La presente emisión  comienza con un fragmento de la novela “Puertas adentro” que se distribuyó mediante el particular formato de folletín por entrega semanal en Montevideo el año 1969 a través de  Editorial Arca. Dicha novela prácticamente desconocida en Chile ha sido publicada en la antología de Alfonso Alcalde “Algo que decir” de la Editorial Cuarto Propio y de la cual también extractamos fragmentos de sus crónicas “Gente de carne y hueso”, libro publicado por primera vez en Chile el año 1971 mediante Ediciones Valores Literarios Ltda. Y de su trabajo “Sacristía de los ángeles eróticos o 114 cuentecillos de mala muerte”, inédito hasta la publicación de la antología aquí revisada.

 


 

Fragmento de la novela: Puertas Adentro.

Entrega N°31

Donde Auristela, en un momento de arrebato sale a la calle dispuesta a regalar sus hijos que son carne de su carne y sangre de su sangre.

¿Por qué regalo sus hijos? Le preguntamos los reporteros a la salida de la cárcel esa mañana de invierno en que el mundo parecí raído y ella con su atado de ropa y unos vagos deseos de guardar sus manos que le sobran en alguna parte de la fotografía. Entonces contó su película, una historia de bandidos que ninguno de nosotros anoto porque titulamos: “mujer salvaje vende sus hijos al mejor postor”. La verdad es que no le dieron dinero pero a mí me sobraba un espacio para el subtítulo de primera plana y reemplace vende por regaló porque está comprobado que hay verbos que son más vendedores que otros y ella me miraba con cara de piedra pidiendo que la dejaran caminar libre a ninguna parte. Sólo quería avanzar con su atado y la seguimos y en la calle fuimos conversando: ella contesta “sí” y “no” porque había llegado con sus chiquillos donde unos parientes y le dieron con la puerta en las narices confirmando que sobraba en este mundo y por esta razón inicio su peregrinaje por la redacción de los diarios, tanto humo para ver llegar a este solido -vertical- abismante fantasma descalzo, que golpea las paredes de la tierra, que hirsuta el papel, que ladra sobre la tinta, mire de frente le dijo el fotógrafo y clic, casi sonrió; en el fondo de la amargura sentía que era como una madera que la estaba astillando cundo dijo con voz firme “!los regalo¡”, que se los llevan no más, que los eduquen, si es posible y como madre, dijo, reniego de ellos, del momento que los parí sola como una vaca en la colina y reniego de la luz del sol y del padre que los engendró y reniego de la lluvia y el mar y reniego de las estaciones de la tierra y de los seres humanos que la habitan y del pan también reniego y de mi parentela y de mis amigos y enemigos, y que me borren todo lo que tengo que seguir viendo porque no me interesa, que nadie se me ponga por delante y reniego de los ojos y del odio; solo quisiera estar de pie frente a unas rocas y echarme a volar encima del mar y reniego del mar y de la posibilidad de volar, que me corten la boca para comérmela mil veces y reniego, dijo a los reporteros, del momento en que mi padre puso los ojos en mi antes de nacer para engendrarme y el segundo de placer que paso por mí que se le convierta en brasa y se le queme el sexo, y reniego de mi nombre y de mi dirección y me pongan una cruz en todas las estadísticas oficiales porque andaba, andaba, andaba con mis tres hijos […]


De: Violeta Parra

Museo popular.

Regresa al sur y con el auspicio de la Universidad de Concepción funda el museo de arte popular. Es una época de búsqueda, difícil. Por las calles penquistas caminan los pequeños Isabel y Ángel. Aquí también sus hijos estudiaron una temporada. Cuando regresa a Santiago, la invitan a animar un almuerzo al Club de La Unión. Cuando termina la actuación, uno de los anfitriones le pide que pase a la cocina “a servirse alguna cosa”. Violeta tuvo uno de sus característicos arranques de ira. Vocifero como nunca, en un estallido de garabatos surtidos. Hasta se sacó un zapato para defenderse de que quienes intentaban hacerla callar. Pero la agresividad no era su mejor arma. En 1964 tomo su guitarra y partió a París en otro de sus gestos impulsivos. Arrendó una pequeña pieza y ante el pavor de los otros pasajeros iniciaba sus ensayos en plena madrugada. Después empezó a tejer tapices. Un día anuncio con natural modestia que iba a exponer sus trabajos en el Museo del Louvre. Un amigo recuerda el momento de la inauguración de la muestra de sus trabajos: “esa tarde estaba vestida con un sencillo traje negro, con el pelo suelto y la cara lavada como una campesina cualquiera de nuestra tierra. La sala estaba repleta de personalidades, coleccionistas de fama, autoridades y artistas. Sus tapices, sus pequeñas pinturas, sobre aspectos populares y unas estatuas de alambre muy interesantes, todo estaba en el imponente salón de Marsan, mientras en la sala de al lado se tocaban sus discos.       


Raquel Welch.

Los pocos que la conocen de cerca aseguran que tiene más carácter que belleza, más temple combativo que encantos, más seguridad para saltarse obstáculos que posibilidades de ser feliz. Y es probable que sea cierto. La vida la había arrinconado en un oscuro cuarto en San Diego, Estados Unidos. Se había resignado a ser madre soltera, a lavar pañales, preparar comida, leer fotonovelas usadas, criar niños, conversar con algunas amigas sobre temas intrascendentes. Tenía la resignación de las mujeres que miran pasar los días como una condena. A veces vislumbran la pequeña luz entre las tinieblas, pero luego la rutina las vuelve a envolver y regresar a su punto de origen sin pena ni gloria, ni entusiasmo. 


LA VOZ HUMANA NACIO ANTES QUE TODO

1 Cuando estaba en el útero, el hablante emitió el primer silbido: un síntoma de la palabra en germen, algo que hervía entre el fuego original en medio del desordenado producto de las circunstancias. Volcanes inescrupulosos, lavas borboteantes. El mundo en pañales.

2 Apenas vio la luz lanzó los primeros chorros de letras unidas en forma arbitraria y anárquica que se desparramaban como barro hirviente cuesta abajo por la caída de la saliva, entre los dientes.

3 La hablante no detuvo jamás el ejercicio de escuchar ni ser escuchada porque era una sola palabra compacta como una piedra cayendo en los abismos sin saber nada de nada como si se apoyara en los muros de la boca en una noche oscura llena de túneles sin eco, sin eco, como una aguja zurciendo con un hilo sin fin como un río que nunca llegaría al mar.

4 aún después de sepultada, los deudos al acercarse a su tumba podían distinguir no menos de 7667 sonidos que seguían escarbando debajo de la lengua de su polvo que continuaba moviéndose, borboteante mientras los otros concurrentes al cementerio estuvieran celebrando el día del culto a los muertos y sordos y mudos.    

  


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