Nadie muere en la víspera. Es lo que único que puedo decir de entrada, pues todo lo que diga por ponderar el fumar tiene en su revés, ser una práctica dañina. Fumar hoy es un acto delictual. Y lo digo solo refiriendo a los cigarros, porque otros humos, ya se sabe, rondan abiertamente lo ilícito. Aunque dado el precio de las cajetillas, se trata abiertamente de un robo: ¡Pero al fumador!, pues hacerlo, en resumidas cuentas, constituye un lujo. Cada cual sabe cómo se mata y en qué gasta su plata. Nadie muere por fumar. De ahí que esta réplica al punto 5. Dejar de fumar (antes de hacerlo por obligación…), con que nos exhorta Perec tenga tantos lados como quiera mirarse. Al igual que las demás veces, hablo desde mi experiencia, aunque en esta vuelta dejo que mute mi perorata hacia una voz de tercera persona, haciéndome humo en el relato.

Todavía no le cabe en la cabeza, cómo es que a un niño de diez años le vendían un cartón de cigarros en un kiosco. ¿O es que en los negocios de Providencia a mediados de los ’80 todo estaba permitido, menos leer los titulares o mirar las mujeres de las revistas más del tiempo correspondiente, sin comprar?

Él siendo un púber compraba cigarros en un puesto de diarios, porque su tía se lo pedía. Acaso porque a esa edad tuvo que recibir ciertas lecciones de golpe: andar en micro solo, tranzar con desconocidos de un almacén, desoír las burlas y sobrenombres por usar lentes, besar el pan antes de botarlo, reconocer que nada es para siempre. Todas en un mismo orden.

Él fumó su primer cigarro, robado al papá de su mejor amigo, cuando no sólo tenía toda la vida por delante, sino también sus pulmones vírgenes.

El abuelo de ese mismo amigo fumaba dos cajetillas diarias. Su pieza era un cenicero. Aunque para él, tal vez se trataba de la sala de máquinas de un barco, lo mismo que una trinchera, un calabozo, un paredón de fusilamiento.

Ella encendía un cigarro para hablar por teléfono. Para llamar o para contestar, indistintamente.

Él, que se definía como un fumador ocasional, social, o de verano, comenzó a fumar cuando se separó. Acaso porque si algo creía que podía conservar, junto con sus consabidas mañas, sería algún vicio. Había dejado el trago, y salvo una copa durante las cenas o en el almuerzo, se podría decir que ya no tomaba como lo hacía/lo hicieron por más de una década. Al parecer eso le ayudó a bajar de peso, pero, aunque tenga o no tenga relación, lo convirtió en un fumador. Al comienzo fumaba bidies, esos pitillos indios de factura artesanal, que compraba –30 años después– también en un local afuera de la estación Los Leones. Los fumaba con los amigos y amigas que se fue recuperando o también haciéndose, en esta segunda parte de su vida que, entregado a nueva situación urbana, le hizo cruzar al frente, donde circulaban apresurados los de cuarenta años, a quienes rápido, pero sin prisa, les fue dando alcance, pero con manos en los bolsillos y pájaros en su cabeza, como-quién-dijera: fumando espero. Los conseguía por atados, pues venían unidos por una pita, y quizás de ahí devenga la expresión “atado de cigarros”, aunque lo más adecuado sea decirles “paquete”.

Hace un tiempo reparaba con un amigo que si en Chile se habla de cigarros, los escritores, narradores por sobre los poetas, insisten en llamarles “cigarrillo” en sus textos.

Flashback. Comienzos de los ´80, una reunión en su casa, un departamento básico de dos ambientes, se congregan semanalmente unas veinte personas, ocupando cada rincón de un reducido living-comedor, el niño sale de una pieza a la otra, que está separada por un estrecho pasillo sin puerta, y puede rememorar que por entonces, al igual que las personas que gustan del olor a bencina, a él le gustaba el olor a cigarro en su niñez, o quizás no es que le gustara, sino que al menos le provoca una grata sensación al percibirlo cerca, se diría un bienestar anímico al oler el tabaco y una imagen curiosamente alentadora, con algo de coraje y desafiante al apreciar un adulto fumar; un humo gris blanquecino se desplaza por el cielo de las dependencias, muy por sobre su cabeza, entre el barullo propio de una aglomeración de personas que siempre parecía ir en aumento, según el tono de la discusión, de momentos algunas risas, murmullo también y luego ciertas formas de alegato que describen la toma de acuerdos; no había alcohol ni trago de ningún tipo, porque está lejos de tratarse de una fiesta, es una reunión política, pues el enclave de esa casa permite asumir compromisos, decisiones al mismo tiempo que se oprime un cigarro y arrojaba la bocanada hacia el cielo; afuera las manifestaciones callejeras se hallan en aumento, revistas opositoras al régimen quedaban cada vez desperdigadas en la mesa, en las sillas, hasta en el piso, ahí el chico puede atisbar en los titulares cómo crece el descontento y al pie de la letra, oye las arengas que se vuelven pancartas fotografiadas, en portadas donde muchos de quienes visitaban su casa y fumaban en el balcón al despedirse, quedan retratados bajo rojos titulares. Así ve avanzar el año 83, publicaciones, reuniones, panfletos, hasta comienzos de 1985. Reuniones que siempre, ni un minuto más ni un minuto menos, concluían a las 9 p.m., cuando todos partían a sus casas, o salían de ahí con destino a sus casas, y con ese credo se despedían, porque no hay que flaquear, compañeros, sin transar, ni bajar la guardia, ¡y va a car!, se decían unos a otros, él niño los oye-quiere-busca con la mirada involucrarse a la agitación que se escurre, escapa como una estampida por la ventana, desplegándose por la zona sur poniente de la ciudad, hasta que siente, qué, en ese mismo momento, a ver, qué, cómo, un escozor, un ardor que baja por su pelo, por el costado de su oreja, casi dentro de su oído, se le fija ahí punzante, hiede, huele a quemado, a pelo chamuscado, alguien imprudente, aunque de forma involuntaria, dejó caer casualmente la ceniza en el pabellón auricular del niño, mi oreja, mi oreja, ay, ay, corre a la cocina, hay más personas ahí, pero nadie hace nada, ay, ay, ay, es como si fuera invisible, el niño se desplaza entre piernas, brazos, llego a la cocina, alguien prepara panes con paté, voy al baño, se escabulle hasta el lavamanos, la puerta está cerrada sin pestillo, primero los botos luego el pantalón de cotelé que reconoce de su papá, la tela recogida en el piso por sobre los gruesos zapatos, que luego ve moverse, rápido, dejar el lugar para darle paso, sus caras se encuentran, pero no le dice nada a él, él tampoco le dice nada a él, no se hablan, el niño pasa, qué te pasó, se escucha luego a su mamá, del otro lado de la puerta, hablarle casi en sordina, pues en ese punto de la casa parece congelarse el tiempo, deja de oírse la reunión, apenas prevalece un murmullo, como el mismo viento que mueve imperceptible y levemente las cortinas, así se cuelan las conversaciones y el humo, el niño toma un paño azul y mete la punta de la toalla en su oído, el dolor se apacigua, ladea su cabeza y dejo que caiga un largo chorro de agua fría al lavamanos, me arde, piensa, digo. Un río bajando por su cuello y espalda. Una casa sin agua caliente en el invierno santiaguino, es lo único que cura el dolor, siento toda esta parte de la cara dormida, hasta atrás. Durante varias semanas, bajo el tenor acostumbrado de los de su casa, y eso de convertir en chiste cualquier desgracia, le dirán que por “orejón” usaron su oreja de cenicero. Quiere llorar. Pero no lo hace. Sí, por querer meterme en las conversaciones de los grandes, me pasó, piensa para sus adentros. A fines de 1983 la herida ha sanado por completo.

Él ahora fuma. Sin llevar la cuenta en la uña, quizás sea una cajetilla cada dos días. Relación precisa que, a modo de proyección, le asegura que el abuelo de su amigo (el que cada vez se ha ido pareciendo más a ese anciano que recuerda) consumía dos cajetillas diarias, absorto, oyendo el ruido de las máquinas portuarias en su memoria. Saca la cuenta cada cuántos minutos debió fumarse un cigarro, de la noche a la mañana y de la mañana a la noche –porque el abuelo no dormía– y convergen revelaciones de cosas imposibles, fumar en una micro, calentarse la cara con un cigarro, ver el rostro de Perec y caminar juntos en fila india, por un corredor con maicillos y maleza, con la creencia de ser llevados al patíbulo, y antes de la ráfaga de balas, pedir un cigarro.

Una amiga que vivía en España, le encargó, cuando éste viajó en el 2010, que le llevará desde el Duty Free dos cartones de cigarros. Cumplió con la misión. Y si bien dijo que en Barcelona se los pagaría, nunca lo hizo. Con lo que ahora entiende, ocho años después, lo importante que puede ser ya no el fumar en sí, sino que reducir el gasto en puchos mensual, aunque sea de contrabando, al comprarlos al por mayor, como lo hace él ahora en Tacna.

Como hoy es un fumador, cree que puede tomarse ciertas licencias y declarar: un cigarro se comparte, no se pide. O, dicho de otro modo, es mejor esperar que te ofrezcan, a convertirte en un “bolsero”.

En las afueras de los terminales, los mercados, las cocinerías o paradas de colectivos en las regiones que recorre, no falta el mendigo que le pide, con todo respeto, señor, amigo, jefe, un cigarrito, y él que muy pocas veces, por no decir nunca, saca otro de su cajetilla, y prefiere, pasar el suyo, junto con agregar que acaba de prenderlo.

El abuelo de su amigo, está seguro, sabía esto, por eso cada mes se armaba con seis cartones de cigarros cuando recibía su jubilación. Que no era otra cosa que la dosis exacta de dos cajetillas diarias. Otra forma de ver cómo la plata se hace humo. O quizás, saber gozar cada instante, pensando que cada minuto es una resta a la víspera.

 

Roberto Contreras

(Apuntes de viaje, 27 de Agosto, 2018.)


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