Hace unas semanas, se presentó por tercera vez en Chile el grupo británico Depeche Mode. Antes habían pisado los escenarios nacionales en 1994 y 2009. Es decir, han pasado más de dos décadas desde su primer aterrizaje en nuestro país y casi cuatro desde la aparición de su primer disco, Speak & Spell, publicado en 1981. Este pequeño juego de fechas me parece sumamente necesario para introducir las preguntas que quiero plantear: ¿Cómo mantenerse vigentes después de tantos años? ¿Cómo reinventarse década tras década sin dejar de innovar y de llenar estadios con una facilidad impresionante? O mejor aún: ¿Cómo hacer todo lo anterior sin perder ni profundidad ni calidad?

El periodista Sebastián Ramos, en un artículo publicado en marzo de 2017, en La Nación de Argentina, nos recuerda: “La banda superó todos los obstáculos posibles (incluyendo el alcoholismo de Gore, la adicción a las drogas que llevó a Gahan en 1996 a estar técnicamente muerto por dos minutos y, más cerca en el tiempo, el diagnóstico de cáncer de vejiga que obligó al cantante a abandonar por la mitad la gira que llevaban adelante en 2009) y hoy se han ganado no sólo el mote de clásicos sino también el de sobrevivientes”. Estos datos nos brindan unas cuantas pistas biográficas que podrían ayudarnos a responder las preguntas que planteé con anterioridad, pero resulta obvio que la condición de “clásicos” o “sobrevivientes” no sólo se la ganaron bajando y subiendo del abismo de los vicios, los excesos y las enfermedades. Para trampear el paso del tiempo se necesita mucho más que eso. Se necesita, por lo bajo, un proyecto artístico definido y una música impetuosa que se lleve a cabo a pesar de estas contrariedades. Por lo mismo, creo conveniente revisar su última presentación en Chile y su 14avo disco, tituladoSpirit, publicado el año recién pasado.

El primer sencillo que se desprendió de esta publicación fue “Where’s the revolution”, lejos su canción más explícitamente política hasta la fecha. En el video, presentado en blanco y negro, los integrantes de la banda aparecen usando barbas al estilo de Karl Marx, mientras Gahan, subido a un humilde podio de madera, dicta la canción a modo de discurso frente a un coordinado grupo de bailarines, todos vestidos como trabajadores de la vieja clase obrera inglesa. En el siguiente encuadre, el vestón de Gahan se vuelve rojo y su público ahora es un puñado de muchachos con banderas negras que, hacia el final del registro, también se vuelven rojas. La simbología habitual de Depeche Mode, otrora compleja y a ratos hermética, en esta ocasión se revela directamente como panfleto político y como agitación de masas, mientras Gahan repite a viva voz: “Where’s the revolution / Come on, people / you’re letting me down”.

Por otro lado, durante su presentación en el Estadio Nacional, mientras sonaba “Walking in my shoes”, la banda decidió reproducir un video donde un hombre solitario, de pelo largo y tez blanca, se maquilla al compás de la canción, para luego salir –calzando zapatos con taco de aguja– a deambular por una ciudad vacía. “Try walking in my shoes”, repetía Gahan, “you’ll stumble in my footsteps”.

Por último, durante la interpretación de la ya clásica “Enjoy the silence”, frente a un público que bailaba y gritaba de emoción, el grupo decidió hacer girar imágenes de animales domesticados por el ser humano –como conejos, ovejas y vacas– mirando hacia la concurrencia sin emitir ningún ruido ni movimiento. Ese incómodo silencio de los animales, mezclado con este himno incombustible sobre la sabiduría de permanecer mudo y el daño que producen las palabras, se volvió así una potente interpelación que no sólo podría leerse como propuesta animalista o antiespecista, sino también como un lúcido mensaje multidireccional sobre los perjuicios de la violencia y la crueldad contra seres inocentes, o como una crítica lacerante al ego de nuestra individualista sociedad actual.

Entonces, a partir de todo esto, ¿cómo mantenerse vigentes? Para Giorgio Agamben, “contemporáneo es aquel que percibe la oscuridad de su tiempo como algo que le incumbe y no cesa de interpelarlo, algo que, más que cualquier luz, se dirige directa y singularmente a él. Contemporáneo es aquel que recibe en pleno rostro el haz de tiniebla que proviene de su tiempo”. Sin duda, los problemas de su época se han acumulado frente a este grupo de sobrevivientes que, a principios de la lejana década de los 80, creció admirando a David Bowie e Iggy Pop, trabajando duro para comprarse sus primeros instrumentos y grabar así sus primeros discos, los cuales más tarde influenciarían a lo mejor de lo nuestro, como a Jorge González y Charly García, músicos brillantes que también entran en la definición agambeniana de lo contemporáneo.

Son ellos quienes han venido reinventando esa vieja fórmula que es bailar y pensar a la vez, como una crítica en sí a esa música cómoda y simplista que, desde el desarrollo mismo de la industria cultural, ha invadido los medios de comunicación como un gesto de complicidad más a favor de los valores del libre mercado y la sociedad de consumo. En respuesta a eso, las reflexiones de Agamben nos recuerdan que “el contemporáneo […] es también quien, dividiendo e interpolando el tiempo, está en condiciones de transformarlo y ponerlo en relación con los otros tiempos, de leer en él de manera inédita la historia, de ‘citarla’ según una necesidad que no proviene en modo alguno de su arbitrio sino de una exigencia a la que él no puede dejar de responder”.

En ese sentido, creo que Depeche Mode –cuya traducción al español vendría siendo “noticias de moda”– suena más contemporáneo que el reggaetón centroamericano, el pop gringo o el funk brasileño de estas últimas décadas, justamente gracias a su música incómoda y vigente que hoy resuena más viva que nunca, como un desafío abierto a esa floja fábrica de salchichas que es la música bailable del siglo XXI.


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