Lo único rescatable de la periodicidad, es que estas crónicas van tomando el pulso a los lectores. Enhorabuena, diría un español. Al menos, digo yo, contumaz cronista en tránsito, que creo que, apuntando esta bitácora ajusto los acordes de una música que va sonando, según el favor del viento, a veces armónica y otras tantas desafinada. Pero vamos. Como esta es la tercera entrega, las réplicas se agotan, y ya son menos las disponibles. Creo que hoy con una sola basta. Por temor a repetirme, como dijo una lectora en un escueto post. Sí, porque siempre se está escribiendo una misma crónica, le respondo en mi defensa.

3. Ordenar de una vez por todas la biblioteca
5. Dejar de fumar (antes de hacerlo por obligación…)
6. Vivir en un hotel
14. Realizar un viaje en un navío
27. Aprender el oficio de impresor
29. Escribir para niños muy pequeños
35. Plantar un árbol (y verlo crecer)
36. Emborracharme con Malcolm Lowry

Nº 3. Ordenar de una vez por todas la biblioteca. Esta es bastante fácil, al menos enunciarlo, pues el problema ya está planteado. Más cuando, existe el término en japonés: “Tsundoku”, referido al insufrible deseo de acumular cual Diógenes, decenas, centenas y miles de libros. Entonces, partiendo del mismo Perec, acuso que sí: cuesta ordenar la biblioteca, porque no hay metáfora para decirlo ni gran esfuerzo en interpretarlo, pues la biblioteca es nuestra cabeza, la que, a la vez, si desempolvamos un poco la pátina que reviste las cosas, no es más que el despliegue de páginas, vistas como capas que envuelven, cercan, delimitan, circunscriben el perímetro que irradia eso llamado corazón. Las bibliotecas tienen vida. Son mundos paralelos en constante movimiento. Acaso porque cada libro describe su condición de satélite orbitando, o más bien un mundo portátil que gira entre las manos. Desde niño los libros fueron mis mejores amigos, los quise, los busqué, me buscaron, nos hallamos, también cuando pude ahorré para comprarlos, los obtuve, los leí, los atesoré, los robé, los pedí, mentí, fingí, di lástima para conseguir más, otros muchos nunca los devolví, o los perdí, los regalé, me los robaron, un montón terminó quedándose conmigo. Hay un dicho que refleja esto último, dicen que hay dos tipos de lectores, los que prestan libros y los que los devuelven, ambos llevan el mote de idiotas: prestar y devolver. Creo que todo es parte de lo mismo, si existen es para leerlos, por su dueño o por quien sea. Un extraño caso de propiedad privada, para un objeto que en esencia es libertario. No sé cómo se ordena la biblioteca, porque si tomara en serio el esquema de nuestro querido Georges Perec, en otro (des)conocido ensayo: “Notas breves sobre el arte y el modo de ordenar libros”, debería considerar varias opciones, como: 1. hacerlo por países o continentes, 2. por sus colores, 3. por la encuadernación, 4. la fecha de adquisición, 5. su formato, 6. los géneros, 7. los periodos literarios, 8. idiomas, 9. la prioridad de lectura, 10. por serie, en fin. Luego remata diciendo que no es solo un criterio, sino que se ordenan de acuerdo a una combinación de todos estos modos de clasificación. Me pregunto, ¿dónde estaría su importancia? Quizás en saber ordenar por uso, y después abiertamente de manera ornamental. Compré hace algunos meses –no sé si dije que vivo en dos ciudades y en ambas tengo bibliotecas– un ejemplar de diseño, de parquísimo nombre: Decora con libros. Y me llamó la atención, aparte de la naturaleza de las fotografías que retratan las más diversas bibliotecas –desplegadas como estantes, anaqueles y repisas, de chalet, loft, casas de diversos materiales y mayoritariamente casas inglesas o departamentos parisenses o neoyorquinos de diseñadores– que todos dan cuenta de un estado de orden distinto al del uso. Son espacios de funcionalidad, no de lectura. Afirmo esto, porque su autora, la fotógrafa Leslie Geddes-Brown, en la introducción advierte que, aunque se supone que las bibliotecas corresponden a lectores, ninguna de ellas forma parte, ni por asomo, del estudio de algún escritor. Los lugares de trabajo de escritores que visitó, cuando emprendió el libro, según sus palabras “carecían de estética, sus cortinas estaban raídas, tenían mala iluminación, bloqueaban las ventanas y accesos con sus libros –en definitiva– restaban importancia a su condición de objetos”. ¿Curioso? No tanto, pues al parecer las bibliotecas y sobre todo el orden que dan los escritores a sus libros, no pasan la prueba de la blancura, cuando a decoración, o justamente, equilibro armónico se trata. Me sumo a esa exclusión, mientras dejo este libro sobre una torre de libros.
Leí con interés hace un tiempo el libro, Cómo se ordena una biblioteca, de Jorge Fondebrider y recuerdo haberme quedado con la sensación de cargar con un mal o paderer una enfermedad incurable, diagnosticada por Vila-Matas y refutada por Bolaño: “Uno empieza robando libros o comprando libros y termina leyéndolos. En mi caso es ya una obsesión, compro libros y ni siquiera los leo, los acaricio”. Pero eso a nadie le importa. Porque yo sigo sin poder dar un orden a mis libros. Lo digo ahora, que sigo entrando a algunas piezas, de Arica y de Santiago, y me veo moverme, buscando refugio en la desesperación de la pereza, como el personaje de Paul Auster: sentado en una caja de libros, comiendo sobre otra caja de libros con mantel largo, y hasta durmiendo con una colchoneta en un somier también hecho de libros. Acaso sin quererlo, intentando convencerme de que los libros son/serán mi sustento. Lo mismo que mi perdición. Creo que tengo ahora, la soberana oportunidad de replantear mi condición natural al desorden, a la acumulación, al apilamiento, para acercarme al corolario de la mixtura que ofrecía Perec, como clave de un acertijo, la biblioteca se ordena dando un orden al caos del mundo. ¡Imposible! Cómo dar orden al mundo si no partimos organizando nuestro tiempo. Y ahí entonces volvemos a cero. No hay tiempo para leer los libros atochados y nos vamos a poner a ordenarlos. Y qué tanto, si quién dice que Georges haya ordenado los suyos. Y así como estamos, de arriba para abajo, yo voy exactamente por las mismas.

 

Roberto Contreras

(Apuntes de viaje, 21 de Agosto, 2018)


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