dictó una ley prohibiendo enajenar tierras de indios, ya era tarde. Actualmente, cada indio posee apenas un tercio de hectárea, que es la definición de su miseria. Movilizados por una enérgica propaganda de la izquierda, y sobre todo del MIR, los mapuches de Cautín creyeron llegada su hora con el triunfo de Unidad Popular. Alrededor de un centenar de ocupaciones se produjeron antes de que el gobierno concretara todas las expropiaciones prometidas. Aunque la cifra era ínfima, la oposición agigantó esos episodios y airados propietarios exigieron la intervención de los carabineros. Cuando el gobernador (intendente) de Lautaro, el comunista Fernando Teillier, se negó a uno de esos requerimientos, el congreso ordenó su desafuero, con los votos del PN y la DC. Era el precio que pagaba la UP por la expropiación de ochocientas mil hectáreas consumada entre diciembre y febrero.

También el MIR pagó su precio. El miércoles 10 David Toro, dirigente de “pobladores” que el año pasado dirigió ocupaciones en villas de emergencia, fue reconocido en la calle por carabineros. “Vacilaron al verme con un revólver”, relata Toro, “pero les dije mi nombre y que nadie iba a salir herido. Sólo les rogué que no me trataran con violencia. Cumplieron, no me golpearon”. Pero lo llevaron detenido.

Por un curioso olvido, su nombre no figuraba en la lista de dirigentes del MIR amnistiados por el gobierno.

COBRE QUE NO HAS DE VENDER

Apenas elegido presidente Salvador Allende circularon versiones de que podría intentarse una baja artificial en el precio del cobre, principal exportación chilena. En diciembre el gobierno creyó encontrarse precisamente ante esa maniobra, cuando un yugoeslavo, Zvorimir Medovic, propuso a la Corporación del Cobre (CODELCO) la compra de novecientas mil toneladas en nombre de firmas europeas. La operación en sí era imposible ya que Chile produce setecientas mil toneladas anuales, y la producción del año estaba vendida. Poco después llegaba una carta de la compañía norteamericana Vickers-Forster reclamando por la falta de noticias sobre una venta similar comprometida por Medovic en nombre del gobierno chileno, a un precio inferior en 11 dólares por tonelada al del mercado mundial. CODELCO respondió que Medovic y su socio, el mexicano Kado Morillo, eran impostores, y que no había cobre para vender. En una carta pública al ministro de Minería, Orlando Cantuarias, Allende denunció la maniobra, que inmediatamente fue calificada por la prensa de izquierda como “un complot de la CÍA”.

Entretanto habían llegado a Chile otros “compradores de cobre”, atraídos por una modesta oferta de venta de nueve mil toneladas hecha por la Empresa Nacional de Minería, pero sus vinculaciones con Medovic los condujeron finalmente a la cárcel. El 9 de marzo el diario comunista El Siglo publica un informe confidencial de procedencia norteamericana, donde uno de esos comerciantes, Howard Edwards, es retratado precisamente como un agente de la CÍA y uno de los invasores de Bahía Cochinos. Con sorprendente rapidez el Miami Herald argumenta que Howard Edwards no es un espía sino un simple estafador, que redactó él mismo ese informe. La Prensa reproduce la desmentida.

El miércoles 10 el senador Narciso Irureta, líder de la democracia cristiana, lanza una bomba en el Senado: según él, no se trata de un complot sino de una estafa en que funcionarios de la UP “habrían sugerido a los interesados aportar a la campaña electoral de abril una suma equivalente a 2 dólares por tonelada”. Los fuegos se concentran en Jaime Faivovich, fiscal de CODELCO, y en el propio Cantuarias, pero rozan, inclusive, al presidente Allende a través de un sobrino mencionado en la denuncia. Réplica oficial de Allende: “Se trata de una maniobra farisaica impropia de un senador y presidente de la Democracia Cristiana”. Réplica de Cantuarias: “Irureta es poco varonil, irresponsable y mentiroso”. Réplica de Faivovich: “Este es el primer paso de la mafia del cobre“.

¿AL FREÍR SERÁ EL REÍR?

La estrategia opositora fue delineada por el senador Raúl Morales Adriasola (radical democrático) en el banquete que se le hizo después que la Suprema Corte de Justicia revocó el fallo de un tribunal inferior que disponía su desafuero como “cabecilla de la conspiración” que culminó en el asesinato del general Schneider. Se trataba –dijo Morales– de acusar constitucionalmente a un funcionario tras otro, hasta llegar al propio presidente.

La única víctima de esa escalada ha sido hasta ahora el gobernador de Lautaro, pero ya hubo una acusación contra el ministro de Justicia, hay otra pendiente contra el ministro de Trabajo, y una tercera posible contra el ministro de Minería.

Lo más notable quizá es que la punta de lanza de esa ofensiva sea la democracia cristiana, que salió tercera en las elecciones de setiembre, y no el PN, que arañó la presidencia. La conjetura se ahonda si se recuerda que el programa de Unidad Popular que está realizando Allende tiene muchos puntos de contacto con el de la DC, y que ambos difieren abismalmente de las propuestas de la derecha. Por último, el fervor antigubernista de la DC parece exceder las necesidades de una simple elección municipal, como la de abril, y no es nada seguro que sus constantes denuncias y su obstruccionismo parlamentario acrecienten su caudal electoral. ¿Cuál es entonces su objetivo?

Los dirigentes de UP y los funcionarios del gobierno creen tener una respuesta. Conjura, sedición, conspiración: estas tres palabras repiquetean monótonamente en sus discursos y en las columnas de la prensa partidaria. Oficialmente nadie quiere ir más allá, pero algunos desarrollan en privado el hilo lógico de su argumento. Dentro de esta hipótesis, la DC derrotada en setiembre vuelve a considerarse alternativa de poder, y no para dentro de seis años sino a corto plazo. El camino más corto entre esos dos puntos pasa por los cuarteles.

Aparentemente el gobierno demoró en advertir esa amenaza. La semana pasada el diario del PS (partido de Allende) criticó ese “error táctico”, reconociendo que la “oposición ha logrado crear un ambiente de intranquilidad social” y que “el gobierno aparece en una actitud defensiva que no le corresponde. Las fuerzas opositoras actúan como si ellas fueran gobierno”. Coincidentemente se improvisó el acto en el estadio Chile, donde Allende afirmó que “en pocos días más” iba a denunciar la conjura.

Si la estrategia de la oposición tiende a sacudir los cimientos del gobierno antes de la elección de abril, la estrategia de UP procura convertir esa elección en un plebiscito. Aunque los partidos que la componen presentan candidatos por separado, la suma de sus votos será la medida del respaldo al presidente Allende. Nadie, ni los mismos opositores, duda de que la UP aumentará su 33 por ciento de votos obtenidos en setiembre. En la medida en que los resultados de una elección siguen siendo importantes en Chile, se arriesgan algunos cálculos. Con menos del 40 por ciento de los sufragios, el gobierno seguiría expuesto al bombardeo opositor; del 40 al 45 por ciento, se consolidaría, y con más del 45 por ciento franquearía la barrera del sonido de los amagos golpistas, abriría las puertas a su proyecto de convertir el parlamento en cámara única, y en último caso lo disolvería por medio del plebiscito que prevé la Constitución. Sólo unos pocos optimistas se atreven a predecir, por otra parte, un “alud” del 50 al 60 por ciento de votos para la UP.

Esa es la única expectativa de la coalición gobernante. Si los votos de UP no sólo crecen, sino que lo hacen a expensas de la DC, en el seno del partido de Frei volverán a aflorar las divisiones apenas acalladas por disciplina partidaria en el proceso electoral. Sectores de derecha denuncian ya un presunto acuerdo con la izquierda DC, que después de las elecciones se incorporaría a los equipos de gobierno. Aunque la hipótesis es aventurada, una cosa es prácticamente segura: antes de los comicios de abril, el candidato demócrata cristiano derrotado en setiembre, Radomiro Tomic, hará una expresa declaración de apoyo a las medidas tomadas por Salvador Allende en sus primeros cuatro meses de gobierno.

(Publicado en la revista Panorama, Buenos Aires: 23/3/1971)


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