El primer libro de Enrique Winter que llegó a mis manos fue Rascacielos, en la edición de Limón Partido. El amigo que me lo recomendó insistía en que me iba a gustar y no fue así, en un principio no me gustó. Lo había leído de camino a clases en una micro rural, la famosa morada o Padre Hurtado, micro que va desde Quinta Normal a la comuna con nombre de santo, y que parecía siempre estar desarmándose. En una segunda lectura, empujada por la empatía que produjo un poema en el que hablaban de viajes en micro justo cuando iba arriba, comprendí lo que me había incomodado en esa primera lectura: el registro de los poemas de ese, su segundo libro, tenía mucho de narrativa. El tiempo le dio la razón a mi amigo, al final el ojo se acostumbra a todo.

Comienzo con esta anécdota porque hay algo de esa narratividad en La gentrificación del cielo, colección de poemas que pueden ser leídos como crónicas de vidas inexistentes, a la manera de Edgar Lee Masters en la Antología de Spoon River, donde los poemas están unidos por un presente histórico, un momento en el tiempo y su legado. En el libro de Winter, por su lado, las voces, los personajes, si se quiere, son en su mayoría latinoamericanos: ecuatorianos, mexicanos, chilenos, peruanos. Desprovistos de amor y, si lo tienen, no es correspondido. La ternura es dislocada y se tiñen las páginas de violencia, en cada rincón. Como dice la poeta Valeria Tentoni en una entrevista realizada por el autor de este libro: “No sé cómo se tolera la violencia del mundo sin escribirla. Cómo se negocia con la realidad sin procesarla en un texto”.

 

Nunca aprendimos a saltar la cuerda.

Mis padres la olvidaron

en el bazar de Presidente Errázuriz

dos nueve cero uno.

 

Al techo del lugar sigue amarrada,

balanceando a mi abuelo.

 

Los poemas de La gentrificación del cielo se apropian de lugares incómodos: esposos acusados de abuso y resentidos que se enamoran de la primera cuica que los pesca (una especie de resabio de la lucha de clases), una pulsión de aburguesamiento colándose en los barrios de la poesía de los que nadie se hace cargo, y que conviven con poemas de impecable factura.

 

Me reí mucho cuando un ex compañero de colegio

interrumpió mi baile para decir que siempre quiso

darle a mi ex. (…)

 

Como este es facho, brindaría si al fi le confesara:

todos los resentidos que conozco

se enamoran

de la primera cuica que los pesca.

 

Varias muertes, un humor extraño, la incomodidad que se acentúa, el lenguaje que se desencaja (como en el rarísimo Lengua de señas, aunque a diferencia de ese libro, de frases inacabadas, de vacíos comunicantes, La gentrificación del cielo justifica sus fines por medio de distintos recursos estilísticos que la mayoría desecharía). Un mea culpa a la belleza, como lugar común, en el poema o al espacio del mismo poeta en la poesía.

También se da cuenta de cierta falsedad o miopía de un ojo que quiere asirlo todo. ¿Cómo hablar desde la belleza en un país donde se asentó tan bien el parrianismo? Fenómeno de guetos verticales, poemas que acumulan todo a su paso y que confían en que en ellos pueden convivir apaciblemente la infancia y el exceso, como edificio y paisaje. Eso está presente en estos poemas, voces que cosifican el recuerdo y lo transforman en un material para un fi que no se muestra hasta que el poema cierra.

 

El abuelo de Toshiko Imoto se suicidó, como el mío.

Las siete diferencias:

 

  1. Él lo hizo por despecho, el mío por destierro.
  2. La viuda de Li es japonesa, la de Alfons polaca. (…)

 

vii. Yo quería tirarme a una japo y Toshiko quería enamorarse.

 

O en caso contrario, donde el deseo, una constante en este libro, es pie forzado para la memoria:

 

día guiñarle el ojo

y sus muslos a la compañera de pega que nos sonríe

a falta de una séptima cuerda

cuya sola pulsión escucharía a los detenidos

que jamás pudimos desenterrar.

 

Un libro coral que podría recordar el trabajo de Bruno Vidal. Voces que buscan, involuntariamente, hacerse cargo de una otredad indeseada si pensamos el poema como un espacio de convivencia.

 

Nunca en mi vida había conocido a alguien tan egoísta, sólo

te preocupas de ti mismo, de la imagen que tiene el mundo

de ti.

 

Un libro que se lee de forma independiente, una arqueología en los diversos registros de su trabajo, que también puede ser leído como antología.

 

Saben si es mímica el silencio,

cuáles voces se oyen de las nuestras.

 

En vez de ocultar estos registros “incómodos”, los reagrupa. Enrique Winter no da puntada sin hilo, piensa y repiensa su proyecto. Si queremos hablar de voz, Winter ensaya. Es una obra que no se sitúa, que no busca su espacio, sino que se reacomoda y se tuerce en un sitio sobrepoblado como la poesía.


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