03/01/2018: La partida

 

El último día en Rotterdam me obligó a despertarme a las 4 de la mañana para tomar un taxi al aeropuerto. La oferta de la aerolínea volvía a mostrar su lado negativo, pero servía para intentar conectar pensamientos durante el largo trayecto. El final de un festival siempre pone este desafío a la actividad del crítico: el deber de “resumir” mentalmente una serie irregular de películas, tratando de descifrar que quisieron decir los programadores durante esta edición.

 

En este caso la desventaja de asistir por primera vez, sumado a la poca coherencia que tuvieron mis visionados, saltando entre nacionalidades y secciones, me dejan poca claridad respecto a esto. Todos los festivales reafirman la poca efectividad que tiene la pretensión de distancia desde la crítica. Al final la acumulación de ánimos, conversaciones de paso, cervezas, reencuentros, y el orden en que uno ve las películas determinan cualquier tipo de apreciación. Mi recepción de la brillante Hanagatami (Nobuhiko Obayashi) está difícilmente separada del hecho de verla después de una poco apetitosa cena, cortesía de la gastronomía holandesa. Parte de no poner mucha resistencia ante los momentos más edulcorados de Radiation (Naomi Kawase) pueden tener que ver con asistir con una compañera del taller que me reveló, nuevamente, cuanto se conoce a alguien al conversar largamente sobre películas. Mi rechazo de lo que representa Jimmie está indudablemente ligado al ridículo momento previo que se vivió en alfombra roja. Esta es la razón por la que la crítica mundial ha derivado hasta este tipo de lecturas personales. La idea del crítico que se separa de lo que está viendo para descubrir el discurso detrás del texto sigue presente, pero ya no es separable con la crítica que reconoce la influencia afectiva. El crítico Robin Wood decía que no existe algo así como una entidad llamada “las películas de Igmar Bergman” hecha para que los críticos descifraran un significado oculta. “En realidad, las películas existen a través de las experiencia y recepción del espectador, con la naturaleza de la experiencia dependiendo de la posición del espectador en la sociedad y la ideología”. Tal vez en el futuro sea capaz de comprender mejor la experiencia festivalera, pero por ahora todavía puedo plantearla godardianamente como un eterno “en-proceso”.


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