Revolution for the hell of it (1968) es un libro de Abbie Hoffman que puede considerarse tanto crónica en prosa poética de la revolución yippie como arenga y guía para la subversión social.  A lo largo de sus páginas es la acción, la sátira (hasta el punto de diluir modelos de la revolución política) y la rabia lo que lleva el pulso de las palabras. La expresión yippie está emparentada con el furor, con el texto incendiario, capaz de animar a la acción.

A continuación presentamos la traducción de algunos fragmentos de su primera sección, homónima.

Revolución por el placer de hacerla. 

“Las estadísticas son hermanos y hermanas con los que hemos bromeado, discutido y calentado. Son mucho más que símbolos de la represión. Son personas de la vida real que relampaguean en mi consciencia mientras escucho a los intelectuales debatir sobre si el país se está volviendo o no fascista, o cuando observo el desfile de camisas marrones en las calles de New York. Es cierto que nuestra revolución debe nacer de la alegría, pero va a tomar más que unas cuantas bromas geniales para cambiar radicalmente esta sociedad. El arma de juguete en la portada se ha convertido en un arma real. Nunca volveré a escribir América con C, puesto que a los ojos de Amérika todos hemos sido declarados forajidos. Un conflicto armado no es solo inevitable: es un hecho, y los yippies son parte de eso. La gente murmurará, “Abbie seguro ha perdido su sentido del humor”, y cosas como esas, pero nunca entendieron la Revolución por el Placer de Hacerla. Los liberales nunca entienden a menos que sea como testigos críticos. Mao escribió que para entender una revolución uno debe participar de ella. Si quieres saborear una pera, debes cambiar la pera al digerirla tú mismo. Este libro ha sido escrito con traición en mi corazón. Ha sido escrito con el conocimiento de que las instituciones y los valores del imperialismo, racismo y la ética protestante no permiten que las juventudes experimenten una auténtica liberación. Fue escrito con la intención de hacer la diversión subversiva. Y finalmente, no se equivoquen al respecto, fue escrito con la intención de destruir Amérika.

 

*

 

 

“En una revolución se triunfa o se muere.”

Ernesto Che Guevara

“Dash, una revolución en poder de limpieza.”

De un comercial televisivo

 

¿Revolución por el Placer de Hacerla? ¿Por qué no? Son un montón de palabras falsas, al fin y al cabo. Una vez que se ha experimentado el LSD, la revolución existencial, y se ha luchado el juego intelectual del individuo en la sociedad, de la propia identidad, uno se da cuenta de que la acción es la única realidad; no solo la realidad sino también la moralidad. Uno aprende que la realidad es una experiencia subjetiva. Existe en mi cabeza. Yo soy la Revolución. El otro día tomé un poco de LSD en algún lugar de Florida Keys, donde fui con la intención de escribir un libro. Es un contexto interesante: equidistante con exactitud tanto de La Habana como de Miami Beach. Siempre te acuerdas de ese hecho porque Radio Habana es una de las estaciones de radio más claras. (…) ¿Cuáles son las directrices para la revolución cuando la casa ha sido arrojada a la deriva en un tornado? ¿Qué es de los debates entre Marat y Sade cuando los reclusos han enloquecido? Escuchen a Fidel Castro: Hay quienes creen que es necesario el triunfo de las ideas entre la gran mayoría de las masas antes de iniciar acciones, y hay otros que comprenden que la acción es uno de los instrumentos más eficientes para traer el triunfo de las ideas entre las masas. Quien duda mientras espera el triunfo de las ideas entre las masas antes de iniciar acciones no será nunca un revolucionario. La humanidad, claro está, cambiará; la sociedad humana, claro está, continuará su desarrollo, a pesar de los hombres y los errores de los hombres. Pero esa no es la actitud de un revolucionario.

NO HAY UN MÉTODO PARA HACER LA REVOLUCIÓN. La revolución está en tu cabeza. Tú eres la revolución. Haz lo tuyo. Haz lo tuyo. Haz lo tuyo. Haz lo tuyo. Haz lo tuyo. Sé lo tuyo. Practica. La práctica viene después del acto. Uno practica actuando. Billy the Kid va a paso firme con seis balas centelleando, desvaneciéndose en su espacio interior. ¿Qué encuentra? Otro Billy the Kid a paso firme con seis balas centelleando, desvaneciéndose en su espacio interior. No hay regla alguna, solo espejismos. Solo un sistema tiene límites. Eichmann vive por las reglas. Eichmann, mecanizado, retorciéndose nerviosamente, arreglando sus lentes con marco de acero, toma su pañuelo pulcramente doblado del bolsillo de su traje de franela gris y trapea su sudorosa y calva frente. (UN INGENIERO EN ELECTRICIDAD: “Mi objetivo en la vida era un memorando rosa. Uh…” tartamudea, “discúlpeme, mi objetivo en la vida era un memorando rosa los martes, los miércoles era un memorando azul… Es difícil recordar con exactitud. Sí, sí, así era. Memorando rosa los martes, memorando azul los miércoles.” Eichmann deja salir un hondo suspiro de alivio, con una pequeña sonrisa, cuidadosamente vuelve a doblar su pañuelo para guardarlo en su bolsillo. “Era un arribista”, (lentamente), “solo preparaba mi muerte.” Tras Billy the Kid está Abraham. Gran anciano de 9.000 años, a paso firme a través de las tierras desérticas, el sudor aplastado contra su ceja por un antebrazo tostado de vellocino dorado, el mismo vellocino que cuelga de su cabeza y rostro en cascadas de tiempos difíciles. Dios dice, “Abraham, lleva a tu amado hijo Isaac hacia la tierra de Moriah y ponlo sobre el altar y haz de él un sacrificio.” Y Abraham tensa sus puños, aprieta sus dientes y llora, ¿cómo sé que es Dios el que nos ha guiado a mí y a mi gente todos estos años? En su interior lo sabe porque Él es Dios, es decir, un Hombre y no una máquina. Se despide de Sarah, a quien ama sinceramente, y camina, sosteniendo la tierna mano de su hijo, las tres millas hacia Moriah. Pone a su hijo sobre el altar cuidadosamente preparado, lo amarra y amordaza para demostrar que lo ama, y aun así no necesita hacer eso porque el muchacho ama también a su padre y no necesita amarres. No habrá dolor. Entonces Abraham unge a su hijo con agua bendita que ha llevado consigo de pozos benditos y recita unas cuantas plegarias rituales, murmurándolas porque hace tres días, cuando habló con Dios, ya había decidido que haría lo que tenía que hacer. Posa su mano izquierda sobre los ojos de su hijo, alza en el aire el largo cuchillo usado con destreza, envenenándolo para su última caída. Una caída, rápida, puesto que el acero en su poderoso brazo armado no necesita sino una estocada sobre el cuerpo frágil del chico. “Abraham, soy tu Dios.” Se desploma, agotado por la alegría. Fue un orgasmo de la consciencia, palpitante a través de filas y filas de humanidad.

Confía en tus impulsos. Confía en tus impulsos.  CONFÍA—CONFÍA CONFÍA—CONFÍA—CONFÍA—CONFÍA—CONFÍA—CONFÍA—CONFÍA—CONFÍA

Prueba

Prueba

Prueba

Relájate

El problema con el liberalismo y con las mentiras de la clase media DOT—DOT—BEEP—BEEP es que leen el mito al revés.

“Dios está muerto,” lloran, “y lo hicimos por nuestros niños.”

Un verdadero revolucionario esculpe la revolución a partir de una Roca de Granito. Ho Chi Minh se arrastra a través del barro arrocero en el delta del Mekong hasta llegar a la bifurcación en el camino. Un camino, por lo demás, que él y solo él construyó. El escenario está en tu cabeza. Tu cabeza es una roca de granito de impulsos neuronales, consigue dinamita si lo necesitas. Billy the Kid arranca su moto camino abajo esos impulsos neuronales y se estrella enloquecido, los cambios se atascan, su pistola cae desde su costado en el impacto, la Harley-Davidson de cromo plateado se encabrita en sus ruedas traseras. Oop! Zarpa desde su moto recia arrojado hacia su espacio interior.

La gente comentaba que era un niño tan bueno.

¿Por qué recuerdo la época en que Billy solía disfrutar correr desnudo desde la poza a través del pueblo, todavía goteando?

No exactamente una Lady Godiva, he de admitir. Billy sí que era sensual en esos días.

“Ya no lo entiendo, debió volverse loco.”

Sí, seguro, eso fue, debió enloquecer. Billy el loco conchesumadre.

“Billy regresa, regresa. Billy, Billy, Billy.”

¡Vamos Billy! ¡Vamos! ¡Vamos! Billy partió. No necesitamos líderes, solo porristas. ¡Vamos Billy vamos! ¡Haz lo tuyo! ¡Dales con todo!

Fidel se sienta en el costado de un tanque tronando hacia La Habana el día de Año Nuevo. Su ejército verde viste uniformes saqueados a la Free Store de Batista, enviados  por John Foster Dulles, quien, añadiendo un toque de creatividad a la idea de su primo Eichmann, decidió que si todos en Latinoamérica vestían uniformes del Ejército Estadounidense, todos los problemas se resolverían. John Foster Dulles era un Yankee ingenioso. El fusil de Fidel yace como una pluma mecida en sus brazos fuertes. Las muchachas lanzan flores al tanque y se apuran para jalar juguetonamente de su barba negra. Él se ríe alegremente y pellizca algunos traseros, ya que es un soldado y a ellos les gustan esas cosas, ya sabes. El tanque se detiene en la plaza de la ciudad. Fidel deja que el arma caiga al suelo, sacude sus muslos y se para erecto. Es como un grandioso pene volviendo a la vida, y cuando es alto y derecho, la multitud inmediatamente se transforma.

 


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