Florece la ciudad cuando la luz pega en las casas a media altura en vez de diluirse en el cielo el pensamiento ansía filtrarse entre los callejones acordarse de como el concreto certero niega toda posibilidad de infiltrar la observación. Faroles se iluminan el calor no se va pero se extraña que queme la piel ya que así cerca las sombras en las profundidades del cuerpo. Ahora habrá que engañarlas en los bares se enchufan los parlantes: la coreografía de una tarde que se repite hace siglos. Vuelan el templo romano arriba ponen mezquita se destruye para una iglesia mi memoria antes de pillarse estos edificios re escritos lanza como cuchillos algunas de las torres que se han despeñado en mi propia vida. Rostros que arden al desaparecer. Las que siguen erguidas saben que pese al destino de su material la luz seguirá marcando su paso en el relieve, ruinas, montañas, monumentos, casas patrimoniales y estaciones de tren con pantallas digitales. Nada puede ser más perverso que una belleza que se mantiene sin ser alterada por los hechos. Un portugués casi atropella a un extranjero y se entrampan. El extranjero que es anciano sigue caminando y responde a los insultos con temor y orgullo como un rey que ya solo en el tablero da sus últimas movidas ante un jaque mate inminente. Se baja del auto para decirle se vaya a su país. Yo me enrabio le paso la billetera, el celular a mi hermano y corro a dar cara contra el renacimiento del fascismo europeo. Todo queda en una performance. Así mismo dicen ellos que sacaron una dictadura de cuarenta años parándose afuera de la casa de gobierno con flores en los cañones de cientos de fusiles. Yo me imagino abajo de esa fábula hay un tejido político de miles de metros. Tirado en la playa me pregunto que quizá todo es así una escenografía e incluso el sol ni quema. Pero de la noche que viene quiebra el aire un canto que dice como estaba sosinha fui ese día a cantar. Frente a eso una gringa llora y bosteza a la vez, nunca vi algo así. En el comienzo de un fado la voz se esconde en el interior de la cuerda de una guitarra confunde su sonido con ese vibrar luego con gesto de sardina coletea contra la corriente en busca del cardumen como si se hubiera extraviado a propósito para enseñar como cubrir la ruta que separa al individuo de los otros. El cartel tras un escenario improvisado en la plaza grita stop brutalidad policial racista. Afro europoeos de distintos colores se reúnen bajo la consigna. Un español turista abraza bien de cerca a su esposa mulata cuya comisura labial expresa emoción y orgullo. Sonríe con la mirada fija. Un tipo me confiesa que está en ácido y me da mucho jugo. Fácil es confundir la sublevación con una fiesta, el problema es cuando se confunde la fiesta con la catarsis personal. Empresa egoísta en la que los afectos no se salvan. Buena música como siempre secunda todos los lugares.


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