Pude participar este año en el programa Young Film Critics del Festival de Cine de Rotterdam. Se trata de una instancia de formación dirigido a jóvenes críticos de diversas partes del mundo. Además de sostener reuniones diarias, el taller exigía realizar entrevistas, críticas, y, por supuesto, ver muchas películas. El balance es, como ha sido hasta ahora durante todas mis experiencias festivaleras, algo confuso. Existe un problema tácito en los reportes de festival que los críticos no mencionamos deliberadamente, pero que está siempre presente. Descubrir la “lógica” detrás de una programación es una tarea que requiere un esfuerzo especial. Encontrar posibles relaciones entre una veintena de películas de nacionalidades diversas es supuestamente el objetivo de un reporte. Una serie de reseñas inconexas dice poco de la experiencia, o del festival. Sin embargo muchas veces nos vemos forzados a crear puentes forzados para encontrar la coherencia esperada, pero lo cierto es que el proceso termina siendo más complejo.

La llegada a una ciudad desconocida, el conocer gente nueva todos los días, y el adaptarse a hablar en otro idioma consumen las suficientes energías  para dificultar más un recorrido de películas coherente. Agamben decía que gran parte de las frustraciones humanas venían de no poder asimilar la experiencia en presente, de vivir siempre “antes o después de la fiesta”. Ya con cierta distancia del evento, desde el “después de la fiesta”, trataré de compilar algunos apuntes – cinematográficos y no tanto – que tomé durante el festival.

22/01/2018: Originales y copias

 La escala de diez horas en Miami – producto del mal itinerario de los pasajes en oferta que el dinero del festival permitían – fue inesperadamente la perfecta introducción para el festival, una de las vivencias más cinematográficas que se podían pedir. En un ensayo de Otros Colores (Mondadori, 2008), el turco Orhan Pamuk detallaba su obsesión por vivir inconscientemente imitando las representaciones ficcionales. Escribe: “Aprendí lo que eran el honor, la bravura, el amor, la compasión, el mal, la honestidad, etcétera, leyendo sobre ellos antes de experimentarlos en la vida”. Este sentimiento se incrementa, según Pamuk, viniendo en oriente, donde el sentimiento general dicta que cada gesto es una especie de derivado deficiente de algún original occidental. Esta reflexión del turco hacía especial sentido en la corta mañana que pude recorrer Miami.

Si es que existe un país del que tenemos una idea previa derivada de una acumulación de ficciones, ese es Estados Unidos. El cine, la literatura y la televisión no solo nos han informado de múltiples aristas de la cultura estadounidense, sino que incluso conocemos sobre sus diferencias regionales más que las de nuestros países vecinos. Por lo mismo pasar por Estados Unidos significa presenciar de frente el original, aquel lugar que sirve como modelo para nuestras experiencias derivadas según Pamuk. Eso fue justamente  lo que podía pensar al toparme con una seguidilla de originales: los carteros de pantalones cortos que Oddie persigue en Garfield, los buses provincianos que anuncian buenos días de Paterson, los negros en sillas de playa en medio de calles vacías y calurosas de Moonlight, los italoamericanos en ropa deportiva de Los Soprano, la planta nuclear – con símbolo de átomo incluido – sacada directamente de Los Simpsons, las bibliotecas públicas gigantes, las carreteras rodeadas por palmeras a lo Miami Vice, etc. Todo aquello visto y aprendido a través de la pantalla se posa desafiantemente ante ti, como si quisiera probarte su existencia.

Aún así, el efecto de estos originales puede también provocar el efecto contrario: al conocer y querer primero sus versiones de ficción, los originales parecen imitar estos signos como si fueran parte de una cuidada puesta en escena. Como ocurre en The Truman Show, se siente como si los habitantes de Miami hubieran preparado todo para imitar aquello que su cine ha retratado por años. Esta confusión entre copias y originales fue de alguna forma una preparación para lo que se viene en el festival. Era, en el fondo, una demostración de la paradoja de la cinefilia: el cine es una forma de escapar de la realidad, al mismo tiempo que es el medio en el que confiamos para comprenderla. Ahora estaba listo para el festival.


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