En sus Conversaciones con la poesía chilena, Juan Andrés Piña entrevista a Enrique Lihn y, luego de abordar el tema de su permanencia en Chile después del once de septiembre de 1973 («Fueron pasando los días y como no aparecía en las listas ni nadie me ponía mala cara, me empezó a pare­cer ridículo eso de irme. Es posible que se hayan olvidado de mí porque ya no era militante»), le pregunta al poeta qué hizo entre esa fecha y 1977, año de su reaparición pública en Chile con el li­bro París, situación irregular. Lihn responde: «Dar clases, estudiar semiología, leer, con la sensación de que no se podía hacer otra cosa: el período de las catacumbas. Fue productivo, en el sentido de que escribí mucho, aunque supiera que no po­día publicar. Recuerdo que escribí una especie de obra de teatro sobre los desaparecidos: “Diálogos de desaparecidos”».

La entrevista se realizó en 1982 y es la úni­ca vez que Lihn mencionó esta obra que, desde entonces, se mantuvo en sus archivos, inédita, desconocida y olvidada. La versión que se reproduce en este libro* fue establecida a partir de los papeles conservados, desde la muerte del poeta, por su hija Andrea. Los cuatro diálogos que la componen lo­gran una unidad de sentido y forma, pues en ella confluyen nítidamente dos inquietudes que Lihn mantuvo durante toda su vida como escritor: la de no eludir las tensiones políticas de su tiempo, afrontándolas desde una posición crítica; y la de elaborar textos dramáticos.

En el prólogo al libro La aparición de la Virgen y otros poemas políticos (2012), Vicente Undurraga sostiene que «Lihn era un poeta crítico, un meta­poeta o contrapoeta como se ha dicho abusando de la cacofonía, pero este libro refuerza la idea de Lihn como un poeta ante todo ético, movido siempre por una moral de la responsabilidad, a la manera en que Hermann Broch o Violeta Parra eran escritores éticos, es decir, simplemente a la manera de un hombre o una mujer atentos a lo que su tiempo pudiera demandar, para menor mal del resto, de alguien como ellos, acicateados por el imperativo de incomodar el acomodamien­to de la infamia en el país, el imperativo de no dejar el mundo tal cual estaba antes de acometerse su representación».

Y, desde luego, no solo en su poesía se manifes­tó esta calidad de «hombre concernido» de Lihn, sino también en sus ensayos, en su narrativa y en el resto de sus obras de teatro, aún inéditas: esta es la primera publicación que recoge parte de su trabajo como dramaturgo. Por el tema y la manera en que lo aborda, era peligroso publicar o montar Diálogos de desaparecidos. Escrita presumiblemen­te a fines de los 70, se aleja de las piezas paródicas que trabajó en esos mismos años, con las que eludió la censura utilizando un lenguaje farragoso y claves cultura­les sofisticadas: sus novelas La orquesta de cristal y El arte de la palabra, su performance Lihn & Pompier, e incluso sus sonetos incluidos en París, situación irregular, no lo ponían en la mira de los militares ni de los civiles que los apoyaban. Pero en estos diálogos, el tema de los desaparecidos es abordado sin ningún eufemismo y en tiempo real, de acuerdo a las informaciones sobre tortura, ejecuciones clandestinas y desaparición forzada de personas que poco a poco se iban develando.

El teatro poseía para Lihn el atractivo de po­nerlo en contacto de manera más directa con el público, de forma menos mediada que con su poesía. En más de una ocasión, reconoció que le interesaba desde sus años escolares («Dibujé y escribí ‘obras’ de teatro para sobrellevar, en el colegio, una vida de perro») y se mostró intere­sado por sus posibilidades políticas y expresivas. Cuando pudo, por fin, realizar sus propios montajes, a mediados de los 80, dijo en una entrevista: «A mí me gusta mucho el teatro; hay mucha teatralidad en lo que escribo, el escritor es también un actor. De joven participé más bien tímidamente de la vida teatral, con Jodorowsky, aunque me sentía disminuido porque él era un histrión. Hicimos obras y a mí me quedó un gus­to inhibido y entonces de repente descubrí que había que darle gusto al cuerpo y eso lo experi­menté primero con Pompier, que no sé lo que fue, un happening, un evento y después volví a escribir obras, porque yo había escrito una como a los 17, 18 años (…) Fue la necesidad de darme el gusto y de sentir que lo podía hacer bastante bien».

Diálogos de desaparecidos es parte del extenso material inédito y disperso de Lihn que ha comenzado a recuperarse en los últimos años. A Juan Andrés Piña le dice: «En realidad yo he trabajado mucho y he publicado poco en relación a lo que he escrito, porque también he dejado muchas cosas sin terminar. Ahora estoy lleno de cuestiones inconclusas. Hay un momento en que me asfixian, porque tengo que pasarlas a máquina, revisarlas, repensarlas. Y de repente, en ese trámite, se me quedan en el camino».

En el presente libro se recupera uno de esos textos, conformado por diálogos que siguen siendo incómodos y actuales: pese a los años transcurridos y a las informaciones parciales acerca de su posible paradero, los desapa­recidos siguen estando desaparecidos.

 

Andrés Florit

*Una versión ligeramente distinta de esta nota se publicó como epílogo en el libro Diálogos de desaparecidos, de Enrique Lihn (Overol, 2018).

 

Un extracto del inicio del libro puede leerse en el Suplemento Grado Cero de El Ciudadano, de septiembre de 2018: https://issuu.com/gadocero/docs/gc_sept


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