1.

 

Podríamos pasarnos un buen tiempo más de lo que quede del mundo hablando de poesía sin la necesidad de definirla con precisión; y aun cuando sabemos que, digamos, 90 de 100 veces usamos la palabra como una convención aproximada, esto no nos aproblema ante la demanda práctica “real” que produce en nosotros, sea como lectores, escritores o críticos. Cada uno de nosotros tiene más o menos definida una noción de lo poético, y esta bien puede no ser la misma, y no es realmente de gran importancia en términos operativos. Porque claro, sabemos que hablamos de algo que existe, que está presente en la historia de la sociedad a la que pertenecemos -al menos como hijos de la cultura que se ha extendido en dirección occidental. Podemos, incluso, reconocer lo poético en uso en el discurso de un aviso comercial de desodorante ambiental: ahí está la característica torsión sintáctica, la apelación emotiva, la pausa métrica. Esta señal tendría que decirnos que es indudable que esto sí existe como algo reconocible, que es un oficio de la palabra que tiene al menos 3000 años en que ya había demanda de registro para su relectura (un soporte material) y que presupone una experticia particular, que bien puede haber estado ya desde los reinos de Asiria constituida de manera gremial, etc.

Ojalá fuera tan fácil. Porque de este modo no solo no nos hacemos cargo de la revolución vanguardista del siglo XX, sino que nos olvidamos de aquello que llamamos muy sueltos de cuerpo “poesía china”, que no depende en absoluto del sonido y la sombra de la performance de lectura que sí acompaña a la tradición de occidente; y menos nos podemos hacer cargo de las variadísimas formas de modulación narrativa y lírica de nuestra antigüedad americana, cuya noción y función fueron desde el principio diversas de las que generaron los pueblos antiguos del Medio Oriente y el Mediterráneo.

Si vemos los últimos desarrollos de lo poético en lo contemporáneo, nos encontramos con que estamos asistiendo al resultado de un largo proceso de toma de conciencia de una crisis; no el aparecer de un objeto que desee hacerse ver, definirse, sino la definitiva desaparición de la posibilidad de objetivación de lo que por convención hemos llamado y seguimos llamando “lo poético”. Es un problema agudo de identidad, que está en el corazón mismo de una práctica que solo por convención ha pretendido mantenerse fiel a sí misma, que en distintos momentos de su historia ha desplazado brutalmente los valores que la constituían para persistir en su existencia: el dolce stil novo del siglo XIII, el replanteamiento especulativo del momento romántico y las demandas de la gran urbe que engendran la concepción “más actualizada” de lo poético, entre otros giros de intensidad más baja y situada geográficamente, aspiraron a redefinir tanto la concepción, como la práctica, el producto y el modo privilegiado para su entrega, de tal forma que el mismo “autor” acaba perdiendo absolutamente cualquier noción específica y válida de función y lugar dentro de su entorno social.

No debería ser sorpresa la consecuencia que se extrae fácilmente de lo dicho y de lo que la historia nos ha indicado: no es el “genio” individual o colectivo, singular o trascendente, el que ha ido moldeando los diversos desplazamientos de valor en la apreciación de lo poético existente, sino que es la historia social, que determina el lugar de la actividad artística en general, la que en su cambio arrastra a todas las prácticas humanas a redefinirse para lograr optar a una posible existencia como valor y función social: lo que motiva el cambio es, al fin de cuentas, la demanda de una garantía.

Esto implica que cada uno de nosotros, como autores, lectores o críticos podría eventualmente aferrarse a su noción particular sin asumir demasiado cuidado en castigar el gusto o la decisión ajena; y esto describe bien el estado de cosas actual. Es más, gran parte de los ciudadanos de esta “república literaria” pueden hacer convivir en su cabeza varias nociones distintas, logrando milagrosas alquimias conceptuales, pasando por alto hasta la más mínima concordancia retórica. El poeta inspirado por los dioses puede bien pasados unos siglos venir a asumirse como el caudillo de masas hacia la revolución o el defensor del status quo de una república autoritaria con discurso progresista, y el artífice paciente de la memoria del pueblo puede bien renacer como figura en el discurso de fundamentación de una obra de arte conceptual. Al mismo tiempo, es imposible no sentir cierta náusea ante la manía enfermiza por la frase fácil, que tras la apariencia de su generalización encubre la amenaza de marginación que implica toda afirmación provocativa de un falaz “sentido común”. Todos hemos leído alguna vez en el espejo roto de la conciencia universal en que se nos ha convertido Internet que “la poesía está siempre al lado del pueblo” o juicios sobre la posición relativa de nuestro arte en una especie de plano mental -la poesía está por encima de la política, la poesía está por debajo de los procesos históricos, la poesía se adelanta a los hechos, la poesía está en el origen de…, etc. Pareciera que la paradójica nostalgia que nos ofrece la tecnología digital –eso que llamamos vintage– pudiera por sí sola generar de vuelta el objeto perdido de “lo poético”, y hasta se nos llama a aplaudir esta clase de ingenuidad visceral.

Y si es que pretendemos, desde nuestra humanidad y por nuestra humanidad, que la poesía rinda -en cuanto práctica creadora con una posible aplicación- un beneficio en la necesaria lucha por la salvación del destino de lo humano, y esto impusiese plantearse el extremo de forzar las categorías en pos de una contingencia puramente existencial –como la defensa de derechos particulares o la emergencia ecológica-, ¿no deberíamos tener en claro una jerarquía de valores mínimos de juicio de una obra poética de acuerdo a este momento histórico? ¿No volvemos con esto al mismo gesto, que ni siquiera encubre su nostalgia de sentido, una que ya se nos aparece como u-tópica, no localizable ni datable, efectivamente no funcional ni aplicable?

Como se ve -y esto no se restringe solo a lo poético, sino que a todo el espectro de fenómenos estéticos-, la evidencia de crisis nos trajo al juicio una paradoja inmovilizante, que solo nos permite definir a lo artístico como una expresión de falsa conciencia. Es esto -leído ya lúcidamente por el dadaísmo, así como en clave política y de clase por el constructivismo- lo que obliga a plantearnos lo poético en su necesidad, y que para esclarecer su lugar posible haya que dar el paso extremo de pasar desde la pregunta por lo poético a la pregunta por lo real.

 

 

2.

 

 

Dicho de otra forma, lo poético ha indicado de forma lúcida su funcionalidad, ahora hecha evidente, paradójicamente, en su horizonte vacío. Desde el carácter solemne de su antigüedad, que estaba consciente de la ritualidad de sus procedimientos -expresando con ello la dominación de lo invisible sobre lo visible: la jerarquía social sancionada por la divinidad-, pasando por su fase cortesana, en que elevó el rol de la personalidad en su emancipación con respecto al colectivo, que abre el Renacimiento; no podía sino llegar a evocar ya desde el Barroco el escenario de su modernidad, la postulación de su estructura como muestra de su autosuficiencia como objeto bello. Vale decir, nadie habría discutido en otras épocas la función evidente de exaltación del orgullo por parte de un pueblo o cultura particular en la poesía épica, o la afirmación de lo poético como atributo de poder, en la misma medida (e incluso más) que la incipiente ciencia o la voluntad de masacre, en el caso de la poética cortesana; como tampoco la natural contraparte irónica de la juglaría o los procedimientos paródicos de la cultura latina establecida por los goliardos también saben que cumplen una función crítica. La particular modulación del sentido y del tiempo establecida en el formato del verso siempre se asimiló sin problemas a los fines externos que su actualización lectora -en voz alta o en silencio- le iba imponiendo, hasta el instante en que debió hallar en su propia estructura interna como objeto los objetivos nuevos que suponían nuevas trascendencias. El proceso del Barroco al romanticismo es precisamente la larga definición de un a-topos, el no-lugar de la literatura, que puede dar desde su escondite imposible los rendimientos que en otra época ofrecieron los dioses o la voluntad personal o colectiva del soberano. La vanguardia experimental a partir del futurismo italiano y la pintura cubista, por su parte, es el momento de la conciencia abismante de ese no-lugar. La sombra del objeto real se palpa a sí misma en cuanto sombra, se reconoce como tal afirmando, con ello, la realidad de los objetos que la producen; en la misma forma en que el lenguaje de la poesía va asumiendo históricamente la diferencia de sus procedimientos –su grado de incomunicabilidad- ante un lenguaje que se va limitando cada vez más en sus registros especializados de aplicación.

Lo poético nunca estuvo tan lejos de reconocerse, entonces, como una construcción social, limitada y formada –definida– por demandas externas. Lo que nuestra comunidad de lectores y autores no acaba de registrar es el paso de esas demandas desde su enunciación precisa hasta una mudez cada vez más evidente. Valga decir: lo real también se nos está ocultando en la medida en que también vamos reconociendo que está pasando por una crisis de fondo, análoga a la que anotábamos para lo poético: “lo real” también se nos fue revelando construcción social, convención puesta en riesgos progresivamente mayores hasta separarse en un derrumbe babélico análogo al que ha sufrido “lo poético”. “Lo real” también se reconoce como sombra de una humanidad existente, cuya consistencia efectiva se resiste a la comprensión bajo el peso del “espectáculo”, una dominación social que se asume ya abiertamente como ilusión, dominación de lo visible por parte de lo invisible.

Una mala costumbre insiste en identificar la noción de “espectáculo” debordiana a la explosión (o más bien implosión, al modo de una descarga ideológica en las conciencias particulares) de los medios de comunicación de masas en la segunda mitad del siglo pasado. Una buena lectura no podría sino tomar una lectura más amplia, que pudiese subsumir, por ejemplo, el modo particular en que se han entretejido las nociones diversas que conforman el imaginario identitario de nuestro país, lo que podría darnos rendimientos más útiles para entender nuestra percepción de qué es lo que constituye la sombra que llamamos “Chile” –más acá de lo que pretendemos que sea o no este territorio y las relaciones sociales que en ella se dan- y cómo se ha manipulado esta percepción por las diversas fuerzas sociales y políticas en juego.

 

3.

 

La ecuación en la que caemos es una vaporosa y elusiva: ¿cómo podría dar cuenta la sombra de “lo poético” de nuestra sombra nacional? Apoyarme con absoluta seguridad en mi experiencia existencial me da una respuesta clara y distinta, pero me impide postularla como una lectura general, a menos que desee afirmar mi reduccionismo: y este es el modo más aceptado. Así, la mermelada de juicios en internet que mencionaba antes no tendría nada de violento ante la naturalización de la fractura gigantesca en que nuestra conciencia se ha acostumbrado a habitar. Y bien, si ya hemos notado esta fractura, y la podemos habitar en el plano de lo poético, estableciendo la ya habitual suspensión estética, ¿no implica esto también naturalizarla y habitarla en el plano político, estableciendo así una suspensión ética ante las injusticias que vemos en todos los planos de la administración del poder por parte de la comunidad empresarial y el estado que la protege? ¿Implica asumir el libre derecho a la masacre mutua a la que nos invita el capitalismo en su fase anárquica?

Mi respuesta es que no, no se debería. Y asumo que esta es la respuesta de varios más. El habitar conscientemente la fractura ideológica es precisamente lo que caracterizaría a la clase obrera según Marx, y esto es lo que le daría la herramienta fundamental no tan solo para la toma del poder, sino para la clausura de esa fractura. Una visión análoga en el plano de lo estético exigiría un máximo sentido crítico, que permitiese comprehender “lo poético” como una esfera posible de construcción de un nuevo “real” y una aproximación actualizada a ese nuevo “real”.

Una visión como la anterior no es tan extraña para un buen lector de poesía chilena. Un caso paradigmático es el de Pablo de Rokha, quien desde Los gemidos no deja de poner en interrogante tanto la falsa conciencia nacional como su sombra en la literatura. La figura del poeta, de hecho, es hipostasiada en un sentido crítico, asumida como trágica desde su misma posibilidad creadora y su impulso universalizador. Su acción no puede sino ser incompleta, frustrada de antemano desde la misma efusión de voluntad, dado que su tiempo es siempre uno que vendrá, más allá de la esfera literaria misma, la reconciliación social que se da en el tiempo mesiánico de la justicia. Por ello, la crítica fundamental que hace a Neruda –nuestro poeta-mito nacional, reconciliado ya en el plano ideológico- es que termina “cantando las luchas del pueblo”, acompañándolas estéticamente, como si la metamorfosis estética que caracterizó el desarrollo burgués de lo literario fuese necesaria para una acción que estuviese de por sí vacía de una aspiración a la belleza.

Así, la disputa no hace referencia al contenido de “verdad”, dado que esto impondría una “fidelidad” a “lo real”; puede más bien que una violenta desadecuación a “lo real” sea un acto más adecuado al contenido interno de “verdad posible”: no se debe olvidar, en este trance, que la rural y pantagruélica Epopeya de las comidas y bebidas de Chile está subtitulada Ensueño del infierno, y precede en Carta magna de América al desgarrador poema Apocalipsis del hambriento, situado este en una urbe que hierve de muerte, en el pleno desorden de la producción que genera la carencia. Lo “natural” ya se hace inalcanzable gracias, precisamente, a lo “antinatural” entronizado.

Hacer a lo poético testimonio de la fractura, invitar y llevar al lector a la incerteza con respecto a lo que cree vivir para hacerlo desear dar un paso fuera de las sombras, todo esto responde, definitivamente, a una de las vocaciones más íntimas de la pulsión literaria: no es sino esto lo que hace a temas como la injusticia y el desamor tan permanentes en la historia de la práctica de la escritura. Creo que tras las caricias lejanas de la pastora en su vida idílica, la experiencia añorada del paraíso celestial o la vuelta a la patria lejana –por nombrar tres temas que no dejan de persistir hasta el hartazgo-, jamás se escondió una metáfora de la relación del ser con la verdad, sino más bien esa dimensión de la belleza que Nietzsche quiso poner en el corazón de su pensamiento estético al leerla en la picaresca expresión de Stendhal: la esperanza de una futura alegría.

 

 

 


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