William Morris (1834-1896) fue un escritor, diseñador, arquitecto y socialista inglés. Es transversal a toda su obra un cuestionamiento de la sociedad industrial que lo llevaría a contribuir al resurgimiento de diversas artes tradicionales, así como métodos de producción artesanales y comunitarios, a contrapelo del trabajo con máquinas de finales del siglo XIX. Esto resultó fundamental para la aparición del movimiento anti-industrial Arts & Crafts, que pondría especial atención a la integración de todas las “artes menores”, con una clara influencia medieval.

Las artes deberían constituir, para Morris, un taller único y necesariamente apegado al tránsito cotidiano, de allí la especial atención a las artes decorativas; si solo la élite capitalista tiene acceso al arte, no tiene sentido ser artista. Toda la reflexión de Morris sobre el arte y su producción es, en última instancia , una reflexión política. Morris abogaba por la revolución, y por la necesidad de una nueva sociedad.

A continuación presentamos fragmentos de diversos ensayos, conferencias y cartas, publicados por Ediciones Papel Calco (2016); textos que formaron parte de la reflexión pública de Morris en revistas socialistas o congresos de diseño y arquitectura.

 


…la superficie intacta de la arquitectura antigua es testigo del desarrollo de las ideas del hombre, de la continuidad de la historia y, de este modo, proporciona instrucción incesante, mejor dicho, educación, a generaciones sucesivas, no sólo diciéndonos cuáles eran las aspiraciones de hombres que desaparecieron, sino también qué podemos esperar del futuro. 

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Bien, hay que admitir que toda obra de arquitectura es una obra de cooperación. El propio diseñador, por muy original que sea, tiene una deuda que pagar a la necesidad de estar influido de una u otra forma por la tradición; hombres muertos guían su mano aunque él olvide que una vez existieron. Pero, además, sus ideas las deben llevar a cabo otros hombres. Ningún hombre puede hacer una construcción con sus propias manos. Solo para considerar la posibilidad de empezar su trabajo, cada uno de esos hombres depende de alguien. Cada uno no es más que parte de una máquina.

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Cuando con la mayor seriedad y sobriedad oigamos decir –como a menudo se dice- que en todo momento es necesaria una paga adicional para crear grandes obras de arte y que los hombres con un talento especial no harán uso de ese talento a menos que se les soborne de manera flagrante con bienes materiales entonces, afirmo yo, sabremos qué responder. Podemos apelar al testimonio de esas obras preciosas que aún nos quedan cuyos autores, anónimos y desconocidos, se contentaron con ofrecerlas al mundo sin más paga extra que la que su placer en el trabajo y su sentido de la utilidad pudiera proporcionarles.

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…pese a que cierta parte de la clase culta de hoy día echa de menos la desaparición de la artesanía de la producción, no precisa cómo y por qué está desapareciendo o cómo y por qué debería o podría reaparecer. Para empezar, en su conjunto la gente ignora por completo todos los métodos y procesos de la manufactura. Por supuesto, esto es resultado del sistema de máquinas que estamos analizando. Casi todos los bienes se fabrican sin vínculo alguno con la vida de quienes los usan, no somos responsables de ellos, nuestra voluntad no ha tenido nada que ver en su producción, salvo en la medida en que formamos parte del mercado al que se les lleva para que se beneficie el capitalista cuyo dinero costea su producción. El mercado asume que se necesitan ciertas mercancías, produce dichas mercancías, en efecto, mas su género y su calidad sólo se adaptan a las necesidades de la gente de forma muy tosca, porque se subordinan las necesidad de la gente a los intereses de los patrones capitalistas del mercado, quienes, si quieren, pueden obligar a la gente a quedarse con el artículo que menos desea y, de hecho, suelen hacerlo. El resultado es que, en este sentido, la personalidad propia de la que presumimos es un fraude y las personas que desean algo que se desvía lo más mínimo del camino marcado tienen que o bien malgastar su vida en una lucha agotadora y del todo inútil contra un ente gigantesco que ignora sus deseos, o bien dejar que sus deseos se hagan añicos a cambio de una vida tranquila.

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…intentad comprender que nuestro actual sistema se basa en un estado de guerra perpetuo. ¿Piensa alguno de vosotros que debiera ser así? Sé que muchas veces se os ha dicho que la competencia, actualmente norma de toda producción, es buena y que estimula el progreso de la raza. Pero los que así opinan, para ser honrados debieran llamar a la competencia por su nombre abreviado, guerra y entonces podríais considerar libremente si la guerra estimula o no el progreso de un modo distinto al de un toro rabioso que os persiguiera en vuestro propio jardín. La guerra o la competencia, como queráis llamarla, significa como máximo la búsqueda de la propia ventaja a costa del perjuicio de otros, y en este proceso nadie puede estar seguro de no destruir ni siquiera sus propias pertenencias, si no quiere perder la batalla. Entendéis perfectamente que esta situación es la de las guerras en que la gente sale a matar y a ser matada; esa clase de guerra en que los buques tienen la misión, por ejemplo, de hundir y destruir. Pero creo que no sois muy conscientes de ese despilfarro de bienes cuando estáis ocupados en la otra guerra llamada comercio. Observad, sin embargo, que el desperdicio es exactamente el mismo.”

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Nuestra educación actual es solamente comercial y política: ninguno de nosotros es adecuado para ser un hombre, sino que unos son educados para propietarios y otros para siervos de la propiedad. Exijo de nuevo que los resultados lógicos de la revolución se basen en una sencillez no ascética de la vida. Creo que también aquí debemos librarnos de ese fatal sistema de la división del trabajo. Todos debieran aprender a nadar, a ir a caballo, a remar en una barca por mar y por río, todo lo cual no es arte, sino meramente ejercicio corporal que debiera convertirse en algo habitual en la raza; y también una o dos artes elementales de la vida, como la carpintería o la herrería; la mayoría debiera saber herrar un caballo, esquilar ovejas, segar y arar el campo (creo que cuando seamos libres deberemos abandonar la maquinaria agrícola). Luego, además, existen cosas, como cocinar, hornear, coser y otras semejantes, que pueden ser enseñadas a cualquier persona cuerda en un par de horas y que todos debieran saber al dedillo. Todas estas artes elementales serían de nuevo habituales, como también ocurriría —imagino— con las artes de leer y de escribir, como también sospecho que ocurriría con el arte de pensar, que actualmente no es enseñado en ninguna escuela ni universidad”

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No creo en la posibilidad de mantener al arte vigorosamente vivo gracias  a la actividad, por enérgica que sea, de unos pocos grupos de hombres especialmente dotados y de su reducido círculo de admiradores, en medio de un público incapaz de entender y de gozar su trabajo. Mantengo firmemente la opinión de que todas las escuelas de arte valiosas deberán ser en el futuro, como lo fueron en el pasado, resultado de las aspiraciones del pueblo hacia la belleza y del gozo auténtico de la vida. Y un más, ahora que la democracia construye un nuevo orden que emerge lentamente de la confusión del período  comercial, estas aspiraciones del pueblo hacia la belleza pueden nacer tan solo de una situación  de igualdad  práctica de condiciones económicas  entre todos los hombres. Finalmente, tengo tanta confianza en que esta igualdad será lograda que estoy dispuesto a aceptar, como consecuencia del proceso de esa adquisición, la aparente desaparición del poco arte que ahora nos queda; porque estoy seguro que de que simplemente una perdida temporal, que será seguida de un nuevo y genuino nacimiento del arte, que será la expresión espontánea del placer de la vida en todo el pueblo.

 

 

 

 


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