La anotación, pero no del contenido, sino del gesto; La experiencia, no como el preciso entramado de nuestra vida, sino como el temblor que nos hace humanos; la lengua no en su vida, sino en su forzosa descomposición.

Estas son algunas de la reflexiones que podemos encontrar en estas cinco preguntas a Julieta Marchant, a propósito de su último libro: Reclamar el derecho a decirlo todo, editado por Pez Espiral.

Reclamar el derecho a decirlo todo se anuncia a sí mismo como una anotación. ¿Cuál es el lugar de ese gesto –la anotación– en tu vida cotidiana?

Para este libro en particular, andaba anotando todo. Recuerdo una lectura a la que fui del poeta venezolano Víctor Fuenmayor, que estudió con Barthes, Kristeva, entre otros, y que en un momento se puso a hablar de su relación con la danza. Había ido yo también a leer ese día y me acompañó un amigo escritor, Sebastián Herrera. Entonces, estaba yo ahí sentada, alucinadísima con los temas que iba hilando Fuenmayor, y Sebastián –que estuvo muy cerca de la escritura de mi libro– me mira y me pasa un lápiz. Eso era justamente lo que yo estaba pensando: «Por qué no tengo un lápiz ahora». En general, siempre fui muy ordenada y es algo que, con los años, he ido perdiendo. Eso ha implicado, además de un caos personal, anotarlo todo ante el temor de olvidar deberes, citas al doctor, trabajos, etc. Todas esas anotaciones mundanas están cruzadas entre mis papeles por citas o cosas que escucho, por nombres de autores o libros. Trato de que no se mezclen, de organizar ese desastre. Suelo pegar las anotaciones en la muralla para ordenarlas y de ellas, claro, salieron varios poemas de Reclamar. Es una manera de guardar la escucha que mi memoria no necesariamente retiene a largo plazo. A veces estoy en una clase o en una conferencia y anoto mucho. Pero, en realidad, no estoy tomando apuntes del contenido formal, sino de los gestos, de los ímpetus, de las maneras. Me parece que la incomprensión del sentido más radical que he experimentado es tomando apuntes en una conferencia en francés de una psicoanalista (yo no sé francés y no quise ponerme el sono con la traducción al español). De ahí también salieron algunos poemas de ese libro.

¿Crees que esta es una poesía sobre la experiencia?

Depende de lo que entendamos por experiencia. Pienso sobre todo en la diferencia que hace Benjamin entre vivencia y experiencia. Y en su análisis respecto de la pobreza de experiencia en su época. Es posible que la poesía, o cierta poesía, para no hablar en términos genéricos, ansíe una aproximación al mundo que implique un vínculo no utilitario ni banal ni contingente. Desde esa premisa, yo pensaría que sí, que yo quisiera que mi poesía fuera de la experiencia, lo que no implica que se trate de un vínculo biográfico –o, al menos, no meramente biográfico–. Me costó muchos años vincularme con mi biografía de una manera que no me pareciera meramente egótica y ahora estoy en calma con ese punto. Mi manera ha sido ir encontrando diversos puntos de apoyo que se vayan lastrando entre sí: la biografía –claro–, pero también la experiencia como lectora (y, desde ahí, algunas técnicas de apropiación), la escucha (y, desde ahí, tenderle el derecho a la palabra al otro) y, por ello –pienso yo, al menos–, una relación no dominante en relación con el lenguaje. Hablaba Chejfec en la Cátedra Bolaño el otro día sobre el temblor como potencia de la literatura. Yo creo eso respecto de mi relación el poema. En el temblor. Y ese temblor no se trata de que yo, como sujeto, haga temblar estructuras, lenguajes o una cartografía biográfica, sino que ellos mismos tiemblan en un tono, ritmo o irrupción que difícilmente está a la mano de mi control. Aceptar esa insignificancia es quizá, bajo mi perspectiva, la experiencia humana.

El lenguaje es un organismo en este poema. Hace cosas. ¿Qué opinas de esta idea del lenguaje como una biología?

Esta pregunta me hace pensar en la perspectiva biolingüística de la que sé casi nada. Se habla de un gen del lenguaje, que no es exclusivo de los humanos –en teoría, por ejemplo, también lo tienen los pájaros que, a pesar de que no hablan, cantan–. No es una idea que me ronde en absoluto, aunque ahora estoy escribiendo otro libro que se acerca, en alguna medida, a la biología, pero no desde la lengua sino desde el cuerpo. Más pienso, desde Reclamar al menos, en el lenguaje como un modo de contacto. Contacto entre sujetos y contacto desde los sujetos hacia el mundo. Este libro, se supone –ya no estoy tan segura–, es parte de un proyecto mayor que se llama Ensayo sobre el oído. Ahí aparece más claramente la idea de un verso que se repite en Reclamar todo el tiempo: «Desaparece una lengua». Esa desaparición tiene que ver con la figura de Cristina Calderón y el yagán. Vi muchos documentales y videos en los que Cristina habla de su lengua materna y de qué significa ser la última hablante del yagán; la experiencia de no tener con quién conversar en la lengua que aprendió de su madre y en la cual se siente propia. Ahí, me parece, concluye para siempre una forma de contacto. Esta idea me apareció en una clase con Sergio Rojas que dijo algo como «cuando desaparece una lengua, se cierra un mundo».

La palabra «biología» se me hace muy álgida para hablar del lenguaje. Pero se trata quizá de un prejuicio con ciertas palabras. Si lo pienso textualmente incluso, biología es el estudio de la vida (estoy pensando en el origen griego de la palabra). Si la pregunta es si el lenguaje está vivo, claro, sí. No podría decir lo mismo de las lenguas y eso es, justamente, lo que me movilizó para escribir algunas áreas de Reclamar: lo que implica que un organismo que antes estaba vivo –el yagán– se apague.

Hace poco leí una frase de Alberto Girri: «El problema no es la claridad ni la oscuridad; el problema es la ostentación de la claridad y la ostentación de la oscuridad», la pienso a partir de esta cita de tu libro «en la opacidad de mi ignorancia la belleza se hace lugar». ¿En el momento más profundo de la confusión la subjetividad encuentra una luz donde por fin puede extenderse?

Me parece que asociar la luz a la certeza y la opacidad a la confusión es algo complejo. La ostentación es quizá el problema, porque toda ostentación implica un control que no necesariamente el poema permite. No tengo claro si la confusión, en la escritura, me provoca realmente un momento de oscuridad. Si pienso en los libros, por ejemplo, que he botado –tengo la costumbre de botar libros que he escrito, cada tanto–, a todos ellos los une algo: la certeza. La certeza de un proyecto, de un «objetivo», que los vuelve no opacos, sino demasiado transparentes e incluso limítrofes. Para mí, lo luminoso tiene que ver con la certeza del deseo de arrojo. Ese momento –el del arrojo en la escritura, que no se trata de algo llanamente emotivo– simboliza, en mi experiencia, la entrada misma. Porque uno, más que salir, quiere entrar. Transitar, recorrer. Cuando ese anhelo se apaga y es reemplazado por algo del todo direccionado, que no permite baches, dificultades, temblores, presiento que algo no funciona.

La memoria parece ser entendida como una experiencia disparada por el exterior, un fenómeno principalmente acústico pero irrigada por todos los sentidos. Ahora, aquello que genera es totalmente interior y singular. ¿Cómo entiendes esta aporía?

La memoria implica una donación –de parte del exterior– y un recibimiento –de parte del interior–. En ese sentido, en ningún caso me parece una aporía. La literatura se dirige siempre al otro (a un afuera, que podríamos ver como un afuera constitutivo). El otro que nos sobrevive, el lenguaje –que también es otro– que también nos sobrevive. El afuera tiene que ver con lo otro y ese es un tema que me ocupa literariamente, pero también vitalmente. La escucha fue una manera, en este libro, de integrar lo otro. Ese proyecto me llevó muchos años e implicó saber cuándo escribir y también cuándo callarme para oír.

 


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