Al alero de estas palabras y cortesía de Komorebi Ediciones, les mostramos dos de esos “otros poemas”: Telamarchay Eclipses y Trismo.

A raíz de la reciente reedición de Fin desierto y otros poemas de Mario Montalbetti, no pocas personas nos han preguntado por qué no simplemente titulamos el libro como Fin desierto, título que además de tener mayor fuerza y concisión, corresponde también al nombre “original” del texto cuando éste se publicó por primera vez en 1995 por Studio A Editores allá en Lima.

La inclusión y realce que le quisimos dar a estos tres largos poemas desde el mismo título del libro (“Misti Sismo”, “Telarmachay Eclipses” y “Trismo”), poemas que sólo aparecieron en la segunda edición de la obra llevada a cabo por la editorial Hueso Húmero el año 1997, son las siguientes: no sólo porque ellos fueron escritos en la misma época que “Fin desierto” de acuerdo a lo que nos comentó el mismo poeta, sino sobre todo porque éstos abordan las mismas “temáticas” de dicho texto (la ausencia, la soledad, la deriva, la muerte, la desposesión del yo, entre otros), pero con estrategias discursivas completamente distintas. Así, mientras en “Fin desierto” predomina un ascetismo formal que hace recordar la escritura desértica de Edmond Jabès (una de las influencias del texto según el propio autor), y con él toda la tradición mística hasta llegar al mismo libro del Éxodo, estos tres poemas, verdaderos torrentes que nada tienen que ver con la contención, presentan elementos más barrocos y surrealistas.

Dicha situación, el minimalismo representado por “Fin desierto” por un lado, y la desmesura encarnada por los tres poemas por otro, genera una tensión, un enfrentamiento, una dialéctica (pero sin síntesis, sin resolución) entre ambas partes del libro, que junto con acentuar la desorientación del lector, impide una interpretación única y tranquilizadora del mismo. ¿De eso no se trata precisamente la ausencia de fundamentos, la experiencia del desierto?

Manuel Naranjo Igartiburu, María José Cabezas Corcione y Pedro Tapia León

Equipo Komorebi Ediciones

 

Telarmachay Eclipses

perder
perder
para encontrar
lo que ha sido tomado de la boca del jaguar
perder perderlo todo
y cuando lo hayas perdido todo
has de perder eso también

donde antes no veías nada
hay por lo pronto una piedra sobre otra
donde antes no oías nada hay un ritmo de bastones de brezo
en las tardes allá afuera golpeando la tierra golpeada

los cadáveres inmensamente muertos
que dejaste en el camino
dicen no-jaguar no-caverna no-vasijas

sólo mantos
y piedad por los pallares y las moscas

esto es todo lo que ignorabas
por querer ganar el cielo

guitarrero dice no-laso no-agua no-templo
sólo fardos

encerrando peces
atrapados entre los dientes de otros peces

parece mentira haber vivido cien siglos en estas sierras
domesticados por animales
que no supieron ponderar nuestro apetito
y que luego domesticamos

junto con las cuatro hierbas que nos abrigaron
y que terminaron también encendidas
en hogueras de plata

telarmachay dice no-cráneo no-extremidad no-cráneo
sólo mujer

sentada entre montañas
como una navaja afilada de un sólo lado
acariciando el rostro del trueno
añicando las cataratas

las mareas del regocijo y de la pena
no tienen dominio sobre esta carnicería

dame todo
la peste la tarde la duración de los cuadros
los despojos de oro y plata
dame los metales
dame lo que te falta

carva dice no-cabezas cupisniques
degollándose
(¿habías visto antes esa expresión en algún otro rostro?

es así
nunca lo sabrás)

dime nada

este interregno esta paz
no durarán
se degolló la cabeza con una navaja de asta de taruca
pensó en el manto bajo sus pies
rojo negro ocre rojo
pelícano serpientes moscas
subsuelos de huántar

la sangre
la flora exhausta

dame todo
es indispensable creer en nada
fardos

y de paso
¿de qué lado estaban las paredes
zigzagueando de rosa en rosa

buscando supongo
algo adentro algo afuera?

pensé que aquí había una ausencia una pérdida
me equivoqué
al ver lo que uno ve cuando uno no quiere ver
el desierto lo basto la palabra

y así no ver la piedra sobre la piedra

dime nada
esa es la única condición para quedarme con todo

nunca creí que fuera cierto
que no podían caminar
que no podían agitarse
que no podían cambiar de posición

 

ni recostarse de lado ni boca abajo ni sobre sus espaldas

 

hasta que me pasó por la cabeza
que también me pasó a mí

la extraordinaria belleza del manto
me hizo vulnerable
a la vida de otros

con caries más radicales

irradiando desde el fondo de abismos ambulados
dientes de altura

cangrejos atados a cuerdas precarias cuelgan del cielo
anunciando un interludio inmuno deficiente
(estas son las mortales marionetas del color
gris sobre gris)

es adrede
pierdo el tiempo

toda esta gente que va caminando hacia el mar
¿a dónde va?
¿qué buscan dejar además de la vida?

el lugar es ahora
una torre de ciudades arruinadas
las tumbas abiertas desacradas
contienen los huesos de astrónomos sexuales
que creyeron ver órbitas exactas
alrededor de cuerpos
innecesarios

los traductores fueron sepultados de cabeza
retirados del resto

las teorías son
cárceles de máxima seguridad
(algo así dijo Quijano o quizás que las ideas
son cárceles de larga duración)
y Flores Galindo:
“las palabras siguen un itinerario paralelo a las muertes”

y por eso hay tantas palabras
en forma de garra en forma de muela
de vagina y de encía

y por eso este lenguaje
perfeccionado por nuestros terrores
espía de nuestras muertes
consejero de llagas
esboza este rictus final y funerario

quirihuac dice no-relámpago no-desierto no-morfema

sólo el ruido de las terrazas marinas
acomodándose
como serpientes de escamas oscuras y arañadas
eyaculando un semen negro glacial
deslumbrante

el fin de lo que acaba por terminar
se agrega como un segmento más
un himno una delación
una bendición de arte

 

los venenos comenzaron siendo abstracciones
y se volvieron
relatos que tardaron en hacer efecto
mordiscos en el viento salado

fue el invierno otra vez
y nosotros en él

 

dije semen negro hace un momento y glacial
pensaba en una noche en chimbote
en la niebla saliendo del mar

en las tallas de piedra en los colmillos verticales
saliendo del mar
y
aún ahí
en las reconversiones de nuestras mejores noches
un diseño de fondo
se abre paso
entre las capas de aceite y alquitrán y trementina
a la sombra del río el roble es fuente

nazca dice no-mono no-calendario no-línea
sólo tabla rajada

frente al altar de piedra sumergido entre nieves perpetuas
se hacen las preguntas improbables
piden por el zorro para que interceda por el lago

 

abren sus almas al huayco

he probado con las vendas
cubrirme los ojos taponearme
los oídos de algodón
enfundar mis manos en guantes rellenos
de miel de azahares clavar
mis dedos en los senos nasales hasta tocar la pituitaria
forrar de azul la lengua

tiempo es lo que compras con la visible ausencia
de los hoyos y los pozos y las simas

ese cuerpo es un aspa sobre los tejados un ganglio
tomado
una piel curtida por las hogueras de las cuevas
todavía

un dibujo en la pared me recuerda
que también desperté en esas parcas oscuridades

mi mano maduró temprano
con los perfiles de felinos desesperados
pero terminó entregada a la violencia

hay algo inherentemente tóxico en la cólera
(en esta cólera) tal vez

sea la forma en que se mueve tan parecida
a los tumbos rupestres
lo que la hace imposible de domar de pararse uno sobre ella
en sus lomos ensalados
la falta de tregua
el día la sed

en las noches allá afuera
raqchi dice no-broma no-edad no-cielo no-cascajo

con frecuencia
aprecio la calidad de este silencio
y de las piedras que se agruparon a su alrededor
para formar un templo

para formar una fortaleza
un cementerio un tambo un burdel
este silencio suave como el excremento
pero insolente como una rosa
arrojada

al otro lado del nevado estaba la noche

(aún ahora hay lugares a los que no voy)

las truchas tristes de la oroya
escarbadas de la nieve y el frío
aún ahora hay lugares a los que no voy

odio
emanó de estas procesiones
pero también hombres
mujeres respirando en la oscuridad
examinando o poniendo a prueba
una fe
tenaz corno una mirada puesta en la montaña

un sol vacío se esconde en su propia sombra

perder
perder
perder para encontrar
lo que ha sido tomado de la boca del jaguar

callar por aquellos
que no pudieron hablar
perder la vida perder la muerte

 

 

 

 

 

 

Trismo

Sea la muerte la rosa, atrapada en un mar de sargazos,

no perdurará. Será una impermanencia más

entre otras tantas otras (como el norte magnético

o como el amor cuando es una mancha sumergida,

un cardumen oscuro vagando entre ciegas minucias

guiado a veces por una gracia instintiva).

Esta ha de ser la última desnudez de la que somos parte.

Para esto hemos sido y luego no sido, para esto

hemos seguido discutiendo la astronomía de adentros

que nos iba a justificar. Pero no fue suficiente.

¿Emana acaso del colon una apología aceptable,

un lugar aceptable? El hábito insiste en que todo

no es sino una parte más que sigue cayendo

en todas partes. Uno no escoge las palabras.

 

Sea la muerte una transición infinita hacia el color añil;

no me dejará dormir. Tal es la bulla empozada

en el sol. Sumergir mis dedos en una tarde cualquiera

ladrada desde sus extremos o penetrar furtivo

la oscuridad del mármol y tocar el origen en su origen,

no me está dado. Una suave razón progresa invisible

en el cuerpo amado. Todo naufraga en espiral, nada

deja moverse. Mas el ojo interno ha dejado de ver

en los pliegues calcificados del dolor, profundidad. El residuo

una vez que hemos entendido todo es que no hemos

entendido nada. Nada se explica. Una vez libres

de cualquier forma todavía estamos

en fila entre las cosas, una cosa más. Una vez solos

todavía estamos juntos, todavía respiramos, asustados.

 

Las cosas mueren, dejan de rodearnos, nuevos objetos se adhieren

a las plantas en el patio. Y bajamos a las calles

a rodear otras cosas, a marcar los árboles, a ser objetos

de indescriptible monotonía. Duramos entre cosas

que duran más que nosotros. Substituimos las cosas por nombres,

y luego nombres por imágenes y las imágenes

(de rostros que sostuvimos inertes en nuestras manos)

nos hacen recordar cosas que habíamos nombrado:

eso es lo que hacemos en los cuadernos cuando escribimos, ruido

que odia hacer ruido. Enseguida adoptamos

las distancias, con las cosas y los nombres, callamos,

y escuchamos que otros callan a nuestro alrededor.

Y uno escucha el silencio que nos hemos preparado.

 

Sea la muerte el tropo del que no sabemos

absolutamente nada, el ejercicio diario

de versificación pura que embrutece cada sílaba

del habla hasta dejarla abierta a la interpretación;

nada tendrá que decir. (Pondrá la cándida oreja sobre el vientre

aún tibio y escuchará asombrada las turbulentas

maquinaciones de su propia indigestión.) Así se arrastran

los animales de tierra firme, así componen las heces

cuando se despiden. Nos dejan fe y nos dejan solos,

sentados, en un mundo de veras desolado.

Observé la segunda instrucción al pie de la cama: amé

lo que no amé y lo hice en vano. ¿El nombre de quién

se repite en vano? Una vez mencionado, nada cambia,

nada escribo: nada puedo romper.

 

El domo a través de la niebla, La niebla

a través de las ramas de un árbol de hojas caducas.

La belleza recostada al borde del terror

y el azar entra en combustión, ahí donde antes un cuerpo…

Sea la muerte ruido de agua al final del corredor,

como si alguien hubiera olvidado cerrar la llave

o cerrada, como si alguien no hubiera vuelto

a darle el golpecito que acaba con el remolino;

nada acaba, los orificios conocen dónde pastan

las palabras: los hogares son incapaces

de retener o incinerar toda esta ignorancia. ¿A quién excluir

para poder entender? A nosotros mismos, al mundo

a la rueda que gira anónima, a los perros, a los poemas,

a los perros; ahí donde antes un cuerpo…

 

Sea la muerte una gran familiaridad con las cosas

que hemos dejado de ver, los cuartos vacíos

o llenos de juegos de té, porcelanas que nadie ha tocado

desde la última vez. Nada nos sorprende, nada

insospechado ocurre; ahora todo es así como temíamos:

duro como un jardín de estatuas blancas y de rosas

lilas. Esos cuartos, vacíos, han de ser enormes predadores

nocturnos, emotivamente equivalentes a la sombra

de un tetraedro. Con sus disposiciones me rozan el torso,

apenas (¿fue un accidente?). Entonces imaginamos

morir para vivir entre los muertos; mas una vez resucitados

siempre hay algo que no resucita, una vez muertos

algo que no muere; y ese es el lastre del que no podemos

deshacernos, el clima, el peso muerto de la vida.


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