“El árbol de la palabra” es una treintena de traducciones libres de esos poemas que, según Alcalde, más lo impresionaron. Las lenguas van desde el alemán hasta el aimara.  Puede entenderse menos como un momento de homenaje que como una reflexión sobre poesía y lengua. Alcalde aquí nos niega la ruptura, ya sea entre generaciones literarias o entre idiomas. La palabra sería como un árbol que, a pesar de las diversas ramas, mantiene un tronco común. La traducción sería un volver hacia la diversidad primigenia de las raíces, el modelo subterráneo para las ramas en el cielo. De allí la libertad de estas traducciones, fieles a las posibilidades que ese origen ofrece.

A continuación les presentamos cuatro poemas del libro, aunque apenas sirvan para dar una idea del alcance de lo que Alcalde se propuso: “Canción de amor de J. Alfred Prufrock”, de T. S. Eliot; “El hombre nace como un grito”, anónimo aimara; “Trece maneras de mirar un pájaro negro”, de Wallace Stevens; y “De cuando el hijo de nuestro príncipe murió en el momento de nacer”, de Matthias Claudius.


 

Canción de amor de J. Alfred Prufrock

  1.                                                                   T. S. Eliot

VEN conmigo
cuando la tarde cae otra vez al extremo de la noche
agregándole un nuevo número a la velocidad del cielo.

Recorramos juntos de la mano las calles desiertas
donde las parejas se incrustan, jadeantes
como los corales del mar y cuyos besos resplandecen
y al final de los rumores de un faro amarillo
señala el comienzo de la despedida
porque en esos sórdidos hoteles
suben dos y regresa uno solo.

Calles que son laberintos, donde nadie
encuentra a nadie y solo el sopor, los gritos
la buenaventura de los vendedores
alegra la fiesta, el tedio, la nada.

Mas el galán insiste, iniciando la pantomima
de siempre y cabeza abajo, solloza
implorando el diezmo para la continuidad de la especie
y ella, por fin, acepta el reto toda precavida
y sube silenciosa.

La niebla del momento carga sobre sus espaldas
el vaho de la estación y a través de los vidrios
vemos cómo se licúa el galán y su dama meliflua
y caen levemente picoteados por la nieve y el hollín.

Son parte de la ciudad y sus fragmentos se entremezclan
y cuando hablan, se diría que son humanos.
Su mutuo castigo tiene un destello propio
en la suave noche del invierno y por último la casa
que los envuelve cesa de latir
pero también los ampara para siempre.

No hay medida para valorar el paso del tiempo.
Pasan los días, eso es todo
y el hombre y la mujer se malgastan en sus juegos
donde cada rostro apenas si alcanza a tener otro repuesto
y el arte de asesinar llega a la cima perfecta
y la creación alcanza tales límites
que deja un margen para el trabajo, el hambre,
la duda, el terror y para centenares de
visiones que terminan siempre en el comienzo:
en la luz amarillenta del farol hotelero.
Y los murmullos de las mujeres aunque señalen
el virtuosismo de la acción, algún día subirán
también los peldaños, confirmando
que más vale tarde que nunca.

Y tendremos la valentía de preguntar
­­­–¿Seré yo el elegido? ¿El que cantará
al filo del peligro, alrededor de la polvorienta
vejez pagando tributo por su arrogancia?

El traje dominguero me defenderá, aún del
zarpazo de su temible corbata, todo el andamiaje
que permite saludar, mover su pañuelo en las
despedidas y procrear para defendernos del hielo
invernal.

Pero es la sabiduría la que pone una nota de ternura
en cada acción: la que tiene en sus manos
la inundación de la primavera, la precipitación de
los días, la altivez de las voces que andan  a ciegas
y a la deriva y las reúne para darse a entender:
eso será el retrato vivo de la virtud y hasta
de la modestia más altiva y persistente.

Otros aportan el alma para completar el cuadro
y el movimiento de las visiones toma un nuevo
derrotero: la fijación del delirio, el estallido
de la angustia cuando llegamos a tales extremos
en que el hombre apenas parpadea en el fondo
o en la trastienda de una imagen. Entonces la
temerosa acusación nos llena de espanto. Pero
es la verdad. Lo que otros llaman, perfección.

Nada teme el que patrocina la audacia del
pensamiento. Ni el vuelo suicida de su propio
impulso creador, ni la estabilidad de toda idea.

Entonces callamos. Y al incorporarnos al baile
caemos en la más pulcra quietud: la danza.
¿Y quién tira la primera piedra
por dónde comenzamos a devorar
el origen de nuestra hondura?

Confesaré que viví al otro lado de la ceniza.
Vengo de la trastienda del fuego, anudé
mi cabeza en tal forma que la más vaga sensación
busca el centro de gravedad en el cerebro
pero la verdad se escapa entre las redes, después
de tentarnos y ofuscarnos.

Lejos el mar silencioso no está solo. Nos llama
para hacernos jirones y parcharnos con el ritmo
de la eternidad.
La tarde sigue su curso como un pasajero
entrando en la distancia con irremediable
seguridad. No retrocederá un solo eslabón
y por último atrapa a la miserable pareja
y los envejece con el amor lanzándolos al abismo
en busca de alimentos para continuar el diálogo
las alabanzas, los mutuos errores, el fin.

¿Quién es el que sale victorioso en este doble
juego, cuando Lázaro después de llegar a la cúspide
vuelve a tomar el camino del regreso: polvo, decepción
llevándose consigo las respuestas que traía
del otro lado de su naufragio y que a nadie
interesan? Y por eso ni en su espejo se estaciona
fugazmente.

¿Valía la pena
resistir tantos inviernos y lluvias
penurias, desplazamientos, trizaduras
después de las horas pasadas exterminando al ser
más querido, doblándolo, tirando por la borda
sus innumerables deseos?

¿Era necesario conservar ese nombre, su dirección
final y la decantación de sus insobornables principios?

¿Cuál fue el último
de los deseos definitivos que nos quitó el sueño
para siempre?

En vano nos asomamos a la ventana.
Porque todo cuanto entrelazamos con la vista
no es sino un reflejo de nuestro olvido
y en esa frontera, en la mitad del camino,
nos confundimos. Son las tinieblas.

Y jamás seremos tan candorosos
como para recomendar el final del primer acto,
ni el desplazamiento de algún actor, en ningún escenario.
La doméstica sabiduría nos hace temerosos. Huye del
contraste, de la ira, de la repetición. Por eso
son necesarias las claudicaciones.
Fuimos coronados de medallas y humillaciones.
Somos efímeros inmortales y llevados por el poder
de la lengua terminaremos como los charlatanes
vendiendo pócimas en las esquinas.

Deslumbrados por la política y el juego estratégico
de los transeúntes un poco obtusos,
firmamos con el pulgar cualquier manifiesto
y hablamos hasta por los codos
sobre la fórmula feliz del amor, la poesía
y la estupidez y sus consecuencias.

La mano ya no riela, el sexo
encalla y los ojos se abren
porque necesitan la luz, no la imagen.

Yace la piel en el trasfondo del altar
y solo el mar parece tentarnos
con su altivo enjambre de preguntas
aguijonéandose el alma
ola tras ola como un latido.

¡Ilusos oidores! Hasta la espuma nos ha
marginado de la celebridad del agua. También su
reflejo se niega a devolvernos marchitos a nuestro asilo.
Solo las sirenas siguen llamando por piedad
invisibles, peinando su cabello de oro
recogiendo el mar negro que ya no vemos.

El océano se hará cargo de los huesos
y las más rápidas muchachas de la memoria
regresaran a bendecirnos y colocarán en nuestro féretro
las herramientas para el largo viaje
a lo mejor:
el silencio.

 

El hombre nace como un grito

                                                              Anónimo Aymará

El hombre nace como un grito
rugiendo crece entre las piedras
sin madre ni padre.
Es como el cóndor cuando alcanza
la espantosa cumbre
arañando las estrellas con su soledad
buscando en la nieve la perdida tibieza
familiar,
el derrotero
de los ríos y de su propia sangre,
hurgando el misterio
y el peligro de estremecer el aire con su fuga.
Temiendo que sus alas dejen de circular,
que su vuelo se endurezca de pronto
desconfiando del árbol que antaño lo cobijó
como un puerto
y lo dejó colgando para siempre en el viento
del invierno y de la muerte.

 

Trece maneras de mirar un pájaro negro

                                                            Wallace Stevens

  1. Todo se mueve en este mundo.
    El sol incrustado en la luna
    menos el ojo del pájaro negro.
  2. Y el pensamiento audaz, ilusorio
    el que rompe cadenas y fronteras
    queda enclaustrado en el pájaro negro.
  3. Y cuando gira el pájaro negro
    es el otoño que comienza su exterminio
    y ríos y hojas comparten el duelo.
  4. Y en la cópula más desesperada
    cuando el hombre y la mujer son un nudo.
    El pájaro negro oscila de lado a lado.
  5. Y lanzando a la búsqueda del infinito,
    regresa del otro lado de los ojos
    el pájaro negro, ciego pero inventado.
  6. Y la sombra que tiembla
    lleva también su sello tal como un hombre
    el esplendor de su nacimiento,
  7. Delgados habitantes, usureros
    del oro, de alas temibles.
    Sólo el pájaro negro hace vibrar
    los pies de mármol de sus mujeres.
  8. Y en el lenguaje más oscuro
    donde ni el fuego vacilaría en callar,
    ahí también el pájaro negro
    canta, misteriosamente.
  9. Y lanzado a la búsqueda del infinito,
    regresa del otro lado de los ojos
    el pájaro negro, ciego, pero inventando.
  10. Y ni siquiera el peligro de los colores
    logra persuadirlo en su porfía
    y mezclando barro y nieve
    el pájaro negro queda blanco.
  11. Y cruza las ciudades
    vestido de pasajero y en las
    entrañas de las maletas va el
    pájaro negro, anciano y lisiado.
  12. Y cuando el río se mueve
    es porque el pájaro negro lo va empujando
    como un niño un aro con su mano pequeña.
  13. Y cuando la tarde termina
    es porque el pájaro negro
    cansado de vagar
    recoge la luz en los brazos del cedro.

 

De cuando el hijo de nuestro príncipe murió en el momento de nacer

                                                                                      Matthias Claudius

Dan la orden de llorar
y empezamos ablandado el pequeño ataúd
hasta soltarlo de la tierra
para que cada lágrima navegue eternamente.

Se ha desprendido de sus raíces
y la muerte lo escucha
y aúlla su madre como una tempestad
retorciendo el dolor con angustia.

EL niño lleva en sus manos el primer rayo.
Detrás, otros iremos a detenernos.
Apoyando los días en el muro frontal,
sujetando el furor de la sangre iluminada.

Aunque vivió en el exilio del tiempo
ciego a todo imperio detenido
y su corona como las hojas, vaciló
crepitando rodeada de relámpagos.

El poder del magisterio fue dado a cada ciudadano
junto con el grito ecuánime de la justicia
con la pompa que enardece la luz.
La luz que sólo unos pocos reciben, desnudos.
Aún los que viven expuestos al sol
y a la cordura, gastándose sin prisa
vaciando los rostros, perdurables y frágiles
también hurgan la noche, viajan
detrás de las sombras, raspan las tinieblas
y en vano, a tientas, buscan la verdad profunda.

Y caminan embelesados
por el pavor de vivir como si de pronto
se vaciara también la muerte
en su quietud más urgente
para llegar otra vez a las raíces
donde el pequeño monarca asciende por sus frutos
y nos tienta con su transparente oferta.

Alfonso Alcalde conversando con el artista chileno José Venturelli.

Foto de Paz Venturelli


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