Nunca podré(mos) agotarnos de Georges Perec, y en estas vueltas leyendo “Algunas de las cosas que en todo caso tendría que hacer antes de morir”, un texto emitido por él mismo en la radio –según acusa una nota– a cuatro meses de enterarse del cáncer avanzado que lo aquejaba, puedo celebrar el hallazgo porque me ofrece la oportunidad de revisar otro de sus listados. Así me veo otra vez engancho con un par de estas anotaciones, a las que Perec nos acostumbrara, con ese afán suyo de vincular los recuerdos y experiencias colectivas, tejiendo con hebras invisibles la grieta de un paño perfecto. El texto ofrece una selección, por medio de diversas anotaciones cuyo número total corresponde a 37:

3.Ordenar de una vez por todas la biblioteca.

5.Dejar de fumar (antes de hacerlo por obligación…)

6. Vivir en un hotel

14.Realizar un viaje en un navío

27. Aprender el oficio de impresor

29. Escribir para niños muy pequeños

35. Plantar un árbol (y verlo crecer)

36. Emborracharme con Malcolm Lowry

 

Decía que me quedaría, a modo de propósito también con varias de ellas, pero si me apuro, debiese decir que me gusta demasiado, por ejemplo, la Nº 6, que es con la que empiezo mi replica. Me he propuesto hacer varias entregas de estos cruces. Y tomo esta de los “hoteles” quebrando su orden, pues la practico regularmente, y porque seguro que en la cabeza de Perec (me permito moverme en la escala de los supuestos) esto tenía que ver con salir de su casa y encontrar un lugar apartado de la rutina para leer y escribir. Al vuelo recuerdo al personaje de un cuento de Chéjov, cuando pedía silencio en su casa para escribir, exigiendo desesperado con sus ¡CHISSST…! neuróticos, una calma que parecía no llegar. ¡Qué bien le habría venido a este chejoviano tipo un buen hotel! Aunque debo aclarar de entrada, porque sirve testimoniarlo, que si bien es cierto “vivir en un hotel” corresponde a una experiencia solitaria –necesaria para el oficio– junto con romper la noción de costumbre y sus coordenadas de lo cotidiano, cierra y niega toda posibilidad de un “espacio familiar”, entiéndase: tu cama, tus lámparas, el mobiliario, tus objetos preciados, y obvio, las personas que amas. Nada y todo, lo que posees entre-cuatro-paredes. En pocas palabras, siempre se echa de menos todo cuanto no tienes. Aquello que ahí no está contigo. No es lo mismo estar solo, que estar sin eso, diría el otro. Sin embargo, creo que lo que más extraño es una taza de café, servida por mí y cuando quiero, así como los libros que consulto, veo, tengo a disposición, a veces, solo para acariciarlos, olerlos, saber de su presencia, mientras escribo. ¿Qué hacer en estos casos? Ufff. También tiene una respuesta o solución bastante absurda, y es que cuando viajo con mayores pendientes de mis trabajos (entrega de propuestas, evaluaciones, informes) se me ocurre –lo he medido– llenar la mitad de la maleta con libros que sé, mientras los empaco, que no los leeré, pero de todos modos lo hago, solo para ocupar espacio, asumiendo el costo del sobrepeso.

Volviendo a lo de vivir en un hotel, si dejamos de lado la pretensión de hacerlo acompañado –bajo la forma del “motel”, diría Shepard– vivir en un hotel es francamente aburrido. Sin embargo, abundan las versiones y citas literarias que pueden desmentirlo: Faulkner, Piglia, Proust, Burroughs, y, la clave horrorosa, respectivamente, de los días finales del mentado Chéjov, la nota suicida de Pavese o la fuga de Benjamin.

Un hotel es una habitación de nadie.

Cuando comencé a frecuentar un hotel en Arica donde me hospedo desde 2014, y desde que hace un par de años después comencé a hacerlo también con mi novia (esposa hoy) los recepcionistas se animaron a comentarme que les admiraba las primeras visitas verme salir con tanta frecuencia a fumar, al llegar, luego avanzada la tarde y al final a medianoche –coincidía con los momentos más duros mi estadía– haciéndoles pensar, incluso a ellos, en lo importante de las habitaciones para fumadores, que habían sido eliminadas el año anterior. Fumar hoy en cualquier pieza de un hotel te puede costar unos US$ 200. Pero entonces era mucho más que solo fumar, también lo era lidiar con la soledad, el corte con mi círculo de amistades, la evidente falta de tiempo o mucho tiempo, pero en un lugar fuera de casa, más parecido a un exilio, perdido en una ciudad ajena, a un extremo del territorio dentro de otro país fronterizo. Si antes el deseo de viajar encendía luces de recorrer, de callejear, ahora se volvía la monotonía de la reiteración del espacio. Y toda la culpa era, indesmentiblemente, del hotel. He llegado a pensar que la experiencia de habitar en un hotel busca reproducir todo lo que no se tiene –prestancia-orden-servicio–, esa necesidad que ahora puedo percibir en tantos pasajeros que, por sus dubitativos movimientos en los hoteles, parecen disfrutarlo, como lo que se paga y se aprovecha. A mí, esa aparente comodidad me resulta aparte de transitoria, desechable, acaso porque asumo me cansancio a ese estado. Vuelvo a insistir: para mí la habitación de un hotel nunca ha sido un espacio de escritura, ni de lectura, incluso poquísimas veces logra ser un lugar de calma. Admito de este modo, que entonces si Perec lo deseaba como un imperativo antes-de-morir, en mi caso lo he terminado odiando.

La Nº14. Realizar un viaje en un navío, descartando que se refiera a la burgués versión de marinero que concitan los cruceros, digamos que dudo sea el deseo de pocos hacerlo o haberlo hecho al final de sus días. La primera travesía en una barcaza la hice luego de quince días de mochileo por la carretera Austral apenas con 19 años, embarcándome de retorno con un amigo desde Chaitén a Puerto Montt. Una ruta obligada, si se esperaba volver por mar antes de tomar el tren hasta la capital, y que cumplimos como un credo, acaso encarnando la sentencia de la naviera: “Si hay sol, disfrute. Si llueve, está en el sur”. Hicimos la travesía alternando la cabina y los pasillos de la proa y popa que rodeaban el lanchón, mientras las toninas capeaban las olas, y en mi caso, figurada que de golpe desde una dalca –piragua de tronco y cuero de lobo marino– unos chonos nos espolonearan un arpón o dejaran caer una lluvia de flechas. Todo lo que aún era posible a comienzos del ’90 y que ahora, cuando cruzo mensualmente a la isla de Chiloé, estaba lejos de suponer que, algún día, se volvería algo relativamente habitual esos movimientos.

Con los años, la ruta se angosta y la reiteración del viaje condensa su oportunidad más que en la llegada, en el placer del traslado. Viajar a Chiloé es saber que la reiteración del paisaje jamás se agota, siempre deviene en nuevas visiones del territorio: campos floreados, prados verde amarillos, prados intensos de vegetación, unos pátinas de escarcha, murallones de nieve, otros rotundas nubes que dan pasos a irrepetibles arcoíris en medio de vacas, cerdos, cabañas, casas, tejuelas, botes, lanchas, camiones, camiones, camiones con animales, vacas color chocolate, vacas manchadas, vacas oscurísimas, ovejas como pelusas esparcidas entre pozas, bosques y más nubes que se funden con un rebaño que asciende, convertidas en enormes madejas avanzado una cuesta que llega al mar. Hierbas ofrecen una vida saludable, cuando al comienzo de cada pueblo, canales, arroyos y acequias anuncian la verdad de otra forma de vida.

“Llamadme Ismael”, comienza el libro de Melville. Pero yo portaba otro en la mochila, pensando en retomar la lectura interrumpida, hace justo veinte años, de los cuentos completos de Onetti, hojeaba la historia fabulosa y atroz del Leviatán, la caza indiscriminada de cetáceos y la extinción insufrible de millares de ballenas en las páginas ágiles, punzantes y versátiles de Philp Hoare. Aunque mi preocupación era otra, llegar a pensar que ese sería en el 2015 mi último viaje cruzando en la modalidad del ferry –navegar en un navío, según Perec– uniendo Pargua y el canal del Chacao, antes de que se construya el puente. Han pasado tres años y todo sigue en el punto exacto de unas torres sin destino que todos apuntan como los pilares de un (futuro) puente colgante. En silencio vi bajar a todos los pasajeros, una vez que atracamos en Chacao; pasajeros que, uno a uno, fueron desembarcando en buses, autos, camionetas, motos, al parecer muy seguros de su destino, menos yo que solo esperaba saber cuánto valía pagar por un pasaje hasta final, pues solo lo había tomado hasta Castro. Cambié en la misma ruta dos veces el punto hacia dónde me dirigía. Y con esa duda seguí avanzando. Ancud. Quemchi. Castro. Chonchi. Quellón. Siete horas. Un pedazo de la vida. La aventura estaba recién comenzando y no pensaba en terminar. Por mientras hacía notas, apuntaba para que no se me olvidara nada.

Pienso en Perec y su propensión a los listados. Y concluyo que, mis viajes ofrecen y demandan a mi memoria, archivar fotos, acuñar modismos, coleccionar postales, registrar conversaciones, aprender nuevas comidas, redactar, en suma, en el mismo camino la condensación del paisaje, exterior e interior, eso que mis crónicas creen fijar, las que siempre versan sobre los traslados, evidencias del tránsito, pues la fascinación del viaje solo consigue hallarse en la deriva y no de otro modo. Dando la razón a Perec, aunque yo quiera llevarle la contra.

 

 

(Apuntes de viaje, 05 de agosto de 2018)


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