La disciplina. Los relegados de Cochrane se levantaban a las seis de la mañana. Yo no tenía por qué hacerlo, pero lo sentí desde el primer día como un imperativo. Salíamos a trotar los cuatro —Guillermo, el Lucho, Fabián, yo— por todo el perímetro del pueblo. Desde el primer día ellos buscaron las formas de vincularse con el territorio. Las primeras semanas, quizás todo el primer mes, armábamos invernaderos. Cuando llegamos con Marietta y el Claudio, los tres relegados originales ya estaban embarcados en eso, pintando carteles, me acuerdo. Después comenzamos a pintar casas del pueblo que necesitaban una manito de gato. Allí aprendí a pintar tejuelas, en techos y paredes, desarrollando cierta paciencia para los detalles que exigía la labor y que después me sería muy útil para pintar molduras y otros arabescos durante mi paso por la empresa contratista en la que trabajé a principios de los ’90.

En Cochrane creo que no había desperdicio en el día, todo era buscar cosas que hacer, formas de colaborar y, sobre todo, de mantenerse ocupados. Fuimos, claro, recompensados con creces. Comíamos cordero al palo casi día por medio, salíamos a pescar a los lagos cercanos en camiones madereros, sin barandas y cargados de garrafas, donde el único límite eran las horas de firma en la comisaría. Tres veces al día, bajo pena de proceso y castigo. Aprendí a tomar vino en bota, alejando y acercando alternativa y paulatinamente el chorro de vino hasta la boca. Tenía diez años, pero para esos efectos era uno más. Eso no se discutía. Ahora pienso que también hacíamos tantas cosas para no tener que pensar. Para no estar todos —más ellos que uno, claro— con el país dando vueltas en la cabeza todo el día, con las detenciones de sus amigos, las relegaciones masivas, los allanamientos, los milicos, la CNI. Los feroces preparativos de ese año de por sí feroz que fue 1985.

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Había una radio en Cochrane, o más bien en la pensión —porque sí había una radio en el pueblo, una que funcionaba en el lapso reducido en que la luz eléctrica se podía utilizar y a la que nos invitaron como parte de la novedad que significábamos en esas latitudes, pero también por el gusto de la persona a cargo de las transmisiones de abrir un poco la cancha en medio de la dictadura y poner a Silvio Rodríguez al aire, aunque fuera a más de dos mil kilómetros de Santiago y casi nadie se enterara, salvo las mil quinientas almas de esa capital provincial medio olvidada por el poder central. Y en torno a esa radio que había en la pensión nos juntábamos en las noches, tratando de agarrar las ondas de Radio Moscú, que era difícil. Pero pescábamos como consuelo Radio La Habana de vez en cuando. Nosotros allá, relegados, lejos de Santiago, escuchando Radio La Habana. Las protestas habían comenzado hace poco, estaba la imagen de los primeros paros nacionales convocados por Seguel, Labraña, Bustos, Di Giorgio, casi todos provenientes de los sindicatos del cobre. Guillermo se perdía el ’83 por las noches para irse a las poblas, cosa que unos años después haría también yo, cuando empecé a tomarme en serio mis propias decisiones. Y en Radio La Habana, nosotros tan lejos, nos pintaban Managua. Nos aferrábamos a eso. Al aire de la Revolución Sandinista del ’79 que andaba aún por ahí y no se disipaba del todo. Todavía se podía, pensábamos, cuando íbamos a buscar las encomiendas de nuestras familias y pasábamos siempre frente al mismo caballo pinto de ojos azules, diabólicos.

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Fabián, que era junior en la oficina del Bloque Socialista y tuvo la mala pata de terminar ahí, relegado, tocaba la guitarra. Fuimos un día en comisión al almacén del pueblo, Fabián, la hija mayor del matrimonio dueño de la pensión —que era scout y estábamos todos seguros se había enamorado del Fabián— y yo, todo con el objeto de conseguir una guitarra y poder cantar alguna cosa por las noches, cuando se iba la luz y los generadores cortaban la energía eléctrica. El boliche lo atendía un caballero del que nunca supe el nombre y, quizás, un par de cosas más. No tenía vihuela, pero nos pasó un acordeón, todo compungido por no poder ayudarnos con lo que buscábamos. No pudimos decirle que no, aunque nadie sabía tocar el acordeón ni de lejos. Estuvimos un par de semanas tratando de sacarle sonidos armónicos antes de devolvérselo. Él mismo caballero, que nos acogió a todos a partir de ese día, pero al que yo iba a ver sobre todo con el Fabián, me abrió más tarde su biblioteca. Tenía prácticamente todo Salgari y todo Verne. Allí supongo que aprendí a leer de verdad, o al menos entendí que al momento de abrir un libro existía la posibilidad —si libro y lector ponían de su parte— de que todo lo que te rodeaba desapareciera, al menos momentáneamente. Aprender eso siempre me ha sido muy útil, hasta el día de hoy, y supongo que es la piedra filosofal de mi enamoramiento con la literatura. Esa magia que te permite desaparecer y esfumarte.

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Volvemos a fines de febrero del ’84. Nos recibió el terremoto en marzo del ’85, que aplazó el retorno a clases. A pocos días de volver al colegio secuestraron a Manuel Guerrero y a José Manuel Parada en la puerta del Latino. Mi profesor de Kínder, el Leo, recibe un balazo en el estómago al tratar de impedir el secuestro. Los cabros de media bajaban de las salas del segundo piso al patio a quemar papeles. Esa noche era el cumpleaños del Nacho Rojas, seguramente mi mejor amigo en ese tiempo en que se tenían mejores amigos. Vivía en calle Valparaíso, junto a la Villa Frei, donde ahora vivo yo hace más de doce años. Esa noche no fui, fundamentalmente por razones de seguridad largamente discutidas con mi familia. Ese mismo año, a poco de entrar a clases, empecé a meterme en huevadas. No pasó mucho tiempo sin que entrara a militar, a lo sumo un año, aunque algunos de estos recuerdos se vuelven especialmente borrosos a partir de ese momento, como si hubiera algo de onírico en todo eso, de surrealista. O como si de alguna forma uno se negara a racionalizar el hecho de que en este país los niños comenzaban a militar a los once años.


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