Se insinúa que una banda —digamos, Los Tres— se extingue, en retrospectiva, una vez apagado el fulgor de su último mejor momento. La fiesta queda a oscuras, marchan los invitados que mejor nos caen.

Pero la extinción también tiene continuidad. Sea esta muerte por motivos íntimos —la vacilación que produce un nuevo pensar, el súbito asco tras lo muchas veces deglutido, el errorcito que nos descontinúa la simetría proyectada sobre lo amado— o simplemente porque aquello que gustaba agotó y dejó de ser lo que era, si aceptamos la ilusión de no morir también uno con las cosas.

Con Los Tres, agonizantes por su reiterada falta de buenos momentos, muertos por el inapelable derrumbe del machismo público, muere también lo que hicieron suyo. No deja de haber gracia en que Los Tres se hayan engalanado desde siempre con el ornamento de su propia extinción. Hicieron de su poética la procesión funeraria —mas no la muerte en sí misma— de cierto imaginario masculino.

Echaron a morir consigo la lectura realizada por Henríquez de la ironía parriana; la cueca chora del Tío Roberto reivindicada luego de la apropiación patronal del folclore popular por la dictadura; el virtuosismo haciéndose espacio en la música popular; el imaginario del amor violento y su desgarro masculino; el forajido que es tan decadente como heroico; la ya añeja autodestrucción rockera; el desafuero que parecía salvaguardado en la genialidad artística hasta justificar el atropello de la ética.

Lograron hacer del empuje hacia la decadencia la base de su estética. Álvaro Henríquez quiso ser músico de rock cuando se enteró por televisión de la muerte de John Lennon, ¿y no cierra acaso el disco homónimo (1991) con un sol barrido? El hombre que hace del sufrimiento su gloria, la oportunidad de redención y venganza. “La primera vez” da cuenta, en esa curiosa mixtura de iniciación sexual y resistencia política, de la primera posibilidad de odiar y hacer respuesta. “Déjate caer” termina por hacer de esa venganza el asumir de la decadencia. Y una canción como “Me arrendé” recuerda la necesidad del auto flagelo —tan transversal en toda la discografía de la banda— como un camino para ir más allá de sí mismo.

Los cadáveres saben ser agujeros bastante representativos de los discursos que acarreaban consigo. Son especialmente útiles para maniatar el lenguaje, dado que extinguirlo es imposible; recrean una nada que tiene por sustrato todo aquello que una banda —en este caso— reunió para sí. Parece haber un qué orgásmico en lo inmóvil de los ataúdes. No está mal eso de la muerte chiquita, porque la muerte así disminuida revela su múltiple, las muertes que conforman la Muerte, la gran nada. ¿No es alegre esa curiosa tábula rasa? La “nada potenciadora” que adoptara Adriasola María Teresa al asumir el Hernández Elvira, ese todo nuevamente por hacer. “Nada es el lugar donde uno puede empaparse de algo”, y así. Hacer sedimento del sí mismo.

Creo que ese es el principal aporte de Los Tres, en su prolongada convalecencia. El susurro irónico que nos dice: no hay obra que lograr. Las obras no son un ejercicio de voluntad, están siempre dispuestas, en toda su pretensión de alturas, en convertirse en una Fosa de las Marianas en medio del lenguaje que alguna vez pensaron para sí. Dice Lefevbre: “…una cultura no se define y no se hace consciente hasta que se agota, de tal suerte que la consciencia, esta claridad, llevaría también el signo negro del destino.”

Dicho esto: no creo necesaria la constante actualización, el estiramiento de una expresión artística hacia la inmortalidad moral, la negación de su devenir y su desaparecer, el no reconocimiento de su clausura, que solo puede darse en la acción desde esa clausura, con pleno conocimiento de la forma en que los cuerpos se entumecieron, antes del final. Se dijo alguna vez:

“Es la superficie negra lo que ataca la forma.
 La inclina a usos presentes.”

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