Previo al instante en que la yema encare el peligro de romperse, antes de que el huevo toque la sartén, antes del chisporroteo en el aceite, piensa, antes, piensa cómo, quiero decir cómo hacer para, ya sabes, quiero decir qué imaginar en el caso de que la yema ¿reviente?, ¿de eso se trata?, por qué caminos evasivos escurre su pensamiento en el momento exacto en que se hace necesario enervar con más ahínco esta ficción, qué prevenciones adoptar, quizás cómo disimular lo firulo que se le ponen los gestos de los dedos cuando está a punto, ya casi, dale con todo, ponle a tus nervios ese color de hastío necesario para contrarrestar hasta que estalle (¡la yema no, compadre, mucho cuidado!) desde el coágulo mismo de tu vida en cien o mil colores más, días en que no sólo tu mente, ay, sino que con más desgano es tu cuerpo el que no cree, no obstante, pían piadosamente fuera los pajaritos, lujuriosos y fidedignos, hazle entonces como si no hubiera más que hacer, la suerte echada, el agua que poco a poco va llegándote hasta el cuello antes de que el barco se hunda, es lo que están pasando ahora en la televisión, ¿cómo es que se llamaba la película?, sigue no más, atrévete a freír, no en vano, yo todavía silbo por las calles, eso quiere decir que la pena no me mancha el amor por la vida, estamos en plena forma, ¿no te parece?, no nos vendría mal entonces ser famoso, incluso más que un futbolista, hazle como ese genial mediocampista, se trata de eso, todo consiste en eso: hacer creer como que sí pero no, como que no pero sí, mirar para otro lado (¡cuidado con la yema!), pero dar el pase finamente en dirección contraria. Y silba, loco, así de lindo silba, no te olvides nunca de silbar.

 

(Valparaíso, septiembre 24, 2017)


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