FORMAS DE LLEVAR LA CONTRA A PEREC. V

Capaz que, a la luz de estas crónicas, para los que no me conocen, resulte alguien pesimista o tal vez malhumorado o de seguro derrotista. En Chile, cuando alguien disiente, en el sentido más amplio del término, y a raíz de la fractura del país, que intentar explicar aquí daría para varias páginas, es común se tilde a una persona con dicho temperamento de “comunista”. Si es así, un grupo importante de quienes conozco, he conocido y otros que espero conocer, entonces, debiesen ser tomados por “comunistas”. El caso es que no profeso ese partido. Igual se entiende, pues los de la vereda del frente reciben, por nuestra cuenta, el mote de “fachos” y si nos demoramos más, hasta de “fachos pobres”. De seguro, ambos calificativos son tan equívocos como suponernos a nosotros como unos hijos resentidos de Lenin o incluso de Stalin. Aunque qué más quisiera yo, poder encarnar o al menos rondar a veces, ciertos valores que más me llevan a definirme como la defensa que hiciera Carlos Droguett: “En un país de pusilánimes y genuflexos no es raro que yo tenga fama de escritor agresivo”.

Todo esto, porque intitulé estas entregas como “Formas de llevar la contra a Perec”.

Estoy llegando al final, cuando queda contrariar dos puntos y es lo que me propongo hacer ahora.

3.-Ordenar de una vez por todas la biblioteca
4.Dejar de fumar (antes de hacerlo por obligación…)
5.-Vivir en un hotel
6. Realizar un viaje en un navío
7. Aprender el oficio de impresor
8.- Escribir para niños muy pequeños
9. Plantar un árbol (y verlo crecer)
10. Emborracharme con Malcolm Lowry

36. Emborracharse con Malcolm Lowry. Cuando leo que Perec hubiera querido irse de copas con el autor de “Bajo el volcán”, también pienso en mi paso por Morelos. Lowry que arribó a mediados del ´30 a México y en particular a Cuernavaca, en parte redimido del alcohol se propuso levantar una obra monumental, dantesca, pero apenas, aunque el calificativo subestime su tensión, dio vida a un libro fundamental sobre México. Literatura y México. Alcohol y México. Violencia y México. Orfandad y México. Revolución y México. Todo lo que hace que me acuerde, de mí mismo a comienzos del 2015, en la azotea de mi querido RS en Cuernavaca, fumando, bebiendo, comiendo en una opípara mesa, recibiendo información de primera fuente sobre los infrarrealistas y compartiendo experiencias de autoedición y poesía y revolución y alcohol y orfandad y violencia. (Dos noches más tarde tras una huelga de profesores en una escuela, unos maestros serían secuestrados, torturados y dejado dos cuerpos tirados en la carretera que nos llevaba a la zona de Guerrero hacia Acapulco.) Pensar en México, no es hablar de un país sino de un continente. Un suelo que dio a luz, pero que también alberga a queridísimos hermanos y amigos, con los que nos une una historia que cruza montañas, ataúdes, papeles y amores. Todo lo que no dejo de confirmar, y hace que retorne, como solo el mezcal sabe llevarte, “cuando estás bien, mezcal y si está mal, igual”, a largas caminatas y conversaciones y días de sol capeados en la sombra de arboledas largas como la memoria del presente. Veo a RS encuadernando con la troupe de La Ratona, haciendo el pegado de las tapas de cartón en una bella edición de MSP, y que me pasa, para que la haga correr cuando vuelva a Chile. Con esto recuerdo la bronca que, refería Bolaño, sobre un rayado en tiempo de los infra: “Que Bolaño se vaya a Santiago, y Mario también”. Pues desde comienzos del 2000 cuando se popularizaran las “ediciones cartoneras”, como una alternativa a re-producir obras literarias en medio de la ruda crisis económica que, primero en Argentina puso un precio-justo a los cartoneros, lanzándose a facturar libros con las vilipendiadas, delictuales, perseguidas fotocopias, por la policía-del-copy-right, la cuestión no se detuvo, si no había libros había que conseguirlos: “Do It Yourself”. En eso estábamos, quizás menos borrachos de lo que Perec hubiese querido estar con Lowry, cuando RS baja o sube, una casa con muchas escaleras, y trae de su biblioteca algunas publicaciones de nuestra editorial Lanzallamas, y dice, a esto me refiero Roberto: “Hacemos los libros que siempre quisimos leer”. La frase sirve más que para cerrar el comentario y solo se justifica si después de leer esto, te vas a tu propia biblioteca o te pones a navegar y revisas cuántos proyectos cartoneros existen hoy y cuáles son sus títulos. Las editoriales independientes no pueden seguir llamándose microeditoriales, en verdad son grandes editoriales que publican pocos libros. Con esto me estoy pasando al otro punto.

36. Aprender el oficio de impresor. “Los trabajos y los días”, diríamos con Hesíodo, con la diferencia de que la definición de oficio es la de “labor” no de un “deber”. Alguien escribe, alguien imprime, pero en esa relación, la cadena de producción del libro tiene muchos eslabones. Iba a decir, escalones, en una mala jugada fonética. Nada tengo muy claro de la impresión en los términos que se ha masificado ahora, salvo la vieja escuela de la linotipia, el cuño y los clichés, con eso de los tipos móviles. Un verdadero arte del hacer, el más bello de los oficios, un rescate que en clave borgeana incluso defiende a ese “tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada”, pero que a la vez, sale a desmentir también mi propio hermano, Joaquín, y una larga lista de amigos y amigas suyo, que han hecho de las múltiples formas de un impreso, un mundo inabordable –otra vez con Borges– donde se cuela como una grieta un punto donde cabe todo el universo: cada línea, cada forma y cada letra, para descubrir un mensaje secreto.

La más común de las analogías para hablar de la impresión es la del vino y un vaso, existe acaso otra mayor condición de un libro, si no dónde poner el contenido para llegar a saborearlo en plenitud, que no sea su tipografía. Un bello libro primero son sus letras, luego podremos confirmarlo al leerlo.

Tiempo atrás, cuando leía con mayor asiduidad a Manuel Rojas –¿por qué no ando con un libro suyo en la maleta?– fue una gran revelación saber de su oficio de imprentero, es cierto como muchos escritores que convivieron a comienzos del siglo XX con zapateros, panaderos, peluqueros y, por supuesto, linotipistas anarquistas, sin parecer nada de ajeno, ni mucho menos extraño, cruzar sentidos y afanes que emergían desde sus oficios hacia la práctica (la escena de Rojas de unos peluqueros dinamitando puentes es notable), pues ellos hombres de máquina y overol, por fuera de las vanguardistas de café y academias, consiguieron pavimentar el camino para el arte y la ideología, cuyo mejor ejemplo estaría en el edificio levantado por Rojas allá en 1938, cuando explica en su ensayo De la Poesía a la Revolución: “La creación es, desde cualquier ángulo que se mire, y desde el momento que requiere muchísimo trabajo, una lucha contra una oposición que obra, con su inercia y obstáculos, contra el hombre que pretende crear. Toda creación es una lucha, así como también es un placer”. No podría decirse de otro modo. El placer es mutuo: lo que se sirve y en cómo se bebe.

Así todo terminó por unirse, acaso porque desde las primeras crónicas supuse que la selección entrañaba múltiples formas de relación, y este llevar la contra fue una forma inequívoca de hacer de este ejercicio una apuesta por registrar lo vivido y lo visto, como dicho.

Aunque no lo dije, siempre estuvo presente Raymond Carver, primero, por eso de haberse rehabilitado de su alcoholismo, y, segundo, porque una crónica se consigue, cuando logras utilizar todo lo que te rodea.

Al fin, con esta me despido, agregando que la única copa que me hubiera gustado tomar –ni siquiera estoy diciendo emborracharme– con un escritor que admiro profundamente, dejó de ser posible en julio del 2003. Solo en la excusa de saber más de México, de su propia boca y no por sus libros ni las versiones de su falsa biografía. Para preguntarle sobre qué es eso de habitar, como dijera mi queridísima Nan Ve, en un país, pero sin olvidarse de que fue un Imperio. Las demás copas las he vaciado por montones, con botellas al mar y en los naufragios, y, de seguro, muchas seguirán destapándose, más si atendiendo a los versos de Bukowski: “los céspedes tan verdes, los libros tan aburridos, la vida tan muriéndose de sed”. No hay por donde perderse.

Fin de las entregas.

Roberto Contreras

(Apuntes de viaje, 05 de Septiembre, 2018.)


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