Si no fuera, porque algunos comentaron, que confundieron el listado con otro libro, y porque creo que vale de nuevo repetir mi selección, también pienso en que puede terminar mal esta réplica a Perec. Pues la crónica anterior, que intitulé “Formas de llevar la contra a Perec”, acusa mi necesidad de responder, en tono de testimonio, alguno de los 37 propósitos que componen los de Perec. Ya llevo dos menos y esta segunda selección:

 

3. Ordenar de una vez por todas la biblioteca

5. Dejar de fumar (antes de hacerlo por obligación…)

6.Vivir en un hotel

14.Realizar un viaje en un navío

27. Aprender el oficio de impresor

29. Escribir para niños muy pequeños

35. Plantar un árbol (y verlo crecer).

36. Emborracharme con Malcolm Lowry

 

29. Escribir para niños muy pequeños. No es mi labor, ni mucho menos soy una autoridad en la obra perequiana para saber si llegó a escribir para esos destinatarios. Pero sí puedo garantizar que él y toda la tropa del OULIPO, de algún modo, escribió como un juego y consiguió que sus lectores volviéramos a sentirnos como niños al descubrir cada uno de sus títulos, abriéndonos a nuevos modos de leer. Perec encarnó lo que siempre dijo: ser capaz de escribir cada libro distinto al otro. No lo dijo con esas palabras, pero es fácil darse cuenta que el ejercicio de narrar, lo entendió como un verdadero modelo de las formas y el estilo. Especies de experimentación montando historias, haciendo foco personajes, imbuidos de desesperación con planos de libertad textual. Por mi parte, tomo mucho más literal su cometido –un propósito antes de morir– y me digo que para mí es casi imposible escribir para niños pequeños. Trabajo a diario con ellos, y no tengo más respuestas que las que dan otros, también agentes de los libros infantiles. Francisco Hinojosa, cuentista, mediador de la lectura y pieza clave en la reforma educacional mexicana, hace un tiempo era consultado sobre por qué creía que los niños hoy leían poco. A lo que respondió, que los escritores hoy tenían un enorme desafío: “Tenemos lectores muy exigentes”. Con eso estaba argumentando que no había tal crisis, y que los lectores verdaderos demandan–usando palabras de García Márquez– a los inventores de fábulas, hacer lo imposible ya no por hacer más lectores, cuidar a los que ya son y más todavía salir a la caza de los cautivos. Por otro lado, el escritor chileno de LIJ (Literatura Infantil y Juvenil) Mauricio Paredes, consultado si a él siendo niño, ¿le habría gustado leer sus libros? Respondió textual: “Yo escribo los libros que a mí me habría gustado leer en el colegio, porque a mí me tocó leer algunos libros fomes, que no me gustaron para nada. Entonces cuando escribo, no pienso tanto en los niños como tú, que los van a leer, sino que pienso en mí como niño”. Sin duda, una forma notable, no sé si voluntaria, de volver a citar a Saint Exupéry, cuando en la dedicatoria de “El Principito”, a su amigo León Werth, advierte que dedicará su libro “al niño que fue en otro tiempo esta persona mayor: todas las personas mayores primero fueron niños (pero pocas lo recuerdan)”.

Con todo, creo que por ahora solo me dedico a leer libros infantiles. Y con algún manejo he conseguido hacer en las clases, en bibliotecas, en talleres para parvularias, profesores, hasta padres, así como también con mi sobrino, revitalizar la manera cómo se cuentan las historias. Y, dicho sea de paso, superar la noción plana o tradicional donde se lee un libro centrándose solo en la historia. Pues esa forma de contar los cuentos ya se acabó. Es decir, ahora existe a través de este extraordinario género editorial: el libro-álbum, nuevas posibilidades de componer y llevar a que sea interpretada la historia a través de imágenes y texto, o bien viceversa. Porque digamos, los libro-álbum son grandes libros leídos por niños grandes. Según Anthony Browne: “El niño mira las imágenes, el adulto lee la historia y ambos hacen conexión. El espacio que queda entre las imágenes y las palabras es llenado por la imaginación de los dos”. Nadie podría decirlo mejor. Por eso sobre la intención, cuyo límite ya lo definió Perec: prefiero ser un contador de historias. Con eso me basta. El resto es escribir, y como todo lo que me ocurre en la literatura, sigo siendo más feliz leyendo.

35. Plantar un árbol (y verlo crecer). Este punto es muy difícil. Se me secan hasta los cactus. No exagero. Y la única vez que tuve unas cuantas plantitas, se me hicieron humo. Era un chiste. Digo que este credo perequiano refiere a algo concreto: plantar-criar-ver crecer un árbol. La analogía perfecta, por supuesto, es la de un hijo. Pero también, supongo, la creación de una obra. Nada puedo decir de la paternidad porque, al decir de Vila-Matas, soy otro de los hijos sin hijos. Por eso me detengo en lo de la escritura. Aunque la salvedad es que cuesta terminar un libro. Se gesta-escribe pero, ¿cuándo se termina? Si Paul Válery tiene razón, con eso de que las obras no se acaban, se abandonan; escribir siempre tiene ese imposible. Capaz que muchos crean que el crecer sería ser leído. No. Escribir es cortar, es podar, es echar abajo, es hacer leña para el fuego más que sombra para un descanso. La única forma de que crezca, la obra, ya no cualquier árbol. No sé cuáles son los árboles, pero me gusta saber del bosque. Avanzar en él, perderme, buscar el punto donde asoma un claro. O más todavía asumir de ese universo, porque en el corazón del bosque late un sentido más profundo, que escapa a la razón. Todos queremos plantar ese árbol. Supongo. Aunque con dos dedos de frente, tal vez no lo sean todos, porque el auto, la casa, el casamiento, la acumulación de cosas, la escalera al cielo. Mientras unos pensamos, poniendo toda nuestra energía, en los nudos de la memoria, la extensión de las ramas, los tallos de las hojas, el flujo de la savia, el tronco de la resistencia. Plantar el árbol. Si eso no se refiere el famoso árbol de Perec, le sigo llevando la contra.

 

Roberto Contreras

(Apuntes de viaje, 17 de Agosto, 2018


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