El poeta trabaja en una editorial jurídica de Nueva York. Su nombre es Charles Reznikoff, pertenece al grupo de los poetas objetivistas (Zukofsky, Oppen, Rakosi, entre otros) Ha empezado a trabajar con antiguos expedientes judiciales. Intenta componer un largo poema sobre la historia de Estados Unidos en base a las declaraciones de testigos contenidas en esos viejos expedientes. El resultado será Testimony: The United States 1885-1890 publicado en 1934. Dice Reznikoff a propósito de este libro: En “Testimony” todos los hablantes cuyas palabras empleo ofrecen un testimonio de lo que en realidad les tocó vivir. El testimonio corresponde a lo dicho por un testigo ante el tribunal: no se trata de una declaración de lo que sintieron, sino de aquello que vieron o escucharon. Lo que quería hacer era crear mediante la selección, ordenamiento y el ritmo de las palabras empleadas al modo de un estado o sensación. Bien podría haber escogido cualquier otro período porque las mismas cosas que ocurren hoy ocurrían también en 1885.

Selección, ordenamiento y ritmo, dice Reznikoff. Operar sobre estas fuentes judiciales para restituir el testimonio de gente común y corriente cuyas experiencias, la mayoría signadas por el conflicto o la violencia, dibujan el trayecto de un país y de una época. Las palabras que nombran la realidad que les tocó vivir, extraídas desde esos documentos, dispuestas y editadas por el poeta que oficia aquí de montajista. Un procedimiento similar aplicará después en su libro Holocaust basado en los alegatos y testimonios durante los juicios a los nazis. El epígrafe que introduce los versos de ese libro dice: Lo que sigue está basado en la publicación del gobierno de los Estados Unidos, Juicios de los criminales de guerra ante los tribunales militares de Nuremberg, así como en los registros del juicio a Eichmann en Jerusalén.

A continuación, publicamos un adelanto de la traducción que Carlos Soto Román hizo de este último libro, Holocaust. Pronto a aparecer por Ediciones Das Kapital.

 


                                I    D E P O R T A C I Ó N

1

Una noche, un policía vino y le dijo–

él había llegado desde Polonia y se había quedado en Alemania casi

                        treinta años–

le dijo a él y a su familia,

“A la estación de policía, ahora.

Pero van a volver de inmediato”, agregó el policía.

“No lleven nada consigo–

solo sus pasaportes”.

Cuando llegaron a la estación de policía,

vieron hombres, mujeres y niños judíos,

algunos sentados, otros de pie–

muchos llorando.

 

 

Todos fueron llevados a la sala de conciertos del pueblo–

judíos de todos los barrios de la ciudad–

y los dejaron ahí por veinticuatro horas,

y luego los llevaron en camiones de la policía a la estación de trenes.

Las calles por las que los camiones pasaron estaban abarrotadas

de gente gritando,

“¡Los judíos a Palestina! ¡Que se vayan a Palestina!”

Y pusieron a todos los judíos en un tren

y se los llevaron hacia la frontera polaca.

 

 

Llegaron allá en la mañana–

trenes desde todas partes de Alemania–

hasta que los judíos sumaron miles.

Allí fueron registrados

y si alguien llevaba más de diez marcos,

el resto era confiscado;

y los hombres de la S.S., los nazis de los escuadrones de protección, tomándolo

[decían

“¡Ustedes llegaron con menos que eso a Alemania–

no pueden llevarse más!”

 

 

Los hombres de los escuadrones de la S.S. estaban “protegiéndolos”

mientras caminaban hacia la frontera con Polonia;

azotando a los que se demoraban

y arrebatando cualquier maleta que pudieran coger

mientras gritaban “¡Corran! ¡Corran!”

 

 

Cuando llegaron a la frontera con Polonia, los oficiales polacos

examinaron los papeles de los judíos

y vieron que eran ciudadanos polacos

y los llevaron a un pueblo de casi seis mil habitantes–

los judíos eran por lo menos el doble.

 

 

La lluvia caía fuertemente

y los polacos no tenían lugar donde ponerlos

salvo en establos,

el suelo estaba cubierto de estiércol de caballo.

 

 

                                                2

Un judío había ido a la oficina de la comunidad judía de la ciudad

encontró que la oficina estaba cerrada

y dos hombres de un escuadrón S.S. con cascos de acero y rifles

estaban en la puerta.

(Los dos eran miembros de la “división de entretenimiento”

y hacían todo tipo de cosas

para entretenerse ellos mismos y a otros).

Le dieron al judío una cubeta con agua caliente

y le ordenaron que limpiara los peldaños de la entrada;

el agua tenía un ácido que le quemaba las manos.

El rabino jefe de la comunidad, que llevaba su túnica y su manto de oración,

fue empujado junto a él

y también le ordenaron limpiar los peldaños;

los otros hombres de la S.S., parados alrededor y otros que pasaban

sonreían o se burlaban.

 

 

                                              3

Un sacerdote en Alemania les encontraba refugio a los judíos

y los judíos iban a él para esconderse.

Él los enviaba a trabajadores en los suburbios de Berlín

y a granjeros fuera de la ciudad,

y ellos protegieron cientos–

ninguna puerta fue cerrada.

Contándole a otro sacerdote por qué hacía esto,

le preguntó al cura –que había estado en Palestina–

“¿Conoces el camino de Jerusalén a Jericó?”

El sacerdote al que le hablaba asintió;

y el cura que hacía la pregunta continuó:

“En este camino había una vez un judío

que había sido atacado por unos ladrones

y el que lo ayudó no era judío.

El Dios que yo venero me dijo:

‘¡Ve y haz como él!’ ”

 

 

 

II •  I N V A S I Ó N

 

 

                                          1

Cinco judíos polacos consiguieron un pequeño furgón

y contrataron a un polaco para que los condujera al este

para escapar de los hombres de la S.S. que ya estaban en la ciudad.

Pero, cuando abandonaron la ciudad,

repentinamente vieron hombres de la S.S.

que yacían acostados esperando a los judíos

que trataban de escapar.

 

 

Los hombres de la S.S. les ordenaron a los judíos que salieran del furgón

y los cinco salieron.

“¿Tienen dinero?” preguntaron los hombres de la S.S.

y los cinco entregaron cuanto tenían.

Los hombres de la S.S. los registraron de todas formas

y luego les ordenaron que se sacaran la ropa

y que se acostaran en el suelo

y los hombres de la S.S. comenzaron a golpearlos,

alternándose entre quienes daban los golpes

y riéndose todo el tiempo.

Luego les ordenaron a los judíos que se pusieran de rodillas

y que cantaran canciones hebreas;

y los judíos cantaron el himno sionista, Ha-tikvah.

Y luego tuvieron que arrastrarse por un tubo de cemento en el camino

antes de que los hombres de la S.S. los dejaran.

 

 

Los cinco estaban demasiado débiles después de la golpiza como para seguir

y, además, no tenían dinero;

así que regresaron a la ciudad–

directo al hospital judío.

 

 

III •  I N V E S T I G A C I Ó N

 

                   1

Somos los civilizados–

Arios,

y no siempre matamos a aquellos condenados a muerte

solo porque son judíos

como los menos civilizados harían:

los usamos en beneficio de la ciencia

como ratas o ratones:

para averiguar los límites de la resistencia humana

en las grandes altitudes

para el bien de la Fuerza Aérea Alemana;

los obligamos a permanecer en tinas con agua congelada

o desnudos al intemperie por horas y horas

a temperaturas bajo cero;

sí, estudiamos los efectos de quedar sin comida

y beber solo agua de mar

por días y días

por el bien de la marina Alemana;

o los herimos y forzamos virutas de madera o vidrio molido

en la heridas,

o sacamos huesos, músculos y nervios,

o quemamos su carne–

para estudiar las quemaduras causadas por las bombas–

o envenenamos su comida

o los infectamos con malaria, tifus u otras fiebres–

todo por el bien del ejército alemán.

¡Heil Hitler!

 

 

                              2

Una cantidad de judíos debía beber sólo agua de mar

para averiguar cuánto tiempo podían soportarlo.

En su tormento

se lanzaban sobre los trapeadores y estropajos

que utilizaban los asistentes del hospital

y les chupaban el agua sucia

para saciar la sed

que los enloquecía.

 

 

 

IV •  G U E T O S

 

 

 

                                 1

Al principio había solo dos guetos en Varsovia:

uno pequeño y el otro grande

y entre ellos un puente.

Los polacos tenían que ir bajo el puente y los judíos sobre él;

y alrededor habían guardias alemanes que vigilaban que los judíos no se mezclaran

con los polacos.

Debido a la presencia de los guardias alemanes,

a cualquier judío que no se quitara el sombrero a modo de respeto mientras

cruzaba el puente

se le disparaba–

y a muchos les dispararon–

y a algunos les dispararon por ningún motivo.

 

 

 

                             2

Un viejo llevaba pedazos de madera para quemar

de una casa que había sido derribada:

no existía orden alguna en contra de esto–

y hacía frío.

Un comandante de la S.S. lo vio

y le preguntó de dónde había sacado la madera,

y el viejo contestó que era de una casa que había sido derribada.

Pero el comandante sacó su pistola,

la puso contra la garganta del viejo

y le disparó.

 

 

 

 

                             3

Una mañana los soldados alemanes y sus oficiales

entraron en las casas del distrito donde habían puesto a los judíos,

gritando que todos los hombres debían salir;

y los alemanes tomaron todo cuanto había en despensas y closets.

Entre los hombres había un anciano que vestía la túnica –y el sombrero–

de la piadosa secta de los judíos llamada Hasidim.

Los alemanes le dieron una gallina para que la sostuviera

y le ordenaron que cantara y bailara;

luego tuvo que aparentar que ahorcaba a un soldado alemán

y eso fue fotografiado.

 

 

 

                                        4

Los judíos en el gueto estaban hinchados por el hambre

o terriblemente delgados;

de seis a ocho en un cuarto,

sin calefacción.

Las familias perecían durante la noche

y cuando los vecinos entraban en la mañana–

quizá días después–

los veían congelados hasta la muerte

o muertos por inanición.

 

 

 

Los niños pequeños lloriqueaban por las calles

debido al frío y al hambre

se los encontraba en la mañana

muertos por congelamiento.

Los cadáveres yacían en las calles vacías,

mordisqueados por las ratas;

y los cuervos bajaban en bandadas

para picotear los cuerpos.

 

 

 

                    5

Un rumor corrió por el gueto:

los judíos serían llevados a otro lugar

con más comida, mejor comida, mejor alojamiento –y trabajo.

Naturalmente, esto fue anunciado en afiches

y se ordenó que aquellos en ciertas partes del gueto

debían traer su equipaje, el oro o las joyas que tuvieran,

y comida para tres días–

pero no debían exceder un cierto peso–

y tenían que concurrir a una cierta plaza.

Aquellos que desobedecieran serían fusilados.

Y las familias en los distritos mencionados llegaron con sus hijos

y equipaje.

 

 

Pero unos cuantos hombres saltaron de los trenes que los llevaban

y regresaron a advertir a los judíos que todavía estaban en el gueto–

o que habían sido traídos desde otros lugares–

que los trenes no iban a un lugar donde vivir

sino a la muerte.

Y cuando el mismo tipo de afiche fue visto nuevamente–

en otros distritos–

la gente empezó a esconderse.

Pero muchos fueron a la plaza mencionada;

porque de verdad creían que serían reubicados:

de seguro los alemanes no matarían gente saludable apta para el trabajo.

 

 

                6

Una tarde a las tres en punto

había casi cincuenta judíos en un búnker.

Alguien empujó el saco de la entrada

y escucharon una voz:

“¡Salgan!

O tiraremos una granada”.

Los hombres de la S.S. y la policía alemana con porras en sus manos

estaban listos

y empezaron a golpear a los que estaban en el búnker.

Aquellos que tuvieron la fuerza

se alinearon como les ordenaron

y fueron llevados a una plaza

y los pusieron en una sola fila para fusilarlos.

En el último momento,

llegó un grupo de otros hombres de la S.S. y preguntó que ocurría.

Uno de los que estaba listo para disparar contestó:

habían sacado a los judíos de un búnker

y estaban por fusilarlos tal como se les había ordenado.

Entonces el comandante del segundo grupo dijo,

“Estos son judíos gordos.

Todos están buenos para jabón”.

Así que llevaron a los judíos a un tren de carga

el que todavía no había partido a un campo de exterminio–

vagones de carga rusos sin peldaños–

y tuvieron que ayudarse los unos a los otros para subir a los carros.

 

 

                            7

Entre los que se habían escondido

había cuatro mujeres y una pequeña niña de unos siete años

escondidas en un foso –una trinchera cubierta con hojas;

y dos hombres de la S.S. fueron al foso y les ordenaron salir.

“¿Por qué se esconden?” preguntaron

y empezaron a golpear a las mujeres con látigos.

La mujeres rogaron por sus vidas:

eran jóvenes, estaban listas para trabajar.

Les ordenaron levantarse y correr

y los hombres de la S.S. sacaron sus revólveres y les dispararon a todas;

y luego empujaban los cadáveres con sus pies

para ver si todavía estaban vivas

y para asegurarse de que estaban muertas

les disparaban de nuevo.

 

 

                            8

Un hombre de la S.S. atrapó a una mujer con un bebé en sus brazos.

Ella empezó a suplicar: si la ejecutaban

su bebé debía vivir.

Ella estaba cerca de una alambrada entre el gueto y donde vivían los polacos

y tras la alambrada estaban los polacos listos para recibir al bebé

y ella estaba a punto de entregarlo cuando la atraparon.

El hombre de la S.S. le quitó el bebé de los brazos

y le disparó dos veces,

y luego tomó al bebé en sus manos.

La madre, sangrando, pero todavía viva, se arrastró hacia sus pies.

El hombre de la S.S. se rio

y despedazó al bebe como si rasgara un trapo.

Justo entonces pasó un perro callejero

y el hombre de la S.S. se detuvo a acariciarlo

y sacó un trozo de azúcar de su bolsillo

y se lo dio al perro.

 

 


CHARLES REZNIKOFF, hijo de trabajadores textiles rusos, nació en Brooklyn, Nueva York, en 1894. Pasó un año en la escuela de periodismo de la Universidad de Missouri (1910-1911) y se graduó en la Escuela de Derecho de la Universidad de Nueva York (Licenciatura, 1915). Fue autorizado para practicar derecho en el Estado de Nueva York en 1916 pero nunca ejerció como abogado porque estaba interesado primordialmente en la escritura. Entre 1918 y 1961 publicó veintitrés libros de poesía y prosa, muchos de ellos a costa suya. Empezó a ganar más lectores en 1962, cuando New Directions publicó By the Waters of Manhattan: Selected Verse. Una segunda selección, By the Well of Living and Seeing, fue publicada por Black Sparrow Press en 1974 seguida por Complete Poems (1976-77; revisado en 2005), editado por Seamus Cooney. El presente libro, Holocaust, fue el último gran trabajo de Reznikoff. Fue publicado en 1975, un año antes de su muerte a los ochenta y un años.

 

 

CARLOS SOTO ROMÁN (Valparaíso, 1977) es poeta y traductor. Ha publicado las siguientes traducciones: Do or DIY. Apropiación, Recontextualización y Plagio de Craig Dworkin, Nick Thurston, Simon Morris y Carlos Soto Román. (Das Kapital, 2013) Bart de Ron Silliman (Cuadro de Tiza, 2014) , café café de Aram Saroyan (Libros del Pez Espiral, 2015), Patriotismo de Ryan Eckes (Libros del Pez Espiral, 2016), Por favor no más poesía de Derek Beaulieu (Libros del Pez Espiral, 2016).


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