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La luz que arroja el sol: océano de témpera en las manos. Una gaseosa rojo sangre, que explota y mancha la pared. La ventisca que siembra en la calle, pétalos de hibisco y buganvilia. O esa fuente con jalea coagulada,  que luce en tono vivo sus piltrafas. Por eso cuando observes deshojarse una ciudad, sabrás que la galaxia es un jardín, en donde la carne arroja sílabas, que alguien encuentra y descifra. Porque las cosas son y no son a la vez:

 

un relámpago siniestro y azul

es en verdad una raíz.

 

¿Qué dibujo hace el sonido, más que la forma en que transita por el aire? Las luces flojas sobre Camiña, sobre Pisagua sobre Iquique, o la rompiente del silencio, al repetir: toda cosa hermosa emite un ruido: un vehículo que nunca enciende, en alguna parte fría de la ciudad. La impresión que provoca, en una niña aymara, el retrato de un obrero tibetano. O presionar una cáscara de limón, hasta ver amplificado y lento, el gas ácido que arroja sobre el aire. Lo dice el trueno de la luz de un alumbrado: una melodía, nunca es igual a esa primera vez que la escuchamos. Aun así este mensaje ya se ha dicho de otras formas, sin embargo es importante que recuerdes:

 

la muerte pone fin, a un idioma.

 

La novia de un muchacho regresa desde España, y tras dos años hacen el amor. Ella pronuncia en su oído las mismas palabras de antes, pero ahora con la sutileza de haber adoptado un acento distinto. Podemos olvidar la forma en que señalábamos las cosas, pero es imposible ignorar, el peso de su nombre sobre la lengua. Incluso si dibujo a una muchacha oscura  que viaja a Chile desde Colombia, y ve pronto la selva tullida de su memoria, hundirse en el desierto de Atacama, pienso: así debe ser hablar con los muertos: sentir la brisa vespertina, y creer que nos visita  una presencia luminosa. Observar fracciones de algo que –a su modo– sigue vivo. La etapa en que una línea, es sólo la palabra trazo. La realidad no es que la luz solar, se haga más roja, lo que sucede, hijo, es que el tiempo, se hace menos azul.

 

CLOSE COVER

 

Digo esto a quien nunca ha estado lejos: viajes, es todo lo que hay el mundo. Viajes breves desde el oído del hogar, a las entrañas de un motor en movimiento: embravecido, enquistado y con rabia, te subes a la micro   –torpe y pobre–  y ya te has ido una vez más, joven muchacho. En los parques, donde la hierba huele como huele un abrazo. Mis queridos enemigos, mis viejas palomas en cuyas patas até mis tesoros: papeles o retazos donde la memoria, hizo un agujero al amor. Le digo esto a quien no escucha las hojas, y cree: ¡ah! el viento es sólo la voz de algún loco! Las iglesias lo saben, los pianos rotos, los tachos vacíos, el papel que se despega, en la pared:

 

no fue cristo entonando un folk rock.

 

Pero sí, la historia sigue y seguirá. Digo esto a mi reloj, al verano y no al frío. O es que hay algo luego de tantas palabras, del día en que amaneces decidido a regresar, y escuchas las hojas crujir:

 

una enredadera tullida que crece en la manos

un instante que semeja una marea

y ronda en el sonido de la luz.

 

PETRICOR

 

Llega ese tiempo ínfimo en que aprendes, que el olor a tierra mojada tiene un nombre. Y aprendes, que cualquier manifestación, es también un susurro, una pregunta: ¿Dónde caen los duraznos, ┼Ismael? Como una banda de bronce que irrumpe en la tarde, o una estrella que se rompe al otro lado de la calle, todo tiende a desvestirse. Comprendes, al final, cuando transcurre el sol y tizna los ojos:

 

los espejos son seres disfrazados.

Gusanos de seda rota por ejemplo

aguas vivas o medusas

sábanas que se destruyen

bajo la luz y los cordeles.

 

La abuela a quien nunca conocí, tañe mi rostro a veces con sus manos delgadas. Sus dedos arrugados fingen la noche: el áspero tiempo en que duerme una ciudad. Ella decía la noche no tiene nada de oscuro, su ceguera era una luz: un velo encendido o la enagua de una niña que se desnuda enfrente de la escuela.

 

Arriba el tiempo en que las nueces crujen. Caen los duraznos y repiten en el césped:

 

el invierno es un puñado de artificios

nado sincronizado:

coreografía transparente.

 

Llega ese tiempo nublado como un ojo atrapado por la niebla de la catarata, y está vacío el tacho donde acurrucamos nuestras voces: un puñado de hojas que naufraga en las acequias. Un semáforo que cambia de estaciones y hace ecos.

 


 

Rolando Martínez Trabucco (Arica 1979). Profesor de Educación Básica y Licenciado en Educación por la Universidad de Tarapacá. El 2015 publica Yeguas del Kilimanjaro.

 

 


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