La última vez que fui a la feria volví a sentirme niño. Una amiga de mi viejo lo interceptó y se puso a conversar con él. Cuando los adultos hablaban tendía a quedarme callado, escuchando al principio la conversación ajena, los comentarios sobre lo que hacíamos mi hermana y yo, y después observaba alrededor aburrido de la exclusión. Ese silencio aumentaba la percepción de la mirada. Me perdía entre los colores y las escenas de los transeúntes. Eran pequeños instantes de espía. Ese estado hizo que una vez me fijara en el robo de unos desodorantes. Una pareja joven había puesto Rexona y Axe a la venta. Se notaba que eran estudiantes, pobres quizás, pero estudiantes. Un gordo se acercó a ellos tapando la vista y los que estaban atrás, presumiblemente sus hijos, tomaron rápidamente dos o tres “frascos”. Y con la verborrea propia de los timadores quería seguir el hurto, pero la estudiante se dio cuenta de la acción y se los quitó de encima. Esa viveza impidió que salieran con más mercancía, aun cuando se llevaron los productos. Conciencia de clase, pensé, eso ya no existe. Mientras no paraban de conversar y yo disminuido como un niño, enfermo además cómo estaba de la espalda, escuché por la radio de un feriante la noticia de un golpe de estado. No detecté si era en Brasil o Bolivia; el sonido chirriante aumentaba la tensión. Estos aparatos antiguos abundan en la feria. Desayuno de campeones, escuché de la conversación de los adultos. Y un pájaro que se vendía en una jaula no dejaba de saltar. Su silueta era hermosa. Pensé preguntar el precio, pero recordé el animalismo de mi hija. También me acordé de Kafka y su fobia a los animales pequeños, la pesadilla de que pudieran mirarnos a los ojos, descubriendo su violencia sin lenguaje; o que caminaran bajo los pies, a pesar de nuestra altura. No todo se trata de las dimensiones del más grande, pensé. Mi tío que andaba en sillas de ruedas cazaba pájaros. Su casa se encontraba llena de jaulas. Salía con escopeta y trampas a las cinco o seis de la mañana, junto con unos amigos vestidos para la ocasión. Al recordarlo resulta aterrador: un lisiado que necesita meter en jaulas pájaros que pueden volar y acaso defenderse en la naturaleza salvaje. De los nombres de los pájaros solo retengo dos: las catas y los canarios. Con el terremoto del 85, la enorme casa del tío se vino abajo. Quedó viviendo en una mediagua. Otra vez debía empezar de nuevo, otra vez en una jaula. Las pajareras se parecen a los maceteros: la inmovilidad contiene una belleza sin amenazas, y los colores de las flores y los pájaros muestran torsiones infinitas. A pesar de que sabía que no debía comprar el ave que estaba mirando, pregunté el precio. Para mi sorpresa, quien los vendía era el esposo de la amiga de mi viejo. No lo había reconocido; tampoco había comprendido que ella estaba allí en el puesto cuando la encontramos. Su esposo –creo que se llama Alberto o Alejandro, en todo caso comenzaba con una “A”− estaba mucho más flaco, y obviamente deteriorado por los años, aunque se notaba más avejentado debido a esa piel reseca que se encostra en las personas que trabajan bajo el sol.  Con un cigarro en la boca, se rió de mí. ¿Cómo está usted?, me preguntó. Como sucede a menudo en el campo, las personas mayores vuelcan el “Usted” a los menores –aunque los hayan conocido de niños− cuando saben que tienen una profesión o recursos. Su forma de fumar evidenciaba que aplacaba la sed del alcohol con cigarros o tenía simplemente una enfermedad. En ambos casos se trataba de una compulsión. La amiga de mi viejo hablaba rápido, de manera nerviosa, pero al parecer siempre fue así. Era la mamá de una ex compañera de colegio, cuyo nombre, extrañamente, tampoco recordaba. ¿Meche, Ceci? Algo así le decían. Por supuesto, al mencionarme su hija, su madre advertía que estaba muy bien, vacacionando en Salvador de Bahía o en Punta Cana, donde les gusta viajar actualmente a los chilenos. Se supone que yo debía contar cómo me había ido en la vida, ahora que estaba a punto de llegar a los 35. No supe qué decir. Solo atiné a mencionar que no me había casado. No sé por qué hice esto; no era un asunto que me importara especialmente. Quizás sentí la presión social de la mirada, la idea conservadora albergada en el ambiente de la feria de que uno debe cumplir con ciertos ritos; por ejemplo, salir a comprar las verduras en familia. Sentí merodear el aire del fracaso. Volví a quedarme callado, aunque no aparté la mirada del pájaro que revoleteaba de un lado al otro, y ahora más encima cantaba. El esposo comenzó a susurrarle algo incomprensible y le daba alpiste para picotear. “No puedo dedicarme a otra cosa”, dijo mirando a mi viejo. No había percibido que estaban conversando. “¿Por qué?” –preguntó mi padre-. “Ya sabes, las consecuencias del pasado”, contestó. Ahora sí tomé atención y asocié la vez que mi padre me comentó algo de él. En la población donde vivíamos, llegaba en camiones y con armas, vestido de civil o a veces de marino, exhibiendo las metralletas por el pasaje. De oficio cocinero, había integrado una policía secreta antes que se llamara DINA. Fue un llamado que se hizo a todos los que quisieran servir a la patria y ganar un poco más de dinero. Alberto (lo nombraré así por comodidad) había aceptado y desapareció por un tiempo. A la vuelta su condición de cocinero cambió. Su lugar de trabajo se trasladó de la playa Las Salinas a la calle Álvarez. El estatus laboral mejoró ostensiblemente; la situación económica le permitió lujos que antes no tenía. Pasados los años, se encontraba aquí, vendiendo en la feria con miedo a que lo vinieran a buscar. Ese terror, que antes era temeridad, se traslucía en la manera de atender a los clientes: a menudo los observaba desde el rincón como los pájaros que se protegen de la vista ajena. “¿Sigues tomando?”, espetó mi viejo sin dilaciones. La sonrisa se dibujó en el ex cocinero, y en vez de responderle a él, me miró con detención. No tengo idea qué quiso indicar esa contemplación, bulliciosa en su interior. Hasta que la interrumpió con un “¡qué grande está usted!, yo que lo conocí desde los tiempos que jugaba en el jardín”. No supe cómo responder; es extraño ver cuando en la otra persona la demora implica resignación. Sin decir nada, reanudé mis observaciones a las pajareras. Las tasé una a una y me entretuve con la belleza de las plumas esparcidas; por fin la cata había dejado de saltar y se detuvo en un rincón. ¿Qué sentirán estos animales cuando uno los mira? La vista nerviosa, el temor a ser tocado, el espacio delimitado, la obsesión por comer y reproducirse, a pesar de las condiciones de vida y el juego de la sobrevivencia entre cazar y ser atrapado. Al final decidí comprar uno de los pájaros y llevarme la jaula a casa.

 

Relato perteneciente al libro Corte de Escena. Pronto a publicarse por editorial Serifa.


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