En Neltume la reforma agraria fue la más radical y representa uno de los procesos de empoderamiento obrero más exitoso el cual comienza canalizado por las primeras juventudes miristas incluso antes del gobierno de la Unidad Popular. En esta novela de Ruben González Lefno se cuenta la historia de Gregorio Liendo, uno de los dirigentes más importantes y carismáticos de este periodo, los hechos van desde su infancia magallánica, su educación en Valdivia y su fusilamiento en la misma ciudad luego de su memorable paso por las montañas de Neltume.

 

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Ocurrió la llegada del amanecer.

—Ya saben lo que cada uno debe hacer — fue la intervención de Francisco, entendida por todos como una orden.

Y más tarde  las brigadas — escasa en su origen— comenzaron a desplazarse rápidamente desde la entrada del predio, el primer lugar a ser controlado. Con prestancia, acicateados más por la decisión que por otras razones, coparon aquellos puntos considerados claves, como la turbina que producía la energía eléctrica para las principales necesidades al interior del recinto.

Liendo encabezaba a los encargaos de dominar la casa que servía de centro de operaciones, así como la pulpería, cuyos contenidos comenzarían a escasear más pronto de lo deseado.

Francisco — por su parte— se preocupó de orientar a quienes debían mantener total vigilancia desde el acceso, apoyados en la ventaja que significaba la topografía del terreno. Posteriormente la masa de trabajadores se incorporaría a la toma. Luego de un momento, después de verificar la certeza del desplazamiento de los primeros alzados, en cada uno surgía una sensación nueva, extraña, profundamente sentida pero difícil de explicar. Estaban ahora dentro del fundo, dominaban cada uno de los lugares claves y quienes debían hacerse firmes eran ellos mismo.

 

Con todo, la sensación que cada uno de los habitantes con sus familias y los jóvenes encabezados por Pepe venían experimentando, era que se había producido una atmósfera desconocida, plena de armonía fervor y sentido de compañerismo que transformaba el presente y permitía augurar un futuro promisorio y esperanzador.

***

— Entonces una mañana, me acuerdo muy bien, Francisco  se estaba preparando para ir a otro fundo. Ordenaba sus cosas, unas manzanas como merienda para el viaje y un paquete de cigarrillos.  Era lo único que había en esos días. En un momento, cuando Francisco se alejó de sus cosas para buscar algo le dio la espalda a su mochila, Pepe se acercó en silencio tomó la mochila y la ocultó debajo de una manta.

Pero  Francisco alcanzó a darse cuenta.

— Putas que jodes. Eres más molestoso que el loro Pepe que tengo en mi casa — fue la reacción de Francisco.

Y desde ese momento nadie se acordó más del nombre que debíamos decirle y todos comenzamos a llamarlo Pepe.

—Pero ¿qué ocurrió para decirle Comandante? — puntualizó uno de los jóvenes.

— Bueno, eso fue más adelante. Cuando en una ocasión estábamos en otro lugar, creo que en Neltume, y Pepe daba diversas instrucciones para los demás.

 

Dirigiéndose a Luis Pezo dijo — compañero Chamaca, usted vaya lo más rápido que pueda a buscar al compañero Vásquez de Molco.

—De acuerdo, iré de inmediato— respondió Chamaco, quien montó sobre un caballo y salió galopando.

—Usted— ordenó a otro— tiene que ir a Quebrada Honda para traer a Arístides y también a Rudemir Saavedra— que era un trabajador muy comprometido con las tomas.

 

Y dirigiéndose a un tercero, mientras contenía la risa le dijo — y usted compañero, como no tiene nada que hacer, quédese ahí mismo mirando el cielo y nos avisa cuando llegue el fin del mundo.

— A su orden mi comandante — Respondió rápidamente el aludido.

 

***

 

Fernando Krauss había dedicado su joven vida únicamente a luchar. Desde que cursaba enseñanza media, organizó, agitó y construyó organización para luchar por los trabajadores. Frente al pelotón de fusilamiento alzó su voz. Digno, valiente y ejemplar hasta el último segundo de vida. Y cuando el pelotón de soldados recibía la orden de hacer fuego gritó. Gritó por última vez enarbolando con aquel grito un ejemplo en su último combate.

— ¡Los miristas no le tenemos miedo a la muerte porque los revolucionarios mueren de pie!— gritó, agregando — ¡Pueblo, conciencia, fusil, Mir!

Un rumor se fue esparciendo en los días y semanas siguientes a los fusilamientos /asesinatos. El “pelao krauss” había gritado ante el pelotón de fusilamientos y ello impresionó a los militares de aquel pelotón y, otros soldados que custodiaban la periferia del recinto, se sintieron profundamente conmovidos.


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