Continuando con el  ánimo de despejar nuestras inquietudes respecto al quehacer poético a lo largo del territorio, presentamos una pequeña muestra de poesía joven de Punta Arenas nacidos en los noventa.

 

 

Andrés Azúa (Punta Arenas, 1990). Escritor y dibujante. El 2016 publica el libro de poemas El subsuelo es de la corona (La liga de la justicia ediciones). Actualmente co-dirige el taller de poesía Mecánica y Pintura junto al poeta Juan Carreño. Sus dibujos pueden ser vistos en la cuenta de instagram el.rey.del.pescado.frito


 

Imaginario flujo continuo

de una navaja que muta como el río

en tú maniquí, miniatura de conejo juvenil

me esfuerzo por enhebrar tus cejas

con resignada paciencia infinita

mientras, altivo, hasta las cenizas.

 

*

El rumor de un bosque joven
que relega al subtexto todo lo que hay
de avieso malintencionado y perverso

qué tan difícil podría ser acariciarse con el vibrato personal
un rato,
el don más íntimo
que emerge de la propia tráquea
en la fluidez de una vida primeriza

convivir con uno mismo y con las propias manos

o un complot
entre dos observadores inoportunos y desprovistos
de camuflaje, atentos al desfile de las piernas mundanas

como bichos que activan la alarma orgánica del bosque,
a su pesar

su nombre cosido sobre un delantal
tipeado por un secretario
el penúltimo de la lista, papeles
que registran algo así como el olvido

(nuestro espacio común.)

entrar para salir del registro
con nuestros nombres genéricos:
la compañía de todos los soles posibles:
ídolos de bolsillo para cruzar y trascender la cordillera

Las cosas que vimos
eran únicas e inestables
como calor o electricidad pasando por metal una sola vez.

concentrarse y
proyectar nuestras imágenes en el campo,
al otro lado de una ventana abierta en la calle
donde se intuye familiaridad,
o sobre esa montaña, en el aniversario
de nuestro sol y aire, nuestro camino precario en zig-zag
hacia el jardín colgante sobre Santiago

donde cualquier noción sobre la distancia
es bienvenida para imaginar el rumor del cerro
cuando pasa como una visión por la ventana,
o cuando se precipita –vista panorámica- como tu destino

una mentira, pero: magnetismo, al fin y al cabo
gravedad y toneladas de roca inmóvil,

un nombre anotado en un cuaderno:
condición o trámite para desaparecer de la faz

 

 

 

Mariana Camelio Vezzani (Santiago, 1994). Egresada de Licenciatura en Letras hispánicas y estudiante de pedagogía. Completa su enseñanza básica y media en Punta Arenas, donde participa de talleres literarios dirigidos por Óscar Barrientos, Pavel Oyarzun y Christian Formoso. Becaria del taller de poesía de la Fundación Pablo Neruda 2014. Junto a Samuel Espíndola, participa en la exposición colectiva “Todos cortados con la misma tijera”, en el centro cultural PerreraArte, con la instalación “El juego de las decapitaciones” (junio, 2016). Desde marzo del 2015, trabaja como asistente de edición de Ronald Kay.


 

 

estrecho de magallanes

(islas de las marianas)

 

también a esta reina debe su nombre la fosa oceánica
más profunda del mundo: la fosa de las Marianas,
situada al suroeste de dichas islas.

 

nicolás pertusato –apócrifo, quién sabrá tu nombre–
se retrataba en la esquina del cuadro más famoso de velázquez.
yo le diría así:

                descansa la pierna, tu pose imposible, nicolasito,
es el borrón más oscuro de las meninas.
yace allí también el perro ese, el mastín más bonito
sé quisieras tú despertarlo:

 

“que se vaya por mariana, la de austria” dijiste
“que le apriete los dientes, que en el vestido se envuelva el perro, en miriñaque y basquiña”.
pero tú ya sabes, pertusato,

 

que por la fosa más profunda raramente pasa un tren. sabíaslo y por eso no pediste
nunca hierro ni metal nada más quisiste entonces que la nieve

 

merced añadida de cuatro libras de nieve
diarias
algo así como un puñado para el verano de madrid.

nada de rieles:
pediste luminiscencia y peces traslucientes
para nadar la fosa más honda del mundo.
planeabas, me imagino, de tus pelos rubios a
esos peces suspenderlos,
con una vela proyectar su sombra sobre el
pómulo de la reina: de silueta y nieve cubrir su cuerpo,
lamer cada copo acuoso transparentarlo: hacer de la
reina desdichada
su negativo de cristal.

pero no irá nunca el perro por mariana, la de austria.

así que pósale, nicolasito, al pintor,
que si lo despiertas
se borra el cuadro, la nieve y el espejo.

 

km. 37 sur, isla riesco
(intuí siempre que)

 

 

guardada me estuvo siempre esta orilla
náufragos los barcos de su canal angosto
un canal de cisnes troquelados
negro su cuello que siempre supe tú lo embadurnaste negro con el carbón que a flote mantiene esta isla oscura.

ese carbón      el de los cisnes

yo creo quemó con rabia nuestros árboles
que ahora son blancos como pulidos por la sal. me
gustaría cortar las puntas con los dedos,
probar esas ramas quemadas y decir
a ciencia cierta
qué tan salada es esta madera del matorral

guardada me estuvo siempre esta orilla –me
dijiste– y aunque nunca la pronunciaste
tomé tu frase para mí:
metida en la noche de estas raíces amargas
recorrí la isla de los coigües
vi cómo quemándose el
forraje fue el incendio sin fin:
ardían las hojas     la tierra     las frambuesas
por la savia se extendió un fuego negro de raíces
ardió –me contaron– la pampa de carbón

todos los árboles saben ahora que
se llaman bartolomé gonzález vázquez sucursal
pero maría olvido     entonces dijeron
es el nombre que me guardaron.

 

km. 37 sur, isla riesco
(mariana de austria)

 

las raíces-alimañas
me miran con unos ojos fijos
de peces que no se les cansan
… paso entre ellas y mis mejillas
se llenan de tierra mojada.
de Lagar II.

 

hay zorros que viven debajo de esta casa.
socavándose grises, los engrutados,    rasguñan el piso:
huelen las suaves capas del guardainfante,
al mimbre entrelazado lo intuyen alambrado
un paraguas de cenizas.
el piyama almidonado con cera de una vela
se pliega en basquiña mientras rasguñan los subterráneos:
dicen que quemarme los dedos me abrirá
manchas de musgo en la piel.
no sé yo de crujires pero los siento escucho murmurar que
de cada árbol fotosensible ha sido siempre la tela
y que así quedan impresas en esta isla
todas las caras con sus nombres:
una genealogía de corteza prometen los culpeos
aunque aquí ya no haya ni un espejo ni un pintor.

hay zorros que viven entre los cimientos de esta casa

del piso en las rendijas hunden su lengua para aliviar
quemaduras raguñan la madera crey
endo que sobre las tablas caminan también los enanos
una maría bárbola, un nicolás pertusato.
quizá deba yo también buscarle sus faldas a la
reina zurcir o bordarle estos zorros en las enaguas,
pasarme los hilos por los dedos, pespuntarme a la de austria
volviendo la aguja hacia atrás después de cada
punto para meter el hilo por donde ya pasó antes.

bajo la madera los socavados con sus patas han dejado de murmurar
sé que duermen allí enterrados
los siento escucho respirarse
solapar una a una las tablas del piso en cada inhalación.
nada entiendo yo de crujires, pero con la lluvia en cada uno de
de esos intersticios crecerán líquenes amarillos
con ellos me haría un tocado, una pluma, una gorguera,
para luego de las epífitas envolverme
o de un coirón que no crezca.

bajo la casa un susurro siento escucho murmurar

y es que los engrutados despiertan la madera
tiemblan las hojas sus nervaduras
mientras que socavándose un zorro
lejos se vuelve un pastizal.

 


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