William Morris (1834-1896) fue un escritor, diseñador, arquitecto y socialista inglés. Es transversal a toda su obra un cuestionamiento de la sociedad industrial que lo llevaría a contribuir al resurgimiento de diversas artes tradicionales, así como métodos de producción artesanales y comunitarios, a contrapelo del trabajo con máquinas de finales del siglo XIX. Esto resultó fundamental para la aparición del movimiento anti-industrial Arts & Crafts, que pondría especial atención a la integración de todas las “artes menores”, con una clara influencia medieval.

Las artes deberían constituir, para Morris, un taller único y necesariamente apegado al tránsito cotidiano, de allí la especial atención a las artes decorativas; si solo la élite capitalista tiene acceso al arte, no tiene sentido ser artista. Toda la reflexión de Morris sobre el arte y su producción es, en última instancia , una reflexión política. Morris abogaba por la revolución, y por la necesidad de una nueva sociedad

A continuación presentamos fragmentos su novela utópica “Noticias de ninguna parte”,  publicada por Capitán Swing (2011).

 


 

Debéis saber que nosotros, las presentes generaciones, somos robustos y sanos de cuerpo, y vivimos sencillamente. Pasamos la vida en lucha razonable con la naturaleza y ejercitando no una parte de nosotros, sino nosotros enteros, y por eso tiene la vida para nosotros mayores goces. Además, es un punto de honor para nosotros no quejarnos, no suponer que el mundo deba hundirse por un dolor humano, y por eso creemos cometer una tontería, o si se quiere, un delito, exagerando el sentimentalismo y la sensibilidad. No tenemos inclinación a aumentar la sensación de dolor en vez de buscar alivio para nuestras penas materiales. También reconocemos que hay otros placeres además de los del amor (…) Así sacudimos nuestras penas de un modo que los moralistas de otros tiempos hubieran encontrado despreciable y poco heroico, pero que a nosotros nos parece necesario y humano. Además hemos dejado de ser mercantilistas de los asuntos de amor, y también de ser artificialmente locos. La locura que viene de la naturaleza, la imprudencia del hombre inexperto o la desgracia del hombre maduro, son males que debemos soportar y que no son vergonzosos; en cuanto a ser convencionalmente sensibles o sentimentales…, amigo mío, soy viejo y puede que me equivoque, pero creo que hemos desechado algunas de las locuras del viejo mundo.

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Por lo menos, cuando sufrimos la tiranía y la indiscriminada mutabilidad de la naturaleza y de nuestra inexperiencia, tenemos paciencia y no hipamos ni mentimos. Si deben separarse dos que pensaron vivir siempre juntos, que se separen, que no es preciso ostentar una unión cuando en realidad ha concluido, como no se puede forzar a nadie a profesar un sentimiento eterno cuando en realidad no lo siente; además, la monstruosidad de la lujuria venal no es posible ni concebible.”

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El gobierno mismo no era más que el resultado necesario de la tiranía insaciable, sin límites de aquellos tiempos; era el mecanismo de la tiranía. Ahora la tiranía ha concluido y no hay necesidad de semejante mecanismo; no podríamos servirnos de él, puesto que somos libres. Luego, en el sentido que dais a la palabra nosotros no tenemos Gobierno.

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“Como os he explicado, los Tribunales de justicia eran instituciones defensoras de la propiedad privada, porque nadie ha pretendido que la fuerza bruta hiciera equitativas las relaciones entre los hombres. Ahora bien, abolida la propiedad privada, todas las leyes y todos los crímenes legales a ella inherentes tuvieron, naturalmente, fin. La máxima: “no robarás” fue traducida así: “Debes trabajr para ser feliz”. ¿Y es necesario imponer esto por la fuerza?”

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—¿No es necesaria una ley penal?

En el sentido que la entendéis no tenemos ninguna ley penal. Examinemos la cuestión más intrínsecamente y veamos dónde se originan los delitos de violencia. En los tiempos pasados, la mayor parte de esos delitos se derivaban de las leyes de la propiedad privada, las cuales vedaban la satisfacción de las necesidades naturales a todos los hombres, excepto a unos cuantos privilegiados. Todo esto, que era causa de violentos delitos, ha desaparecido. También muchos actos violentos se debían a una perversión artificial, a las pasiones sensuales, a los celos y miserias semejantes; pero mirando fríamente veréis que en el fondo de éste género de pasiones predominaba la idea (una idea hecha ley) de que la mujer fuese una propiedad del hombre ya como marido, ya como padre o hermano, ya en otra forma. Esta idea se ha desvanecido naturalmente al mismo tiempo que la propiedad privada, como se han desvanecido las ideas relativas a la perdición de las mujeres que satisfacían sus deseos naturales en una forma ilegal, porque aun este convencionalismo era una consecuencia de la propiedad privada.

Otra fuente de delitos y de violencias era la tiranía de la familia, que fue objeto de tantas novelas y de tantas historias en el pasado; pero también ésta se derivaba de la propiedad privada. Naturalmente, todo esto ha concluido desde que la familia dejó de ser un lazo coercitivo, ya sea legal o social, y se convirtió en recíproca simpatía y en mutuo afecto, y cada cual, hombre o mujer, es libre de hacer lo que quiere.

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—¿No os parece que la seguridad de la sociedad debe garantizarse con algún castigo?

¡Eh, ciudadano, habéis puesto el dedo en la llaga! Ese castigo de que los hombres hablaban con tanta sabiduría y ponían en práctica tan estultamente, no era más que la expresión de su miedo. Y era lógico que tuviesen miedo porque ellos, los legisladores de la sociedad, vivían como una banda armada en un país hostil. Pero nosotros, que vivimos entre amigos, no necesitamos ni temer ni castigar. Indudablemente, que si nosotros, por temor de una herida ocasional o de un raro homicidio, estableciéramos solemne y legalmente una sanción penal, seríamos una sociedad de feroces cobardes.

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¡La economía de trabajo por las máquinas! Cierto es que fueron hechas para ahorrar trabajo (o, más claro, fuerza humana), porque se quería economizar tiempo para emplearlo o, mejor, derrocharlo en otras producciones, probablemente inútiles. Amigo mío, todas sus invenciones para ahorrar trabajo conducían únicamente a aumentar el trabajo. La voracidad del mercado universal crecía al par que el trabajo encargado de alimentarle. Los países comprendidos en el círculo de la civilización, es decir, de la miseria organizada, rebosaban en abortos del mercado y se recurría a la astucia y a la violencia sin freno para abrir aquellos países que estaban fuera del círculo. Este procedimiento de apertura era verdaderamente extraño para cualquiera que lea las profesiones de fe de los hombres de aquel período sin penetrar en su modo de proceder, y nos muestra en su peor aspecto el gran vicio del siglo diecinueve, la hipocresía y el engaño, para evitar la responsabilidad de una ferocidad real. Cuando el mercado universal civilizado quería un país que hasta entonces había escapado de sus garras, pronto encontraba un pretexto, por leve que fuese, para lanzarse sobre él: la abolición de una esclavitud diferente de la comercial y menos cruel, la introducción de una religión en la que no creían sus mismos patrocinadores, la liberación de algún malvado o de algún loco homicida al cual sus mismas tropelías le habían ocasionado molestias entre los indígenas del país bárbaro, todo, en suma, era bueno para lograr el objetivo. Encontrado el motivo, se buscaba un aventurero osado, ignorante, sin sentimientos y sin principios (lo que no era difícil de encontrar en los tiempos de la competencia), se le compraba y se le enviaba a fundar un mercado, rompiendo con las tradiciones del país subyugado, y destruyendo la felicidad y el bienestar de sus habitantes, a los que obligaba a recibir productos que hasta entonces no habían necesitado, apoderándose en cambio (ésta era la palabra) de sus productos naturales. De este modo creaba en aquel pueblo nuevas necesidades, para subvenir a las cuales (para obtener de los nuevos amos el derecho de vivir, mejor dicho) aquellos desgraciados hablan de someterse a la esclavitud de un duro trabajo, único modo de poder adquirir los inútiles objetos de la civilización.

 


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