24/01/2018: Lo viejo y lo nuevo

Primer día: Rotterdam presenta una postal helada. Se trata de una ciudad pequeña e industrial que los bombardeos obligaron a reconstruir gran parte de su arquitectura principal. Gran parte de la renovación vino desde distintos proyectos modernistas que incluyen un edificio con forma de sacapuntas (y llamado con ese apodo), y la famosa residencial de la “casas cubo”, un curioso hospedaje formado por pequeños cubos amarillos que por fuera parecen inhabitables. Esto convive más o menos armónicamente con algunos de los edificios viejos que quedan, dando como resultado una extraña mezcla entre una ciudad futurista y la clásica “maqueta” de los países ricos de Europa. La combinación es polémica – Rotterdam probablemente tiene más detractores que fanáticos – , pero a mi me convenció desde los primeros minutos. Es una buena casa para realizar un evento de cine, un arte igualmente moderno y viejo. El festival de Rotterdam, y la mayoría de los festivales actuales, hace evidente esta doble personalidad en su programación: en el programa hay películas clásicas de John Ford y Gillio Pontecorvo en 35mm junto a una muestra permanente de películas de realidad virtual en un hotel.

 La apertura: Jimmie (Jesper Ganslandt)

Jonathan Rosenbaum, declarado admirador del festival, resaltaba la ausencia de eventos glamorosos en Rotterdam. La escasa presencia de actores invitados, y una competencia oficial (la Hivos Tiger Competition) destinada exclusivamente a cineastas con menos de dos películas, permiten que Rotterdam se concentre más en las maratones cinéfilos que en los eventos fotográficos. Por suerte pude comprobar esta discreción general durante prácticamente algunas de las presentaciones posteriores. Sin embargo hubo una excepción. Durante la noche de apertura solo pude pensar en cómo el crítico estadounidense se había equivocado, o en su defecto, en lo mucho que podría haber cambiado la situación desde que este escribió Las guerras del cine en 1999.

La primera noche de Rotterdam fue el único momento en que vi una alfombra roja y un grupo de gente con desesperadas ganas por figurar. Que un guardia nos retuviera con la mano para que esperáramos las fotos de un grupo famoso sirvió se adelanto para lo que se vendría durante la primera noche. La apertura no solo me entregó una impresión errónea del festival, sino también una muy desagradable película. Jimmie de Jesper Ganslandt estira hasta el nivel más literal la idea de “caminar en los zapatos” de los que sufren. En la película, un padre y su pequeño hijo suecos deben escapar del país después de que estalla algún tipo de guerra. Esta vez serán los europeos más privilegiados quienes deben recorrer Europa para encontrar un país donde refugiarse. La suerte de Jimmie y su padre es previsiblemente terrible. Encontrando distintos focos de guerra y grupos de neonazis – la escena más absurda de lo que va de festival, con unos jóvenes alemanes atacando un grupo de rubios – durante el camino.

La película de Ganslandt convierte el deseo de empatía de los privilegiados en una especie de fantasía del sufrimiento. La apertura se esforzaba en demostrar que las ganas de comprender como se siente la desesperación pueden ser tan grandes, que ojalá pudiéramos encarnarla durante una hora media. Lo de Ganslandt es, sin dudas, bien intencionado. Pero peca de tan simple e inocente, que termina ofendiendo a cualquier espectador no-europeo. Pude comprobar con cierto alivio que mi desprecio no se generaba del clásico resentimiento latino: tanto africanos como europeos del este consideraban la película un ejercicio de buena conciencia de lo más absurdo. Al menos la película sirvió para abrir preguntas alrededor de otras obras programadas: ¿qué significa la predilección del festival por obras que se enfocan en la censura y el sufrimiento en países árabes? ¿acaso el gusto por la porno-miseria que Luis Ospina denunciaba en los sesenta ha movido su foco desde Latinoamérica hacia medio oriente?


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