“En toda mi vida no he visto más que tiempos de desorden, desgarros extremos en la sociedad e inmensas destrucciones; yo he participado en esos desórdenes” Así comienza Panegírico, libro de memorias que Debord publica en 1989.  No se trata de una apología personal, aclara. Aquí es otra la regla del juego: “Todo ocupa su lugar bajo cierta luz, más allá del bien y del mal”

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Tendré que hacer uso bastante frecuente de las citas. Nunca, pienso, con el fin de dar autoridad a argumento alguno; simplemente para que se perciba con qué han sido tejidos en lo más profundo esta aventura y yo mismo. Las citas resultan útiles en los periodos de ignorancia o de creencias oscurantistas. Las alusiones, sin comillas, a otros textos de muy reconocida fama como se hace en la poesía clásica china, en Shakespeare o en Lautreamont, deben quedar reservadas para tiempos más ricos en cabezas capaces de reconocer la frase anterior y la distancia que ha introducido su nueva aplicación. Hoy en día, cuando la ironía misma no se comprende siempre, se corre el riesgo de que a uno le atribuyan con toda confianza la cita, que además podría ser reproducida apresuradamente de forma errónea. El antiguo y pesado procedimiento de citar con exactitud quedará compensado, espero, por la calidad de su elección.

 

Al fin y al cabo era la poesía moderna, de los últimos cien años, lo que nos había conducido hasta allí. Éramos unos cuantos los que pensábamos que había que ejecutar su programa en la realidad; y no hacer, en cualquier caso, ninguna otra cosa más. A veces ha causado asombro, bien es verdad que a partir de una fecha extremadamente reciente, descubrir la atmósfera de odio y maledicencia que me ha rodeado constantemente y, en la medida de lo posible, me ha disimulado. Algunos piensan que es debido a la grave responsabilidad que a menudo se me ha atribuido en los orígenes, o incluso en el mando, de la revuelta de mayo de 1968. Más bien creo que lo que de manera muy duradera no ha gustado de mí fue lo que hice en 1952. Una reina de Francia recordaba un día en un acceso de cólera al más sedicioso de sus súbditos: “ya hay rebelión en imaginar que uno podría rebelarse”.

 

En toda clase de asuntos me he dedicado a ser tanto menos interesante cuanto mayores eran las posibilidades de que se me escuchara. En algunas ocasiones me he citado, o he dado mi opinión en cartas dirigidas a algunos amigos, firmando con nombres poco conocidos relacionados con el entorno de algunos poetas famosos: Colin de Cayeux o Guido Cavalcanti, por ejemplo. Pero nunca me he rebajado, y eso es evidente, a publicar nada con seudónimo, a pesar de lo que hayan podido insinuar a veces por la prensa, con un extraordinario aplomo, pero limitándose también cautamente a la más abstracta generalidad, algunos calumniadores a sueldo.

Cabe preguntarse, aunque no es lo deseable, a qué buen sitio podía conducirme esa predilección por desmentir a todas las autoridades. “Nunca buscamos las cosas, sini la búsqueda de las cosas”: la certeza a este respecto data de hace mucho tiempo. “Se prefiere antes la caza que la presa”.

Nuestra época de técnicos hace un uso generoso del adjetivo substantivado “profesional”; da la impresión de que piensa que en él se encuentra una especie de garantía. Si no se tienen en cuenta, desde luego, mis emolumentos, sino solo mi competencia, nadie puede poner en duda que he sido un buen profesional. Pero ¿en qué? Ése habrá sido mi misterio, a los ojos de un mundo condenable.

 

 

(Textos extraídos de Panegírico. Ediciones Acuarela & Machado. Madrid. 2009)


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