Yo sé que no es una novedad pero en España se comen tapas. La verdad no sé si en todo España porque yo estuve en Cataluña que para muchos no es España pero para nosotros los extranjeros lo es. Digo esto porque esta crónica adquirirá esa forma. Cada párrafo será una tapa. Pequeños sistemas autosustentables pero que necesitan estar acompañados de otros para cumplir su función: alimentar. Micromundos. Me gusta que en su pequeñez tengan cada una una estética singular. Me habla de eso mismo, una organicidad es, una articulación propia, una propuesta de orden que no se impone a las demás.

 

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El infrarrealismo llegó como noticia a mi cuando tenía catorce años,  mi vida agarró ritmo, comencé a vivir los días con otra intensidad. Desde ahí le agarré cariño a perderme en la ciudad para disfrutar las heridas abiertas de mi corazón adolescente. No hablo de una herida específica, podía estar o no estar. Era, a fin de cuentas, una impostación que permitía el salir a flote como perlas, de las razones por las que valía la pena estar vivo. Con que ética había que vivir para alcanzar la intensidad en la que una crisis existencial no pudiera entrar. Un quehacer infranqueable para los venenos del capitalismo. Transformarse en herida. Una vulva es una herida pariendo heridas dice Bertoni o el famoso intermedio de Hijo de Ladrón donde se desarrolla esto mismo. Encerrarse a escribir en una habitación o en una plaza pública me sigue pareciendo la única salida. En esa vida sublevada, algunos sobreviven y otros no. Barcelona fue en gran medida eso para mi. Relacionarse con los sobrevivientes que optaron por esa vida hace décadas en un mundo mucho más cerrado que el actual. Gente de Hora Zero, del infrarealismo que aún se mantiene escribiendo y armando tejido político literario. Fue un gran abrazo a través de los años. Un abrazo que pretendo saborear aún más en mi vejez si es que alguna vez sucede. En ese momento los sentiré jóvenes al poder hablarles de igual a igual y quizá re escriba este párrafo. Gracias por los testimonios. Alcanzar lo desconocido por medio del desarreglo de todos los sentidos (A.R)

 

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El turismo masivo de las ciudades cada vez me asquea más. Se transforman para eso y termina reemplazando cada vez más la vida cotidiana. Sin embargo pienso, algún día se acabará y la estructura del raval se mantendrá. Hay cosas que no cambiarán: la luz, los colores, la sensación entre los callejones. Me sorprendo al darme cuenta que una estructura, en este caso arquitectónica, un diseño, sea también un procedimiento planificado que permitirá recordar.

 

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Ir a ver jugar al Barcelona fue complacer a mi niño interior. Ese niño que llegaba del colegio todas las tardes a prender el Fox sports  (canal 52) y ver fútbol mientras se comía un pote de chocapic con yoghurt de vainilla. Aunque fue ver la decadencia de un imperio. Un barcelona que ya no juega con el goce y el éxito anterior, sino con la presión de ser efectivos. Me gustó ver que mientras los turistas se sacaban fotos los viejos socios catalanes trataban a las estrellas con desdén. Al salir del estadio vi como un anciano guardaba un carnet de socio gastado en el bolsillo de su chaqueta. El parroquismo de la gente trascenderá el declive del espectáculo. Además cada ciertos minutos gritaban en catalan: Libertad a los presos políticos.

 

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Tanto Portugal como Barcelona están plagados de araucarias. No sé si será otra especie distinta a la chilena, nadie supo decirme con certeza. Sea o no sea me permitió pensar a partir de una escultura de Calders exhibida en el museo de Miró. Era una fuente en honor a unos mineros españoles que habían sido duramente castigados por el franquismo. Su mineral era el mercurio. La fuente de Calders era recorrida por mercurio en vez de agua. Lo cual le otorgaba al material un estatus y lo sacaba de sus funciones industriales. Esto le permitía desenvolver su movimiento con toda libertad, con la forma que le es propia, muy especial en este caso específico, su cadencia pareciera no ser natural. Con respecto a la Araucauria, pienso tal como con el mercurio, como la materialidad que circunda a una comunidad puede guardar su escencia y memoria. Sin desconocer el aura perverso que adquiere al conocer los hechos. Pero también lo divino. El árbol como un archivo de un pueblo que se mantiene en resistencia con la misma intensidad.

 

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Pienso que ya no podemos seguir pensando en términos políticos con las categorías izquierda – derecha = socialismo – capitalismo. Hay muchas más capas y matices de discusión y hay que hacerse cargo de esa complejidad si queremos vivir en libertad. Me parece que la discusión de fondo es sublevación versus autoritarismo. Y la sublevación tiene que dar todas las peleas. Digo esto a partir de la volición independentista de Cataluña. Yo estoy de acuerdo con cualquier pueblo que quiera autodeterminarse. Pero qué pasa cuando los caudilos del momento que llevan a cabo esa sublevación son de derecha en su pensamiento económico. Cómo hacerse cargo de ese descalce desde nuestras anquilosadas categorías para leer la política contemporánea.


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