La posición icónica de Brautigan y la inmensa sombra que proyecta su novela más conocida, La pesca de la trucha en américa (1967), muchas veces impide trazar las líneas de su genealogía literaria, los círculos en los que transitó antes de la fama y las influencias tras su particular poética.

Presentamos a continuación un repaso por Brautigan y su relación con la escena literaria de San Francisco, especialmente con Jack Spicer y los beat.

La pesca de la trucha y el mono danzante

Richard Brautigan llega a San Francisco el año 1956, un año después de la primera lectura de Aullido en la Six Gallery, que bautizó a la ciudad como el centro de la urgencia beat y que, según Jack Kerouac, supuso el inicio del renacimiento cultural de San Francisco y de sus jerarquías. Brautigan se encontró con la expansión de ese suceso y con ese desacomodo, más o menos rotundo, de quien se enfrenta a una sensibilidad ya constituida. Fue solo años después que Richard Brautigan llegaría a conformar, con la publicación el año 1967 de su novela experimental La pesca de la trucha en américa, el centro literario de la contracultura hippie.

Pero en 1956 la escena beat consideraba a Brautigan una anomalía distante, una sospecha romántica de paseo por los bares. Allen Ginsberg se burlaba de él por considerarlo cursi y superficial; para Ferlinghetti, célebre editor beat y dueño de la librería City Lights,  Brautigan  era un escritor infantil, víctima de una inocencia enfermiza que lo distanciaba radicalmente de lo que se esperaba de una literatura seria. El cuerpo de Brautigan proyectaba torpeza e incomodidad, a la deriva entre las mesas de los bares, con las manos firmemente metidas en los bolsillos, casi palpando las migas de su grosera timidez, todavía sin los característicos bigote y sombrero que harían de él un curioso ícono; Brautigan todavía era uno de los tantos poetas menores de San Francisco.

No pasó mucho tiempo antes de que junto a Ron Loewinsohn, otro joven escritor, se acercaran paulatinamente al grupo de artistas reunido alrededor de Jack Spicer en el bar The Place. Para el 56, tanto Spicer como Robert Duncan, poetas asociados a la Universidad de Berkeley, habían sido desplazados de su lugar central en la escena poética de San Francisco; la lectura de Aullido, en la galería que ellos mismos habían fundado, los desplazó hasta convertirlos en una singularidad dentro de una escena beat cada vez más intensa. El llamado “magic circle” de Spicer, reunido cada noche en The Place, era el reducto de discusión y crítica de poesía a contrapelo de la poética beat. La figura simiesca y lerda de Spicer (joroba incluida por una deficiencia de calcio), junto a su voz educada, asertiva y crítica, hacía de él un curioso mentor, denominado por sus amigos y por él mismo como “dancing ape”.

La amistad entre Brautigan y Spicer, diez años mayor, fue inmediata. Spicer representaba una educación que Brautigan nunca había recibido. Se convirtió en su primer y más severo lector, además de fundar una amistad a partir de su condición de afuerinos en San Francisco, que les permitió hacer de la ciudad el principio conductor de una renovación personal. Spicer dio inicio a intereses de toda una vida, como la astrología (ambos compartían fecha de nacimiento), e influyó enormemente en su estética literaria. La instintiva distancia de Brautigan respecto a los beat encontró en Spicer retroalimentación: su poética era completamente contraria al exceso torrencial de las obras beat. No era con Whitman la deuda: para Spicer la poesía debía ser tan comunal e impersonal como el lenguaje mismo. El rechazo a lo beat era categórico: incluso se negaba a que sus obras fueran editadas o distribuidas por Ferlinghetti. La elección de cada palabra incluida en el poema era un proceso tedioso y lapidario, que tenía como resultado una economía ausente de retórica cuyo rigor se convirtió en uno de los objetivos a alcanzar por Brautigan en su propio trabajo.

De esta relación da cuenta un poema de Spicer incluido en Admonitions (1957), un libro compuesto de poemas dedicados a su círculo más cercano, como espejos distorsionados y caprichosos de cada uno, lo cual puede darnos alguna luz de lo que Brautigan representaba en esa época:

 

Para Dick

La inocencia es una droga para ser protegida de extraños
No debe venderse a los agentes de policía o más aun
No debe venderse.
Cuando la proteges una súbita brisa
Entra por la ventana
Cuando la anuncias se convierte en un pito humedecido
Que los encendedores no pueden prender.
Escucha el viento afuera
De la maldita caparazón de tu vida.
Escucha el retumbar del viento
Como un simio dientes de sable.
Mira
La inocencia es importante
Tiene significado
Mira
Puede darnos
Esperanza contra los mismos vientos frente a los cuales luchamos.
Brautigan se consideraba a sí mismo una suerte de aprendiz de Spicer: a pesar de su timidez y rechazo a las críticas, se exponía cada noche a severos comentarios. La admiración de Spicer por la poesía de Brautigan hizo que, en conjunto con este trabajo de taller, se dedicara a difundir y publicar muchos de sus poemas en diversas revistas, junto a otros poetas cercanos como Robert Duncan o Robin Blaser. La etapa más importante de esta colaboración empezaría el 16 de septiembre de 1960, día de la Independencia de México. En esta fecha Brautigan decidiría empezar a escribir su primera novela, La pesca de la trucha en américa; necesitaba el dinero que parecía acompañar a la narrativa. De sus reuniones con el “magic circle” Brautigan ya había hecho suya una austeridad peculiar: era un poeta escueto, poco dado a las extensiones propias de la narrativa. Sus historias cortas acababan inevitablemente en poemas, o en un par de párrafos abandonados.

Spicer se ofreció a ayudar en esta transición, a pesar de que él mismo había dejado una novela a medio escribir. Aconsejó despreciar cualquier línea que considerase buena, muy en consonancia con su resistencia a que los deseos e inclinaciones del escritor se inmiscuyeran en la propia obra. Esto era especialmente importante en el caso de esta novela: la pesca de la trucha era una actividad que conformaba los mejores recuerdos de infancia de Brautigan, que por lo demás había sido sumamente dura. El trabajo duró alrededor de seis meses, en que Brautigan le mostró cada capítulo a un Spicer cada vez más emocionado con la obra. A partir de esta devoción se dedicó, además de aconsejar y corregir, a organizar lecturas y difundir La pesca de la trucha entre personalidades literarias tan relevantes como Donald Allen o Malcolm Cowley.

Si bien para cuando Spicer murió, destruido por el alcoholismo y la pobreza, el año 1965, la relación entre ambos había decaído, Brautigan dedicó La pesca de la trucha, publicada dos años después, a Spicer y a Loewinsohn. El gesto permite rastrear la singularidad de La pesca de la trucha hacia tradiciones literarias distintas de las erróneamente atribuidas a la novela. A pesar del viaje, de cierta desvergüenza basada en la velocidad y el margen, la novela no se ajusta a los parámetros beat. Su prosa es lacónica, con una atención especial para el humor y para el surrealismo, una escritura que solo pudo darse a partir de una poética tan anti-beat como la que Spicer proponía. A su vez, La pesca de la trucha encarnó la contracultura hippie por casualidad: el mismo Brautigan se resistió a ser categorizado de este modo, lo cual más que desmarcarlo del movimiento, nos permite apreciar la complejidad del mismo. No deja de resultar curioso que una figura como Jack Spicer, tan distante de la estética hippie, tan ajeno y olvidado por la contracultura de los sesenta (y por la misma escena que lo vio desarrollarse como escritor), haya sido a su vez parte fundamental del proceso de escritura de una de las obras literarias más estrechamente asociadas al movimiento hippie.

En términos literarios, esto puede explicarse por el trabajo de Brautigan en torno al poema serial. Este procedimiento constructivo trabajado por Spicer, Duncan y Blaser (de uso disímil por cada autor) se regía, a la manera de Spicer, por una linealidad forzosa y un carácter narrativo que, en manos de Brautigan, abrían la posibilidad de trabajarlo como una novela. De allí el peculiar estilo de La pesca de la trucha, a medio camino entre la narrativa y la prosa poética. Es reconocible el estilo sobrio, severo y juguetón de Spicer, pero empujado por Brautigan hacia una narrativa salvaje a la vez que lacónica, provocadora de desconcierto, fascinación y dramatismo entre la masa contracultural. La peculiaridad literaria de Brautigan, sin embargo, pronto demostraría ser una condena. El éxito de ventas que la novela supuso (más de dos millones de copias vendidas) lo llevaría a una efímera e intensa fama literaria que destrozaría su vida hasta el punto del suicidio. El desacomodo que desde mediados de los cincuenta ya lo distanciaba de los beat no se disiparía en los sesenta, a pesar de su éxito. El resto de su trabajo ha permanecido siempre bajo la sombra de La pesca de la trucha, pero persiste la actualidad de su obra, nuevos caminos de lectura.

 


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