Richard Brautigan se consolidó como uno de los escritores más importantes del movimiento contracultural norteamaricano de los sesenta con su primera novela La pesca de la trucha en américa (1967). Escrito a la manera de un poema serial, reúne los elementos más particulares de su obra: humor surrealista, un severo control de los recursos y una particular lectura de la cultura norteamericana, una fuga a las posibilidades que la cultura beat ofrecía. Además, supone un especial resolver de la discusión entre géneros como la narrativa y la poesía.

Presentamos a continuación una breve selección de fragmentos de la novela.

A la mañana siguiente me desperté temprano y desayuné. Me llevé una rebanada de pan blanco para usarlo como cebo. La idea era hacer bolitas con la miga blanda del centro y clavarlas en mi anzuelo de pantomima.

Salí de allí y fui caminando hasta el otro cruce.

Qué bonito me pareció el campo y el arroyo que se precipitaba desde lo alto de la colina por la cascada.

Pero a medida que me acercaba al arroyo me di cuenta de que algo no iba bien. Algo le pasaba al arroyo. Algo extraño. En su movimiento había algo que fallaba. Al final estaba lo bastante cerca para ver que pasaba.

La cascada no era más que un tramo de escalones blancos de madera que conducía a una casa entre los árboles.

Me quedé allí un rato largo, mirando arriba y abajo, siguiendo los escalones con la mirada, sin poder creérmelo.

Finalmente toqué mi cascada y oí el sonido de la madera.

Al final acabé siendo mi propia trucha y comiéndome la rebanada de pan.

La respuesta de La Pesca de la Trucha en América:

No pude hacer nada. No podía transformar un tramo de escaleras en un arroyo. El chico se volvió por donde había venido. Lo mismo me pasó a mí una vez.

Recuerdo que en Vermont confundí a una anciana con un río truchero y tuve que disculparme.

— Perdone — le dije—, creí que era usted un río truchero.

— Pues no— me respondió ella.

 

 

***

Más adelante decidieron que las pulgas que viviesen en los gatos siameses muy probablemente fuesen más inteligentes que las pulgas de los gatos vulgares de callejón. Era lógico pensar que beber sangre inteligente haría más inteligentes a las pulgas. Y así siguieron hasta que agotaron el tema y entonces fuimos a comprar otro litro de oporto y volvimos a los árboles y a Benjamin Franklin.

Para entonces el ocaso estaba cerca y la tierra empezaba a refrescarse según el procedimiento correcto de la eternidad, y las oficinistas volvía ya como pingüinos desde Montgomery Street. Nos dedicaron un vistazo rápido y para sus adentros pensaron: borrachuzos.

Entonces los dos artistas hablaron de ingresar voluntariamente en un manicomio durante el invierno. Hablaron de lo calentitos que estarían en el manicomio, con televisión, sábanas limpias en camas mullidas, picadillo de carne en salsa con puré de patatas, un baile a la semana con señoritas majaretas, ropa limpia, cuchillas de afeitar de seguridad y encantadoras estudiantes de enfermería.

Si; desde luego, había futuro en el manicomio. Ningún invierno pasado allí sería totalmente en vano.

 

***

Chapoteando en el agua con mi mujer me entraron ganas, como suelde decirse. Al cabo de un rato coloqué el cuerpo de tal manera que la niña no pudiese ver mi erección.

Lo conseguí adentrándome más y más en el agua, como un dinosaurio, hasta que el limo y los peces muertos me cubrieron por completo.

Mi mujer sacó a la niña del agua y le dio un biberón y volvió a meterla en el coche. Ya iba siendo hora de que se echara la siesta.

Mi mujer sacó una manta del coche y tapó las ventanillas que daban a las aguas termales. Puso la manta sobre el coche y la afianzó con piedras para que no saliera volando. La recuerdo de pie junto al coche.

Luego volvió el agua, y los tábanos se abatieron sobre ella, y entonces me llegó el turno. Al cabo de un rato me dijo “no llevo el diafragma encima, y además no funcionaría en el agua. Creo que no estará de más que no te corras dentro de mí. ¿Tú que opinas?”

Me lo pensé un momento y le dije que de acuerdo. No quería tener más niños en mucho tiempo. El limo verde y los peces muertos rodeaban nuestros cuerpos.

Recuerdo que un pez muerto flotaba bajo su cuello. Esperé hasta que apareciese por el otro lado y apareció por el otro lado.

Worsewick no era para remilgados.

Entonces me corrí y salí de ella en una fracción de segundo, como los aviones de las películas que remontan después de un picado y se elevan rozando casi el tejado de una escuela.

Mi esperma salió a la superficie, poco acostumbrado a la luz, y de inmediato se transformó en un algo nebuloso y filamentoso que se arremolina como una estrella fugaz, y me fijé en que un pez muerto apareció flotando, chocó contra mi esperma y lo dobló por la mitad. Tenía los ojos rígidos como el hierro.


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