Un año antes de morir, en 1993, Debord  redactó un pequeño volumen, el último que publicó. Lo que sigue son algunos fragmentos de ese libro: Esa mala fama. Allí responde y refuta, mediante un minucioso trabajo documental, tergiversaciones y falsedades sobre su persona y su obra que los medios habían propagado entre 1988 y 1992. 

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El éxito social, bajo cualquier forma que fuese, no ha figurado entre mis proyectos. Por otro lado, pienso que en cierto modo me era imposible fracasar, ya que, al no poder hacer ninguna otra cosa, sin duda hice lo que debía. Pensaba lo contrario de lo que pensaba casi todo el mundo sobre casi todo, y logré decirlo de forma pública; la catástrofe anunciada de toda una sociedad demostró después que no me faltaba lucidez.

 

Conozco muy bien mi época. No trabajar jamás exige mucho talento y es una suerte que yo lo haya tenido. No me habría hecho ninguna falta, y desde luego no lo habría empleado con el objetivo de acumular excedentes, si hubiese sido rico de nacimiento o hubiese querido dedicarme a una de las pocas artes para las que quizás estaba más dotado que otros, consintiendo una sola vez en hacer la menor concesión a los gustos actuales del público. Mi visión personal del mundo no excusaba esa clase de prácticas en torno al dinero salvo para conservar mi total independencia y sin comprometerme a nada a cambio. La época en que todo se disolvía facilitó mucho mi juego a ese respecto. Mi rechazo al “trabajo” quizás haya sido incomprendido y mal visto. Desde luego no pretendí embellecer esa actitud por medio de ninguna justificación ética. Simplemente quise hacer lo que más me gustaba. De hecho, a lo largo de mi vida he tratado de disfrutar de un buen número de situaciones poéticas, y también satisfacer algunos vicios anexos pero importantes. El poder no figuraba entre ellos. Amo la libertad, pero el dinero desde luego, no. Como dijo aquel: “El dinero no es un deseo de infancia”.

 

Por lo demás, no he tenido la vana pretensión de salvar al mundo; todo lo más, pensé en ayudar a quienes consideraba mis amigos. Siempre he estado seguro de que todas las ilusiones del Este y el Oeste cambiarían sin cesar y forzosamente, en consonancia con la totalidad de los desastres y catástrofes que inevitablemente iban a acarrear.

 

Me jacto incluso si se tiene en cuenta todo lo que siempre he querido hacer en las artes y la crítica social, de no haber desempeñado nunca ninguna actividad que pudiera pasar por socialmente honrada, con la excepción de un periodo muy breve de mi juventud en el que viví muy bien exclusivamente de jugar al póquer, pero sin hacer trampas: por puro talento para la estrategia.

 

 

(Textos extraídos de “Esa mala fama”. Pepitas de Calabaza. Logroño. 2011)

 


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