Por último creo antes de nada es preciso alcanzar ese yo que realmente es. Sólo en el momento en que yo sea, se verá ser también al tú y al ellos, y entonces se podrá hablar de un primer paso, cuyo atrás o adelante estará por verse.

Gonzalo Millán (1968)

 

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En su antología de jóvenes poetas chilenos, Entre la lluvia y el arcoíris (1983), la crítica y ensayista Soledad Bianchi habla de Gonzalo Millán como “un poeta gozne, puente de poetas” para establecer la relación entre dos épocas y sus condiciones o posibilidades históricas. Bisagra que no refiere exclusivamente a la necesidad, la coyuntura de promociones poéticas signadas por el Golpe, el exilio; sí, a una compulsión, un deseo de retorno, el Espíritu del Valle, <<el énfasis en el trabajo colectivo>> que produce una obra y estadios de lectura donde el lenguaje, la literatura y la experiencia se acoplan. Una especie de epifanía que concentra exigencias críticas y cristaliza exigencias vitales, haciendo visible lo invisible.

 

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Volver, regresar al valle implica la emergencia de una política de la interrupción, ya que, no se lee y escribe con las antiparras del sentido de las cosas, del mundo, de la época. A la separación y estandarización de la vida, y la liquidación social de las potencias o fuerzas del lenguaje, se opone, niega y atraviesa con una <<disposición receptiva tanto hacia el pasado como el presente, como para lo heterogéneo e indistinto, lo propio y lo ajeno>>. Un proyecto, una gramática que imagina las posibilidades de una comunidad que incorpora lo <<que está sin digerir>>, aquello que ha sido olvidado o rechazado en la tradición poética y nuestras formas de convivencia nacional.

 

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La poesía civil, el trabajo colectivo entendidos como un deseo frágil y precario de autonomía respecto al orden sociocultural de la estabilidad, la previsibilidad y la duración. Hacer de la crisis una excepción permanente, un mandato formal y ético que ensaye y pone a prueba no sólo el presente, sino también sus lenguajes, sus discursos neutros o progresistas. De allí que Millán procure una estética de la objetividad, <<no deshumanizada ni deshumanizadora>>, que se interroga por la separación entre las hombres y las cosas, el mundo y los objetos; componiendo y reivindicando una cierta “utopía de la proximidad” (Bourriaud), un encuentro y una conducta materialistas que <<tiende a reducir la excesiva individualidad [y] corrige una visión demasiado antropocéntrica>>.

 

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<<Está esta objetividad del lenguaje, no es necesario de que yo para ser poeta esté inventando metáforas, sorprendentes, gongorinas o como las de Lezama (…) Construyo con palabras objetos, una estructura, una máquina hecha de palabras>> (“La poesía tiene que mutar”, entrevista a Gonzalo Millán, revista La calabaza del diablo, nº 24, año 5, mayo 2003).

 

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En el primer número de la revista de poesía y crítica, El espíritu del valle (1985), el poeta colombiano Juan Cobo Borda advierte en su ensayo “Voces nuevas en la poesía latinoamericana” que la tarea gozosa y esclarecedora de los poetas nacidos a partir de 1940, la de <<escribir poemas a partir de experiencias propias o ajenas, imaginadas o vividas, siempre implica un trabajo con el lenguaje>>. Aquella dimensión concreta y crítica, el trabajo con el lenguaje, es formalizada por Millán con la <<elección de objetos naturales [y míticos, cotidianos y sociales, privados y colectivos] como símbolos, trabajados con exactitud y precisión visual>>. Una poesía objetiva, de preocupación material que repara en la cercanía a las cosas a través de sus variaciones mediante imágenes, que tienen por principio o método el distanciamiento. Sólo es posible decir los objetos, si se toma distancia con los objetos mismos. El mundo es escrito en el poema desde su afuera, su exterioridad radical, las faltas y excesos del lenguaje. Desplazamientos, efectos que anudan y tensan la experiencia y la escritura, el sentido o interpretación y su materialidad. Una poesía objetiva, materialista de deriva conceptual, que hace de la indagación de las cosas una fenomenología, una pregunta por sus cualidades, una pregunta por sus esencias.

 

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[Post scriptum] El Espíritu del Valle trafica <<palabras sueltas>>, <<resistencias del lenguaje>> que en el descampado de nuestras economías culturales, en los arenales de la historia de la crítica hacen de la escasez un vector de interés y desafío; una posibilidad de corroer, canibalizar las imágenes y las palabras, sus sentidos y representaciones cerradas. El lenguaje establece relaciones, se perfora el lenguaje, las lecturas no cierran, las lecturas no acaban.

 


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