Cuaderno de croquis le faltan diez minutos en el horno de la minuciosa editorial Pez Espiral. Es un libro que abre muchas preguntas y sumerge al lector en un paisaje donde el poema pasa a ser la aduana entre el interior y lo externo a la subjetividad. Los objetos, las imágenes, nos permiten descansar de ese eco siempre amplificándose. Aquí el autor del libro, Rolando Martínez,  arroja luces y sombras sobre su escritura.

Si quiere leer fragmentos de Cuaderno de croquis, dejamos a continuación un avance que subimos del libro:

Cuaderno de Croquis


 

En cuaderno de croquis se abre una zanja que atrae todo lo que un hombre puede percibir. Sin embargo, el evento que permite esa escisión es la muerte de un padre.  ¿Por qué la escritura permite recorrer la experiencia de una muerte cercana?

 

Cuando nací, mi papá tenía ya sobre cincuenta años. Desde pequeño lo recuerdo, por decir de una manera, envejecido. El miedo a su partida se hizo patente desde que tuve un mínimo grado de consciencia. De algún modo fue una constante que se engrosó el día en que mi mamá se murió. La escritura nace como un registro de ese proceso en el que, por un lado, está la pérdida de lo vital, y por otro, la asociación con un lenguaje nuevo, en donde las cosas dejan de significar lo aparente. En cuaderno de Croquis por ejemplo, hay dos momentos de escritura. Uno de ellos es el que proviene directamente del registro en libretas, cuadernos o cualquier plataforma en la que pudiese describir vivencias. Estas libretas pertenecen en su mayoría a un periodo en el que residimos en el campo, precisamente en el Valle de Longotoma. Yo estaba desempleado y tuve la oportunidad de acompañarlo. El otro periodo es una respuesta inmediata a la experiencia de su partida. Mi papá se murió en una posta saturada de personas y en donde no estuvimos exentos del desprecio y frialdad con que opera un sistema de salud al que le han extirpado cualquier señal de compasión. Un momento de extrema intimidad que viví acompañado de gente extraña: enfermeras, doctores, auxiliares, técnicos. Mi papá se murió en mis brazos y yo no quise que ningún detalle de esa experiencia se perdiera. Por ahí quise obedecer a la frase “Lo escrito permanece, lo hablado vuela”, aunque también pienso en las palabras de Emily Dickinson “La vida es una muerte que nos lleva tiempo”, porque si bien Cuaderno de croquis es, en rigor, una crónica fúnebre, también está lleno de vida.  

 

Un relámpago siniestro y azul / es en verdad una raíz. El libro está lleno de estos pliegues. ¿Qué son estos objetos que se leen a partir de otros? ¿por qué nos conmueven?

 

Hace un tiempo leí en una ponencia de Ricardo Nava (a quien no conocía), en donde declaraba que, en la escritura, la muerte comunica. Pienso esta idea refleja mi deseo con respecto a la construcción del libro: que los elementos representen una forma de comunicación entre dos seres que se encuentran separados, un diálogo que tiende a suceder por medio de elementos propios del paisaje. Durante el periodo de duelo, por ejemplo, sí estaba mirando por la ventana, todo lo que sucedía en el encuadre pretendía establecer un diálogo. Digamos que sí de pronto aparecía un pájaro (supongamos un chincol, una tórtola (o un rayo)) yo presentía ahí la voz de mi papá, hablándome. Cuaderno de croquis es la representación de ese lenguaje, aunque esta representación no sea únicamente establecer un diálogo, sino también significados.    

 

Un rayo, una ampolleta, una raíz, una vida. Una fuerza centelleante en un espacio reducido. ¿Es esa la forma de estos poemas?

 

La forma de estos poemas no parece estar sujeta a ninguna predeterminación. Primero que todo Cuaderno de croquis nunca se propuso como tal. Fue nomás. Podría decir que durante mucho tiempo no superaba un ejercicio de escritura referencial sobre libretas, cuadernos o block´s de dibujo. De hecho, algunos poemas nacen casi diez años antes de la muerte de mi papá. La forma en Cuaderno de croquis (que yo más bien desconozco) es la que devino de la casualidad, de los estados de ánimo frente a la lluvia, al invierno y la pobreza. Por esto mismo creo que más que una forma existe un tono. También algunos objetos que aparentan una forma, corresponden más bien a referencias del pasado. Estuve mucho tiempo leyendo artículos que daban luces de cómo adivinar la presencia de fantasmas. Casi siempre en estos artículos se hacía referencia a las señales que expelían estas, por así decir, presencias. A pito de esas lecturas conocí la palabra “psicofonía”. Todo comenzó a parecerme muy angustiante. Muy añejo también. No entendía por qué estos seres que amamos vienen a visitarnos por medio de estos lugares comunes devenidos además en sensaciones friolentas o difusas. La ampolleta a la que hago referencia en el poema (que no tiene nombre, por cierto), es una ampolleta que puede estar presente en cualquier casa. Un objeto luminoso que en algún momento se ve acompasado por vuelo de una polilla. Sentía que ese tipo de comunicación era la que me conmovía: que los muertos fuesen también creativos para aproximarse a nosotros. Que viniesen disfrazados y que no se presentaran por medio de estados de consciencia distintos de los que pretendemos para el diario vivir.  

 

Pareciera que en el libro se afirmara que el idioma de las sensaciones se habla con imágenes. ¿Cómo entra la palabra ahí, cuál es su papel?

 

El idioma de las sensaciones parece ser una respuesta inmediata a un gran cometido de imágenes que comenzaron a nacer producto de la nostalgia. Al final podría decir que en Cuaderno de croquis la escritura es también una relación simbiótica: el poema como constante interacción entre palabras que logran (o intentan) recuperar imágenes. Sin embargo, esta forma de integrar la percepción resulta en una especie de cosificación: la cosificación del cuerpo, de las voces que regresan a la memoria. Nunca me propuse nada con este trabajo, aunque tal vez, más que una decisión personal, esa forma de asociar emoción e imagen tiene que ver con la importancia que marcaron ciertas lecturas en el proceso de composición del libro. Me refiero a libros como: Destierros y tinieblas de Miguel Arteche, Hotel Nube de Jorge Teillier, y después, bien lejos del génesis de esta escritura, Guía para perderse en la ciudad de Vitoco López, Paterson de William Carlos  Williams, o el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.

 

el océano es un millar de formas/ dentro de una gran anatomía. ¿Pensar desde la poesía es algo así, explorar esas formas sin ningunear las aledañas?

Recuerdo en la escuela, en la asignatura de Historia y Geografía, debíamos memorizar el significado de la palabra océanos de la siguiente forma: grandes masas de agua que cubren la tierra. Creo la poesía también como la imagen de una enorme masa de agua en constante movimiento. Una unidad compuesta del enlace de infinitas estructuras menores, y capaz de contener en ella la luminosidad (de la superficie) como también, lo secreto y oscuro (de lo profundo). Esa capacidad del agua para ordenar el líquido según su densidad (cualidad conocida también como estratificación acuática) me figura en una estrecha relación con la escritura. No sé si pensar desde la poesía sea algo constante. Tal vez pensar desde la poesía no sea sino un estado que se alcanza cuando penetramos un proyecto escritural, que es lo más parecido a sumergirse en un océano en el que abrimos los ojos: vemos a través de esta densidad. Cuerpos y objetos aparecen distorsionados según lo profundo


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