Les presentamos íntegro el cuento falso de Gonzalo Millán, publicado en la colección Ahora de la revista Cuento Latinoamericano. El cuento corresponde, probablemente, al primer capítulo de su novela Chumbeque, la cual nunca publicó.

no manda marinero

En julio Laura me pateó con uno de sus domingueros zapatitos de tacón rockandroll; adujo con una mueca pintada de rouge rosado con gusto a menta que yo no era el mismo de antes.

En agosto colgué la chaqueta azul y los pantalones grises del uniforme en el closet y en adelanto no me despinté los bluyines ni el chaquetón naval de botones con anclas. “¿Y qué va a ser de ti?”, preguntó mi madre con desesperación de radioteatro. Fruncí los hombros con exageración y me revisé las uñas para indignarla.

Amenazó con escribirle a mi padre contándole lo de la eliminación del liceo y la repetición de curso. Pero no lo hizo. Junto con el dinero de todos los meses no vino para mí ninguna nota.

Me conseguí una pega en una casa de remates. Pagaban poco por plumerear trastos viejos y tener vivo el ojo en las subastas, pero lo bastante para alojar una cajetilla diaria de hilton en el bolsillo interior de la chaqueta, no faltar a los rotativos del barrio ni a los juegos diana, donde dejaba tardes y noches en los fliper, oprimiendo botones con pericia de ascensorista para evitar el tilt y así perder el tiempo y ganar horas de juego gratis. Empecé a contestar las preguntas que se me hacían con dos días de atraso. Estuve varios días encerrado en la casa, encima de la cama fumando hasta que la vieja llegaba de la oficina. Entonces apagaba la radio y me peinaba para salir a la calle. Me percaté de que el martillero me había despedido hacía dos días. Decidí no me haría mal la disciplina militar, pero cuando fui al servicio médico de reclutamiento dije al doctor que me encaraba que tenía amnesia. Me enterró un dedo en el ombligo y dictó al asistente, no apto.

Me quedó algo de primavera y todo verano disponible. Vendí en una librería de viejo las novelas de cauboys, de espacio, las policiales, una colección casi completa de gol y gol y estadios. Te pasé a ver a tu casa para que me prestaras un poco más de plata.

Había escrito en el espejo del baño con lápiz de cejas una nota para la vieja. Me acompañaste a la casa de Laura; su ventana estaba cerrada, silbé, lancé piedrecillas, pero no abrió. Le escribiría de allá aunque estuviéramos peleados. Y antes de despedirnos te propuse que anduvieras con ella por mientras yo volvía, para que la cuidaras.

Salí a la Panamericana e hice dedo. Mantuve en el olfato el olor dulzón del maní confitado frito en las sartenes de los buques de lata, y en los oídos, el redoble de los lustrabotas golpeando con las escobillas en los lustrines, los acordeones, violines y panderetas de los ciegos de Santiago, hasta La Calera. En adelante los reemplacé por el bullicio de los vendedores que rondaban las estaciones de servicio y los paraderos de buses ofreciendo los alfajores, botellas de miel de papaya, tortas de higo y nueces, turrones, arropes de uva.

El mar desde hace un tiempo siempre a un costado me refrescaba los ojos rojos de cerrarse a ratos. Detuve a un camionero que usaba un chaleco de lana con un ciervo en el pecho. Entreví Antofagasta desde la cabina del camión y llegamos a Iquique al atardecer cuando el sol doraba extensas dunas de arena. Había oscurecido y en el mar noté las luces de los barcos continuando las hileras de faroles de las calles. El hedor a harina de pescado escapaba de las chimeneas de las fábricas, trascendía las ropas hasta que hacía su cubil en las narices sin que no lo notara, Arrendé en una pensión una pieza, un hueco donde había un catre entre la puerta y tres tabiques que no llegaban al techo. En los bares, en los restaurantes, gringos, griegos, japoneses, suecos, chamullaban sus idiomas entre marinos aindiados, rotos barbones y pescadores con pringosos chalecos de lana. Me bebí una pilsener tras otra luchando por conservar a codazos mi lugar en los mesones. En las esquinas cantaban canutos con guitarras y acordeones.

Los vurlitzer tenían adentro monedas para tocar estruendosos discos por meses. Lo único que conseguí fue marearme y devolví  todo apoyado en una muralla. Me sentí mejor a oscuras, tendido en la cama.

Al otro lado de uno de los tabiques escuché hablar chino o japonés, vaya a saber uno. Un hombre y una mujer. Enseguida empezó a sonar el somier, empezaron a estremecerse las paredes, a temblar el piso, a jadear la pareja. Cric crac, cric crac y gemidos y ayes, suspiros, gritos. Me tapé los oídos, envuelta la cabeza en la almohada, pero cric crac seguían. Huí a la calle, caminé hacia los muelles. Fumando miré los lanchones, las pequeñas luces prendidas en los mástiles de las goletas. Un hombre salió de la oscuridad y me pregunta qué hacía. Le expliqué para su regocijo lo de los chinos y entramos en conversa. Era sereno de las bodegas. Casi sin distinguirle a la cara le conté a qué había venido a Iquique. Me ofreció ayuda. Tenía conocidos en la compañía pesquera que a mí me interesaba. “Hay que esperar que haya una vacante”. Pero la gente se mueve mucho, agregó. Había trabajado en las salitreras. Pertenecía a una cofradía y declaró tener los pies adoloridos de tanto ensayar los bailes para la Tirana. Me dio su dirección y me fui a acostar seguido por perros vagos. Los chinos dormían y no desperté demasiado temprano. Haciendo trámites en la gobernación se me fue la mañana y gasté un cuarto de hora de la tarde buscando la casa del sereno.

Almorzamos junto con su mujer y sus cuatro niños. Le había hablado de mí a un compadre. Me responderían con los papeles de la gobernación en la mano y después de un examen médico.

Juanito durmió la siesta un rato, se puso unas sucias zapatillas de gimnasia y antes de irnos sacó de un ropero traje de piel roja de su cofradía. Me mostró el airón de plumas coloreadas que casi llegaba al suelo, los pantalones con flecos, tachonados de lentejuelas, la camisa con los colores del arco iris. Nos separamos, él a ensayar y yo a una fuente de soda donde compré una botella de pilsener. Pagué el envase y me fui con el traje de baño debajo del pantalón a la playa. Antes de entrar al agua enterré la botella en la arena, donde la empapara la marea y le puse encima una concha para ubicarla al regreso. Nadé sin mirar atrás en el agua tibia. Cuando me hallé lejos de la playa descansé flotando con los brazos y piernas abiertas, los ojos cerrados. A la vuelta desenterré la botella, la abrí con mi cortaplumas y tragué la cerveza borrándome despacio el gusto salobre de la boca. Aguardé que el sol me secara y entonces fui al baño del casino y oriné largo y espeso en la botella vacía. La envolví en una hoja de diario y con ella en el bolsillo fui al examen de orina.

Al quedar libre me detuve largo rato ante un gráfico que indicaba los nombres de los barcos, de sus capitanes y rendimientos.

En la noche acompañé a Juanito en el muelle hasta que me dio sueño. Cuando no tenía turnos ni ensayo de la cofradía nos íbamos a pasar el día a la playa. Toda la blancura de mi piel se me ocultó bajo el traje de baño. La cara se me peló y otra piel me afloraba y ésa ya se me iba a caer a pedazos cuando me llamaron de la compañía.

El despertador prestado por Juanito tocó la campanilla a las tres de la mañana. Me tragué dos pastillas contra el mareo escuchando los ronquidos del par de chinos.

Aún era de noche y el mar era una bruma. Divisé un borroso grupo de hombres al extremo del embarcadero y caminé hacia ellos. Al nombrar como si fuera una contraseña el Escalona, asintieron. En una semirrueda silenciosa el grupo atendía al chapoteo proveniente de bajo los pilotes o chupaba cigarrillos que semejaban frágiles astillas humeantes entre los dedos. Después de investigar la niebla una vez más, sumé como los otros un escupo a las cáscaras de naranja resecas y excrementos blancos de gaviotas que cubrían los tablones aceitosos de la planchada.

Me observé con disimulo, mi altura no era menor, pero mi torso no alcanzaba la mitad del ancho de ninguno de ellos. Me refregué la cara y la sentí húmeda por la niebla. Percibí un lejano zumbido que fue enronqueciendo. La pinta de una lancha enfilaba hacia nosotros. Atracó sin detener el motor, meciéndose. Descendí tanteando en mi bolsillo el frasco de píldoras contra el mare. Luego de un brusco y acelerado caracoleo nos dirigimos hacia el barco.  La lancha se detuvo y los hombres treparon por una escala de cuerdas. Trepé con medrosa agilidad. Arriba el cielo cedía ssuciamente. Apenas puse los pies sobre la cubierta, todo principió a balancearse como si hubiera descontrapesado el barco. La vista me onduló y apreté los dientes para no marearme. Descendí tras los demás a los camarotes. Me recosté en un camastro y enseguida que el barco empezó a moverse me tragué tres píldoras más contra el mareo. Todos roncaban. Intenté dormir pero me lo impedía la vibración de los motores. Subí a cubierta y rodeé la rodela y la torre de mando. En la cofa el medio cuerpo de un hombre avizoraba el agua cenicienta y undosa. Recordé que como a esta hora sonaba el despertador del aura puesto para estudiar antes de irse al liceo. La vi yéndose contigo al paradero, peinada y con la falda azulmarino cada vez más corta y en vez de mi nombre escrito con lápiz pasta en su bolsón, ahora el tuyo en el cuero. Ambos colgando en la pisadera de la micro, donde también va a la oficina mi madre y más tarde los dos saludándola, preguntándole por mí, si ha tenido noticias mías y ella inventando una denuncia de fuga a carabineros, fingiendo ignorar donde me encuentro.

Gritaron que el desayuno estaba listo y me incorporé a los que despertaban.  El capitán, un hombre grueso y de frente espaciosa, ya estaba en la cabecera de la mesa. Saludó ausente casi sin alzar los ojos y prosiguió comiéndose unos huevos. Nadie abría la boca sino para masticar ruidosamente y tragar soplando el café hirviente. La mirada somnolienta del capitán se levantó de la taza que mantenía en la mano y se mantuvo fija en mi rostro… Yo detuve lo que mascaba para tragar algo de saliva y también me lo quede mirando. Dio un sorbo a su café. Hice desaparecer garganta abajo lo que mantenía en la boca y tragué un poco más de saliva. La mesa estaba casi limpia y se habían encendido cigarrillos. Entonces oí que alguien preguntaba cuál era mi nombre. Separé los labios de la taza y los vi a todos esperando respondiera la pregunta. Percibí un silencio parecido al que precede la caída de un ancla. Farfullé mis dos apellidos y el capitán movió la cabeza asintiendo para sí, satisfecho. Intuí que me haría otra pregunta y me aclaré inquieto la garganta. Pero no alcanzó a pronunciarla.

Se oyeron timbres y una campana, un hombre entró excitado en la cabina. El barco cambió de dirección y el capitán volvió alerta la cabeza. Después vaya a verme, me ordenó, de pie, apenas eludiéndome.

El cielo estaba luminosos y había una gran cantidad de pájaros. De largos baúles sacaron botas que cubrían hasta los muslos, tiesos chaquetones de ule amarillo y gorras con largas viseras hacia la nuca. Dispuesto corrí sin saber qué hacer. Pidieron ayuda para lanzar la red. Todos se desplazaban con gran rapidez, gritando, insultándose, pero sin desorden. Los pájaros volaban estridentes cada vez más bajos; las bandadas de patos cruzaban graznando casi al nivel de la cubierta y las demás aves subían y bajaban chillando y revoloteando con un estruendo insoportable. Empujaron al agua la panga que descansaba sobre un alto de redes y un hombre puso el motor en marcha. Unida a la red por un cable trazó a toda velocidad una amplia circunferencia. Tras ella los flotadores fueron cerrando la onda bolsa. Se pegó al casco y cayeron a la cubierta las cuerdas que jaladas de arriba cerrarían la red por completo. La lancha se despegó y con el motor rugiendo acelerado al máximo atravesó el agua hirviente de peces para saltar por sobre los bordes de la red. Rodeó el barco y fue a detenerse al extremo adverso del cardumen, para que amarrada por un cable sirviera de contrapeso a las toneladas de peces que bullían y ya inclinaban el barco. Las cuerdas arrojadas a cubiertas fueron introducidas en unos rodillos dentados con manivelas, que reconocí debido a las advertencias de Juanito con cierto terror. Uno de los hombres comenzó a girar una de las manivelas, hinchados los músculos de los brazos, tensos los tendones del cuello, sosteniendo una hermosa red pesada por el agua y las toneladas de peces. Hay que ganar red, gritaron y corrí a ayudar. Cada centímetro de malla puesto sobre cubierta alivianaba el trabajo de las máquinas y disminuía el riesgo de que las cuerdas se cortaran. Engarfiados los dedos en los agujeros de la red, tirábamos hacia arriba con grandes enviones. Los trozos de nilón cuadriculado se escurrían resbalosos bajo los pies y había que recuperarlos. Los dedos ardían. Los hilos me rebanaron la punta y los dobleces de las falanges. Al rato se me tiñeron de rojo, y la sangre desteñida por el agua me llenó las manos. La red entretanto trepaba después de pasar por los huinches hacia la roldana pendiente del mástil, de donde caía en la popa para ser recogida y plegada. Dos lobos de mar saltaron limpiamente por sobre la red y desaparecieron en el agua. Los pelícanos plegaban sus alas, encogían el pico y caían de cabezo o espaldas, dando volteretas sobre el cardumen. Los patos se clavaban y desaparecían bajo el agua con surtidores, después afloraban flotando sus cuerpos con los cuellos cercenados. Aullaron ferozmente las sirenas del barco y dos hombres empezaron a golpear el agua con grandes sopapos metálicos causando asordadores cañonazos. Los pájaros se elevaron chillando de pavor y revolotearon alejados por un momento  de la pesca.

Me encargaron llamar al que manejaba los huinches. Toma, me dijo e indicó la manivela lustrosa de sudor. Al cogerla la fuerza me llevó los brazos y me los agitó como los de un pelele. Recordé las historias de las manos hechas pulpa al ser cogidas por los rodillos. Sentía las venas hinchadas como gusanos corriéndome por el cuerpo, las sienes latiendo, la cara agolpado de sangre. Me colgué oponiéndole todo el peso del cuerpo, la manivela vaciló y luego prosiguió cediendo. Noté cómo se me resbalaban las manos y esa fuerza atraía fatalmente mis dedos.

Estamos perdiendo red, oí que gritaban. Me dolían los dedos de los pies al apretarlos enarcados a través de las suelas contra el piso. Había cerrado los ojos y veía pavorosas luces, explosiones de polvorines, cascadas de peces derramándose del cielo en mi cabeza, barcos dándose vueltas de campana, choques de ballenas en celo…

Algo me estrelló y caí rodando por el suelo. Abrí los ojos. Mi padre rojo de rabia insultaba a diestra y siniestra preguntando quién me había puesto en los huinches. Otro hombre recuperaba red y los rodillos comenzaron a moverse con lentitud en sentido contrario.

Permanecí agotado en el suelo sin reparar en los chorros de sudor que me corrían por el rostro, aturdido por el estruendo, saboreándolos como si fueran agua. La lancha rugía a toda máquina y las sirenas aullaban una y otra vez y una y otra vez para espantar las bandadas de pájaros que volvían y caían tenaces sobre los peces. Los estampidos de los sopapos me reventaban los oídos y el agua fría, brillante de escamas, chorreaba por mi chaquetón y gorra de hule. Los hombres gritaban a los pájaros, les sacaban la madre, se la sacaban entre ellos y los pájaros graznando volvían a la carga como una nube de estruendosas e insistentes moscas. Intenté ubicar a mi padre, pero me gritaron al oído hay que ahorcar la red y me vi con un trozo de cuerda en las manos. Con ella trepé hacia la roldana por la malla colgante y anudé la red. Me iba a dejar caer cuando noté que una de mis manos estaba cogida en la atadura. Tironeé frenético desollándome la muñeca contra la cuerda. El quejido rasposo de piedra de amolar me llenaba los oídos. Separé los pies que tenía clavados en la red y me dejé colgar con todo mi peso.  Caí rasmillándome la cara, choqué pesadamente contra la cubierta y rodé con un repentino dolor en un pie. Con una mejilla contra la madera mojada y fría me cogí la cabeza con las manos. Me zamarrearon con violencia y ayudaron a incorporarme.  Muy cerca de mi rostro vi la cara encolerizada de mi padre, que fuera de sí abría y cerraba la boca y me trataba de imbécil. Me deshice de su mano que aferraba mi hombro y atontado caminé hacia la popa. La lluvia que caía de la red me velaba los ojos y lavaba las manchas de sangre de mi chaquetón. Tomé lugar en la cadena de hombros que atrapaban y apilaban ante sus pies la red que descendía floja de la roldana. Estiraba los dedos, los enredaba en la red, la atraía hacia mí, la doblaba contra el cuerpo y la dejaba caer. Venían menudos pees clavados por las agallas y patos como estropajos, ahogados al cogerse la cabeza en la red. Presentí que luego no podría inclinar más la espalda. Deseaba caer de rodillas, cerrar los ojos y echarme en cualquier parte.

La red era ahora una espesa y pesada bolsa repleta de anchovetas. Lanzaron en medio una gruesa manguera de succión y los peces subieron vivos mezclados con agua a estrellarse contra una rejilla. El agua seguía de largo y los pescados resbalaban agonizantes a la bodega abierta. Otra manguera empezó a arrojar al mar el agua espesa y sangrienta. En el agua junto al casco se extendió una gran mancha roja. Al disminuir los peces se volvió rosada hasta casi desaparecer.

La lancha soltó su marra, rodeó el barco sin apremio y fue izada a bordo. Me despojé de las pesadas botas y el chaquetón sin cuidarme dónde caían. Me tiré en la cama. Eran solamente las diez de la mañana. Los timbres y campanas sonaron apenas había puesto la cabeza en la almohada. Me golpearon en los riñones y me senté al borde del camastro cubierto el rostro con las manos. El barco daba bandazos tras otro cardumen. Al incorporarme la náusea me atrapó por las tripas. Vomité ruidosamente doblado en dos y caí de rodillas en el piso. Busqué en el bolsillo el frasco y me eché un puñado de píldoras a la boca. Subí afirmándome en las paredes. Tenía el tobillo hinchado y corrí cojeando a ponerme el armazón de hule. Me encargaron hacer funcionar los sopapos. Y alcé y dejé caer las pértigas con las semiesferas. Cada estallido me repercutía en la cabeza. Todos los pájaros aleteaban chillando en mis oídos. Las sirenas bramaban como fardos en noches de tormenta. El moto de la lancha rugía y crujía la roldana alzando la red.

Principió a caer en un chorrito rojo que se tornó más grueso y extendiéndose tiñó el agua de sangre. Los motores roncaron monótonos.

Llamaron a almorzar. Yo no tenía hambre y me acosté de nuevo, pero antes me hicieron limpiar mi porquería.  Mientras dormitaba me pareció distinguir la figura de mi padre junto a la cama.

En la tarde pescamos dos veces más y no se continuó, porque ya no había lugar donde guardar pescados. Ya atardecía cuando iniciamos el regreso. El barco estaba cubierto de sangre helada y escamas. Me arrastré por los pisos fregando y raspando. Apenas podía alzar los baldes de agua y la saliva se me caía de la boca. Cuando se avistaron las luces de Iquique mi padre me mandó llamar. Entré casi sin golpear a la cabina y me dejé caer en una silla. “Quiero irme”; le dije sin mirarlo. Y un dolor que no era de los dedos partidos, ni del tobillo y una tristeza que no tenía que ver con el cansancio me hizo rechinar los dientes. No lo sentí hasta que estuvo junto a mí, y cuando su mano lenta y grande y desconocida me refregó el pelo hasta hacérmelo doler, me cubrí los ojos con un brazo y dejé que el pecho se me encabritara hasta soltar convulsivamente lo que me hería en la garganta y esperaba pujante y ardoroso tras los ojos. Me pasó un pañuelo, salió de la cabina y oí que pedía bajaran la lancha. Volvió cuando ya tenía la cara seca y me fumaba un cigarrillo. Me pidió que le hablara de mí, de mi madre. Después que lo hice, tomó una fotografía de encima de su escritorio donde había una mujer joven cogida de su brazo en vez de mi madre y me la pasó. Me confesó que ella estaba esperando un hijo. Golpearon para avisar que la lancha estaba lista. Me preguntó si todavía quería irme. Le dije que sí. Se interesó por saber dónde alojaba. Le conté de Juanito, de la pensión. Me dio la dirección de su casa, que iba a ir a ver a su mujer y que lo esperara allí, él bajaría dentro de una semana. Le dije que a lo mejor estaría en Santiago cuando él volviera. La vieja debía estar preocupada. No le habría escrito.

Su barba me rasmilló la mejilla al despedirnos. Me volví para contemplarlo acodado en la barandilla, viéndome cobrar distancia, cada vez más pequeño, haciéndome señas con la mano, después sin un gesto.

Al otro día fui a ver a Juanito mientras éste saltaba causando nubecitas de polvo al compás de un pito, cojeando a su lado le conté todo. Me propuso acezante que fuera con él a la Tirana. Pero qué Tirana ni ocho cuartos, lo único que quería ahora era ver a Laura y darte un combo en el hocico si te habías tomado demasiado en serio lo de cuidarla. Antes de volver a Santiago, toqué el timbre en la casa cuya dirección me había dado mi padre. Salió ella, la misma de la fotografía, a abrir y me preguntó qué quería.

“Soy su hermano”, le expliqué, señalando la panza hinchada, y entonces le puse en las manos el ramo de flores.

FICHA: Gonzalo Millán nació en 1946, Santiago. Ha publicado un libro de poesía: “Relación Personal”, y poemas en revistas Atenea, Trilce, Arúspice. Ha obtenido varios premios, entre otros el “Pedro de Oña”. Estudió castellano en la Universidad de Concepción, y actualmente completa su licenciatura en literatura en la Universidad de Chile. Prepara un libro de relatos y una novela.


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