Soledad Bianchi se preocupó, durante su exilio, de estudiar y difundir la poesía chilena de la época. Fruto de este trabajo realizó la antología Entre la lluvia y el arco iris, Antología de jóvenes poetas chilenos (Ediciones del Instituto para el Nuevo Chile, Rotterdam), En la cual se incluyen 17 poetas nacidos 1941 y 1961. A los seleccionados se les pidió una presentación de su obra.

A continuación presentamos lo escrito por Gonzalo Millán, el más joven entre los seleccionados.

 

Hacia la objetividad

Después de Relación Personal (1968), mi poesía tiende a una mayor objetividad. En la breve serie de poemas del “Ouróboros” que cronológicamente sigue a Relación Personal se reduce lo sentimental y lo confesional. Allí un proceso de ensimismamiento extremo culmina en el desdoblamiento.

En mi poesía ha existido siempre una relación recíproca entre imaginación y realidad externa. Sin embargo, habrá en adelante una preocupación mayor por cosas y objetos, por lo urbano y lo material. Aunque nunca he tenido libros favoritos sino más bien atmósferas, poemas y versos predilectos, dos libros me fueron importantes temprano para la clarificación y el desarrollo de mi visión del mundo: las Residencias de Neruda, y Poeta en Nueva York de García Lorca. El concepto nerudiano de “poesía impura” alentó y encauzó mi preferencia por objetos y realidades tradicionalmente antipoéticas.  La visión de multitudes alienadas de Lorca, orinando y vomitando gregariamente, me hizo ver la megápolis contemporánea como la concretización esencial de la sociedad industrial. Por esa época también aprendí de la obra de Rimbaud a preferenciar el uso de la identidad y a menosprecias la comparación.

Tan importantes como las obras anteriores fueron para mí dos poemas de William Carlos Williams, leídos en traducción cuando andaba por los 16 o 17 años. Se trata del conocido “The Red Wheelbarrow” y de “Between Walls”. La imagen de este último poema: “Los trozos verdes de una botella brillando en la ceniza entre las murallas de un hospital”, me sigue obsesionando todavía.

Mi atracción por la objetividad me condujo después a la poesía oriental: la poesía china y el haiku japonés. La práctica del haiku es una escuela de concentración, dice Octavio Paz. De la poesía oriental aprendí el valor de la sugestión, el humor, el uso de una forma simple pero plurivalente, y a evitar los vicios de la explicación y la reiteración.

Simultáneamente esta búsqueda me llevó a la poesía anglo-americana, a Williams primero y a su concepción del poema como una máquina compuesta de palabras, sin elementos superfluos; y más tarde a los Imagists (imaginistas), Hulme, H. D., Pound, etc… De Pound me interesó su concepto de phanopoeia (proyección de imágenes sobre la imaginación visual) y sus “Don’ts for Imagists”. Pero a su imagen ideogramática demasiado fría y estética he preferido siempre la yuxtaposición más contrastante y enérgica de los post-simbolistas franceses como Cendrars y Apollinaire, y algunos expresionistas como Tralk. Por último, ya fuera de Chile, descubrí a los poetas objetivistas norteamericanos, Reznikoff, Zukofsky, Oppen, Rakosi, etc., cuyas obras estoy actualmente traduciendo al español y espero publicar pronto una antología.

Además de la importancia dada a la imagen, he compartido con la poesía oriental y anglo-americana, en mis composiciones breves, el habla lacónica, la economía verbal el ritmo natural, la claridad, la intensidad y la concepción del poema como un intervalo lucido (como “epifanía” en el decir de Joyce), momento en el cual se concentra y cristaliza la experiencia o visión.

Sin embargo, estas técnicas a las que aporte cierto apasionamiento e ironía, de temple más expresionista, se me aparecieron muy luego como limitadas. Los momentos excepcionales donde la verdad se revela crean una realidad discontinua y demasiado excluyente. Se me dio la necesidad entonces de crear una poesía basada en el chronos, el tiempo histórico, y ya no en el kairos, la ocasión favorable.

Así nació La ciudad que se inscribe en una corriente poética contemporánea de tema urbano que tiene sus fuentes en la “Horrible vie! Horrible ville!” de Baudelaire, en las ciudades de Rimbaud, Verhaeren, Apollinaire, Guillevic, los libros de Neruda y Lorca ya mencionados, en el Chicago de Sandburg, el Paterson de W.C. Williams, el Londres de H. D., Eliot y H. W. Auden, las ciudades rusas de Mayakovski, las ciudades apocalípticas alemanas de Heym y Benn, las ciudades italianas de Antonio Porta, la ciudad chilena de Alfonso Alcalde.

El uso preferencial de la imagen autotélica (independiente) y de la metáfora absoluta procedentes de la vida cotidiana, me llevó a resolver el problema del simbolismo. La elección de objetos naturales como símbolos, trabajados con exactitud y precisión visual, permite lograr concreción y realismo. La impersonalidad, el distanciamiento de la poesía objetiva, no significa de ningún modo un retorno a las premisas clásicas. Se trata de una objetividad contemporánea, donde la concreción, el realismo y la mecanización, paradójicamente producen irrealidad, donde el caos regular y repetitivo de las dictaduras de cemento conduce a la fantasmagoría.

Creo que hay coincidencias temáticas entre mi poesía y el movimiento pictórico pop; en la elección de imágenes de medios de comunicación de masas (la historieta) y de objetos de usos de la sociedad industrial: automóviles, refrigeradores, alimentos, viviendas, etc. Que funcionan como símbolos de estatus. Además hay coincidencias técnicas como la supresión, condensación, fragmentación, repetición, seriación. Sin embargo creo que esta afinidad es mayor con la corriente pop inglesa que la norteamericana, ya que en la primera persiste, como en mi poesía, cierto subjetivismo. En mi poesía, a diferencia del pop, no existe neutralidad ni aceptación, existe una visión crítica, antagonista y negadora, una rebeldía a los valores del sistema establecido. Sistema “paterialista-idealista”, obsesionado con el Edipo que menosprecia la materia y está destruyendo el planeta, que maquiniza la existencia, disciplina el tiempo, hace de las mujeres y los hombres cosas y de ciertos objetos ídolos y fetiches.

El realismo irreal de la poesía objetiva da un correlato de “mirage brutal, la cité, ses gouvernements le code”, del que hablaba Mallarmé, pero esta vez enfrentado y evadido. El poema-objeto, visual y concreto, podría ser el equivalente en el plano verbal del poema objeto de los surrealistas, y los poemas encontrados que forman parte de mi obra podrían corresponder a los ready-made de Duchamp. Las inclusiones de frases y definiciones  de diccionarios, artículos de enciclopedias y fragmentos de textos especializados tienen este sentido. Esto implica que, como en el caso de los ready-made, el acto de elección y descubrimiento de los materiales, preexistentes es para mí una parte importante del proceso creativo.

Por otra parte, me interesan particularmente las relaciones de la imaginación (donde incluyo la religión y los mitos) con el mundo material, fenómenos tales como el fetichismo, la reliquia, la idolatría de la sociedad actual. También la cualidad que llamo “abismante” del objeto, su irreductibilidad y misterio, en relación con la percepción y la ultrapercepción  (visiones del “más allá de la materia” por medio de estados llamados místicos o inducidos por drogas). Esta investigación tiene su correlato en los estudios de la física contemporánea.

La objetividad no es deshumanizada ni deshumanizadora. La poesía es lenguaje, efectiva comunicación humana. Aunque se hable de objetos, el hombre nunca está excluido, la humanidad está siempre implícita. La objetividad tiende a reducir la excesiva individualidad. Como decía Ponge, la objetividad corrige una visión demasiado antropocéntrica.

La objetividad tiene un campo fecundo de expresión en Latinoamérica. Nuestro estado de dependencia, desde la conquista hasta nuestros días, es regido y se expresa por medio del movimiento de exportación de nuestras materias primas y la importación de productos manufacturados. Estos objetos llegados del imperio que las burguesías criollas importan, adoran e imponen como símbolo a las mayorías del continente, nos son doblemente extraños, doblemente abismantes. Desenmascarar ese objeto y nuestras actitudes hacia él es empezar a revelar nuestro verdadero ser.

Gonzalo Rojas fue y sigue siendo mi querido maestro. A él debo, entre otras cosas, la consideración de la poesía como conducta, la necesidad del creador de asumir una postura estético-moral y estético-política siempre solidaria con el hombre. Él ha señalado que la poesía “cosalista” o de preocupación material tal como aparece en la Mistral de Tala y en los “Tres cantos materiales” de Neruda, “es la mejor línea de continuidad de la poesía de Chile, signo caracterizador de la poesía nacional”. La poesía objetiva no hace más que continuar esa línea.

 

 

 

 

 


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